Argentina, el fracaso del colectivismo
El fracaso de Argentina nos muestra el destino ineludible que aguarda a aquellos países que eligen la senda del colectivismo y de la planificación económica. En 1944, Argentina presenciaba el auge del régimen peronista que inauguraba las políticas de socialización económica, al tiempo que implementaba un férreo autoritarismo que acabaría, paulatinamente, con la libertad individual y el sistema democrático.
En ese mismo año, preocupado por el equivocado diagnóstico de los intelectuales ingleses, Friedrich von Hayek publicó su libro "Camino de servidumbre", dedicado a los socialistas de todos los partidos. La tesis de Hayek era que la dirección centralizada de toda la economía, según un plan de redistribución de la renta único y coercitivo, conducía ineluctablemente a enterrar a la democracia, socavando las instituciones básicas en la que descansa el Estado de Derecho. En palabras de Hayek, el poder económico centralizado en manos de los planificadores estatales crea "un grado de dependencia que apenas se distingue de la esclavitud".
¿Cuáles fueron los valores instaurados en la Argentina a partir de esos años que nos condujeron a la profunda crisis que hoy sufrimos? No cabe duda que el denominador común de las políticas de los gobiernos peronistas, radicales y militares fue acabar con las libertades básicas de las personas en pos de perseguir los objetivos impuestos por el Estado burocrático. Sin embargo, lo que hizo que el colectivismo echara raíces en Argentina fue que los propios argentinos aceptaron esas creencias estatistas. Una vez instalado como credo generalmente aceptado, la nacionalización del pensamiento permitió que el Estado gradualmente se endeudara hasta límites insospechados, confiscara los depósitos bancarios de la gente, acabara con la moneda y vaciara las reservas del Tesoro. También se aplaudió la cesación de pago de las deudas con el Fondo Monetario Internacional y el gobierno entonces procedió a saquear los ahorros de las jubilaciones privadas, canjeándolos por bonos basura.
Con semejantes pergaminos en su haber, el Estado argentino demostró que así como en una economía abierta y en competencia la sanción última es la del juez, la sanción última en una economía planificada es la del verdugo.
Los argentinos debemos entender que el único sistema capaz de generar prosperidad y riqueza es el capitalismo. Ese sistema que nuestros políticos desprecian profundamente no puede funcionar sin criterios básicos de organización institucional tales como el respeto por los derechos de propiedad, la independencia del Banco Central que permita una estabilidad monetaria, un Poder Judicial que proteja a los débiles -y no sólo a los poderosos- y un Parlamento que deje de robar y de legislar a favor de los cabilderos. Como postulaba Hayek: "la posterior elaboración de unos argumentos consecuentes a favor de la libertad económica ha sido el resultado de un libre desarrollo de la actividad económica, subproducto espontáneo e imprevisible de la libertad política".
Los argentinos ya debemos haber aprendido que la planificación de la economía conduce a la dictadura.
No nos engañemos por el hecho de poder votar cada cuatro años o por gozar de una Constitución que nos garantiza más derechos de los que realmente es capaz de proteger. La democracia argentina dejó de existir con la violación de los derechos de propiedad por parte de políticos inescrupulosos, quienes, además, arrasaron con nuestras instituciones republicanas.
Aquél día caluroso de verano en que los argentinos corrimos a las cajas de seguridad de los bancos porque existía el rumor de que el Estado iba a abrirlas con escribanos públicos fue el mismo día en que la sociedad argentina se dio cuenta de que ese "ogro filantrópico" que nos había prometido un paraíso de prosperidad no era más que una banda de mafiosos. Aprendimos, como bien decía Hölderin, que lo que ha hecho siempre del Estado un infierno en la tierra es, precisamente, que el hombre ha intentado hacer de él su paraíso.
* Periodista e Investigador de la Fundación Atlas Sud.
(c) www.aipenet.com
En ese mismo año, preocupado por el equivocado diagnóstico de los intelectuales ingleses, Friedrich von Hayek publicó su libro "Camino de servidumbre", dedicado a los socialistas de todos los partidos. La tesis de Hayek era que la dirección centralizada de toda la economía, según un plan de redistribución de la renta único y coercitivo, conducía ineluctablemente a enterrar a la democracia, socavando las instituciones básicas en la que descansa el Estado de Derecho. En palabras de Hayek, el poder económico centralizado en manos de los planificadores estatales crea "un grado de dependencia que apenas se distingue de la esclavitud".
¿Cuáles fueron los valores instaurados en la Argentina a partir de esos años que nos condujeron a la profunda crisis que hoy sufrimos? No cabe duda que el denominador común de las políticas de los gobiernos peronistas, radicales y militares fue acabar con las libertades básicas de las personas en pos de perseguir los objetivos impuestos por el Estado burocrático. Sin embargo, lo que hizo que el colectivismo echara raíces en Argentina fue que los propios argentinos aceptaron esas creencias estatistas. Una vez instalado como credo generalmente aceptado, la nacionalización del pensamiento permitió que el Estado gradualmente se endeudara hasta límites insospechados, confiscara los depósitos bancarios de la gente, acabara con la moneda y vaciara las reservas del Tesoro. También se aplaudió la cesación de pago de las deudas con el Fondo Monetario Internacional y el gobierno entonces procedió a saquear los ahorros de las jubilaciones privadas, canjeándolos por bonos basura.
Con semejantes pergaminos en su haber, el Estado argentino demostró que así como en una economía abierta y en competencia la sanción última es la del juez, la sanción última en una economía planificada es la del verdugo.
Los argentinos debemos entender que el único sistema capaz de generar prosperidad y riqueza es el capitalismo. Ese sistema que nuestros políticos desprecian profundamente no puede funcionar sin criterios básicos de organización institucional tales como el respeto por los derechos de propiedad, la independencia del Banco Central que permita una estabilidad monetaria, un Poder Judicial que proteja a los débiles -y no sólo a los poderosos- y un Parlamento que deje de robar y de legislar a favor de los cabilderos. Como postulaba Hayek: "la posterior elaboración de unos argumentos consecuentes a favor de la libertad económica ha sido el resultado de un libre desarrollo de la actividad económica, subproducto espontáneo e imprevisible de la libertad política".
Los argentinos ya debemos haber aprendido que la planificación de la economía conduce a la dictadura.
No nos engañemos por el hecho de poder votar cada cuatro años o por gozar de una Constitución que nos garantiza más derechos de los que realmente es capaz de proteger. La democracia argentina dejó de existir con la violación de los derechos de propiedad por parte de políticos inescrupulosos, quienes, además, arrasaron con nuestras instituciones republicanas.
Aquél día caluroso de verano en que los argentinos corrimos a las cajas de seguridad de los bancos porque existía el rumor de que el Estado iba a abrirlas con escribanos públicos fue el mismo día en que la sociedad argentina se dio cuenta de que ese "ogro filantrópico" que nos había prometido un paraíso de prosperidad no era más que una banda de mafiosos. Aprendimos, como bien decía Hölderin, que lo que ha hecho siempre del Estado un infierno en la tierra es, precisamente, que el hombre ha intentado hacer de él su paraíso.
* Periodista e Investigador de la Fundación Atlas Sud.
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