Aristide y la fragilidad de la democracia
La precipitada salida del poder de Jean Bertrand Aristide, ex presidente de Haití, ha hecho reflexionar a muchos diplomáticos y analistas políticos acerca de la debilidad de nuestras instituciones y la impaciencia de los pueblos. El caso parece unirse a una lista ya bastante nutrida de situaciones en la que se incluyen los abruptos finales que han tenido gobiernos como el de Fujimori en Perú, De la Rúa en Argentina y Sánchez de Lozada en Bolivia, la lucha de la oposición venezolana por quitar del poder a Hugo Chávez y algunos otros hechos que, en apariencia, responden al mismo modelo, como los confusos incidentes que acabaron con el mandato de Jamil Mahuad en Ecuador.
Es fácil dejarse guiar por las coincidencias superficiales entre todos estos casos y pasar, sin mayor análisis, a sacar conclusiones generales, de esas que en el fondo poco dicen, como cuando se expresa que no estamos maduros para la democracia y que debiéramos ser más juiciosos al momento de votar y más moderados cuando llega la hora de oponernos a los gobernantes. Creo, sin embargo, que las complejidades inherentes a cada situación y las visibles diferencias en los casos mencionados nos obligan a hacer otros comentarios, quizás menos neutros que los del gusto de la OEA, pero seguramente más realistas y tal vez más útiles.
Decir que a las personas les faltan convicciones democráticas porque se levantaron contra Fujimori o Aristide, o porque quieren que termine el régimen de Chávez, resulta un visible contrasentido: es porque cada uno de esos nefastos personajes trató de eternizarse en el poder que la ciudadanía se levantó contra sus abusos, es por una sana actitud de repudio a las tiranías que esos pueblos se han enfrentado a unos gobernantes que presumían de demócratas pero que estaban marchando hacia la dictadura. ¿La prueba?: constituciones que se modifican mediante procesos electorales amañados para prolongar los mandatos, organismos electorales elegidos a dedo para garantizar el fraude o la manipulación de los votos, jueces supremos elegidos por su aquiescencia a todo lo que el gobernante propone y, en los casos de Aristide y Chávez, violenta represión militar, con el agregado de grupos de civiles armados que pretenden aterrorizar a la población.
Hace muy pocos días, sin ir más lejos, Hugo Chávez desafió a Bush diciéndole, en el más clásico estilo de un nacionalismo trasnochado: "Vamos a ver quien dura más, señor Bush, usted en la Casa Blanca o yo aquí en Miraflores". Lo que el caudillo venezolano no ha comprendido, por lo visto, es que George W. Bush terminará su mandato en el tiempo previsto por su constitución en tanto él, como todo dictador, tratará de continuar en el poder hasta el año 2021, como no se ha cansado de repetir en todos sus mensajes. El ejemplo de un sempiterno Fidel Castro como amo y señor de Cuba lo alienta, seguro, en esas aspiraciones.
Diferente es el caso de los otros mandatarios mencionados: ellos, sin duda, cometieron serios errores en sus gestiones de gobierno, graves equivocaciones que los enfrentaron a una oposición difícil de controlar. Pero es preciso agregar que tuvieron que soportar los embates de grupos radicales que, al margen por completo de la ley, utilizaron la violencia para impedir su permanencia en el cargo. El más claro ejemplo de esto lo constituyen las acciones de Evo Morales, dirigente de los cocaleros bolivianos y protegido de Chávez, quien todavía se cree con el derecho de quitar o poner gobiernos a su antojo, fuera de todo marco legal y constitucional.
Yo sé que es difícil pedir a los burócratas del Departamento de Estado o de la OEA que distingan entre situaciones que, si bien son prácticamente opuestas, tienen en apariencia algunos rasgos similares. Pero, creo, resulta importante para nosotros, los latinoamericanos, que se imponga un poco de sensatez en la política exterior de la región: confundir a demócratas como De la Rúa o Sánchez de Losada con tiranuelos en potencia, como Aristide o Chávez es un error que, al final, todos podemos pagar muy caro.
También los asegurados deben contribuir, tomando conciencia, dejando de utilizar un medicamento que le es innecesario, producto de las famosas "recetas por complacencia"; aumentar los controles en las farmacias y pedir la colaboración de los médicos y enfermeras.
Con estas propuestas consideramos que la CSS ahorraría unos B/12 millones anuales, y tendríamos los medicamentos oportunamente.
Es fácil dejarse guiar por las coincidencias superficiales entre todos estos casos y pasar, sin mayor análisis, a sacar conclusiones generales, de esas que en el fondo poco dicen, como cuando se expresa que no estamos maduros para la democracia y que debiéramos ser más juiciosos al momento de votar y más moderados cuando llega la hora de oponernos a los gobernantes. Creo, sin embargo, que las complejidades inherentes a cada situación y las visibles diferencias en los casos mencionados nos obligan a hacer otros comentarios, quizás menos neutros que los del gusto de la OEA, pero seguramente más realistas y tal vez más útiles.
Decir que a las personas les faltan convicciones democráticas porque se levantaron contra Fujimori o Aristide, o porque quieren que termine el régimen de Chávez, resulta un visible contrasentido: es porque cada uno de esos nefastos personajes trató de eternizarse en el poder que la ciudadanía se levantó contra sus abusos, es por una sana actitud de repudio a las tiranías que esos pueblos se han enfrentado a unos gobernantes que presumían de demócratas pero que estaban marchando hacia la dictadura. ¿La prueba?: constituciones que se modifican mediante procesos electorales amañados para prolongar los mandatos, organismos electorales elegidos a dedo para garantizar el fraude o la manipulación de los votos, jueces supremos elegidos por su aquiescencia a todo lo que el gobernante propone y, en los casos de Aristide y Chávez, violenta represión militar, con el agregado de grupos de civiles armados que pretenden aterrorizar a la población.
Hace muy pocos días, sin ir más lejos, Hugo Chávez desafió a Bush diciéndole, en el más clásico estilo de un nacionalismo trasnochado: "Vamos a ver quien dura más, señor Bush, usted en la Casa Blanca o yo aquí en Miraflores". Lo que el caudillo venezolano no ha comprendido, por lo visto, es que George W. Bush terminará su mandato en el tiempo previsto por su constitución en tanto él, como todo dictador, tratará de continuar en el poder hasta el año 2021, como no se ha cansado de repetir en todos sus mensajes. El ejemplo de un sempiterno Fidel Castro como amo y señor de Cuba lo alienta, seguro, en esas aspiraciones.
Diferente es el caso de los otros mandatarios mencionados: ellos, sin duda, cometieron serios errores en sus gestiones de gobierno, graves equivocaciones que los enfrentaron a una oposición difícil de controlar. Pero es preciso agregar que tuvieron que soportar los embates de grupos radicales que, al margen por completo de la ley, utilizaron la violencia para impedir su permanencia en el cargo. El más claro ejemplo de esto lo constituyen las acciones de Evo Morales, dirigente de los cocaleros bolivianos y protegido de Chávez, quien todavía se cree con el derecho de quitar o poner gobiernos a su antojo, fuera de todo marco legal y constitucional.
Yo sé que es difícil pedir a los burócratas del Departamento de Estado o de la OEA que distingan entre situaciones que, si bien son prácticamente opuestas, tienen en apariencia algunos rasgos similares. Pero, creo, resulta importante para nosotros, los latinoamericanos, que se imponga un poco de sensatez en la política exterior de la región: confundir a demócratas como De la Rúa o Sánchez de Losada con tiranuelos en potencia, como Aristide o Chávez es un error que, al final, todos podemos pagar muy caro.
También los asegurados deben contribuir, tomando conciencia, dejando de utilizar un medicamento que le es innecesario, producto de las famosas "recetas por complacencia"; aumentar los controles en las farmacias y pedir la colaboración de los médicos y enfermeras.
Con estas propuestas consideramos que la CSS ahorraría unos B/12 millones anuales, y tendríamos los medicamentos oportunamente.