Aroma de fraude
Si se tratara de uno de nuestros pequeños países latinoamericanos o caribeños "Banana Republic" como les dicen, las organizaciones de derechos humanos, la OEA, clubes y fundaciones de diversa índole hubieran emitido resoluciones y declaraciones, denunciando, aclarando y condenando las elecciones que hubieran prolongado la proclamación de los resultados. Pero el silencio también es un grito cuando los ojos del mundo miran al norte y sólo ven bruma y sospecha, justificaciones, murmullos, así como ligeros jirones de una democracia que enseña sus partes íntimas accidentalmente y sin ningún pudor. Cuando el mundo mira en espera de una explicación, alguien dirá que ese modelo siempre ha dado resultado, que funciona. Entonces el cinismo será maquillado publicitariamente y lanzado a una venta masiva y global con un buen envase y una etiqueta que dice: verdad sintética "Non fat".
Todos sabemos, eso creo, que la gran democracia norteamericana no elige al presidente por el voto popular, sino que la decisión queda en manos de un colegio electoral, y porque los votos no tienen el mismo valor, un candidato puede perder la contienda aunque haya sido el que más votos haya acumulado. Esto da como resultado, además que se produzca la eterna polarización: Demócratas vs Republicanos. Es decir, el poder se distribuye sólo entre dos partidos. Ambas maquinarias electorales trituran cualquier posibilidad alternativa, pese a los 3 mil millones de dólares gastados en campaña, y otros mil millones a nivel estatal. Las irregularidades escandalosas han impedido una salida limpia y concluyente al torneo, que ya es una tragicomedia utilizada para los "shows" de televisión que le sacan el filo humorístico al sistema para menguar los efectos.
La población norteamericana también observa, sobre todo a los políticos que se debaten entre el triunfo electoral y la estabilidad de las vértebras del país. Periódicos tan poderosos como The New York Times, ya cuestionan el sistema de elección. En un reciente editorial, ese diario considera que "lo que se ha hecho vergonzosamente claro durante los últimos días es que la democracia más poderosa del mundo necesita encontrar una mejor manera de votación para elegir presidente". También es claro que los políticos saben que la mitad del país no votó, pero que ello no reduce el problema y lo que pasó después del 7 de noviembre, no puede llamarse una fiesta cívica. Paradójicamente, y pese al penetrante aroma de fraude que se siente en todo el país, el papel decisivo de este torneo lo tendrán los llamados "hispanos", pese a la discriminación y la imagen denigrante que se les da, desde los puestos de trabajo hasta los filmes de Hollywood. Ahora y después serán el blanco de nuevas promesas por lo ocurrido en Florida, pero seguirán siendo bolsones de manos de obra barata disponible.
El costoso y bien aceitado aparato propagandístico tendrá que reinventar nuevas fórmulas después del gran escándalo que ha dejado atónitos a millones de personas dentro y fuera de los Estados Unidos. No resultaría extraño que dentro de algunos años circule un nuevo juego mecánico o electrónico con el cual los niños jueguen a ser presidentes, utilizando distintas trampas y trucos, para que al final gane el más astuto y el que más poder acapare.
La lección cívica recibida por nuestros pequeños países y por el resto del mundo es muy discutible. Hasta podemos subir un poquito la voz y decir que en nuestras elecciones todos los votos valen igual. También podemos agregar que si acá se pierden urnas electorales, allí también. Pero lo que también nos preguntamos es qué dicen los eternos observadores internacionales. ¿Hubo observadores allá, como nos los envían acá?.
Al final, no importa realmente el resultado: La inmensa maquinaria ya tiene el diseño único de gobierno, con añadidos más y añadidos menos, y nuestros pueblos, incluyendo al de los Estados Unidos, reiniciarán el día con la salida del sol como si nada hubiera cambiado, salvo la Estatua de la Libertad, que desde hace algún tiempo ha dejado de sonreír.
Todos sabemos, eso creo, que la gran democracia norteamericana no elige al presidente por el voto popular, sino que la decisión queda en manos de un colegio electoral, y porque los votos no tienen el mismo valor, un candidato puede perder la contienda aunque haya sido el que más votos haya acumulado. Esto da como resultado, además que se produzca la eterna polarización: Demócratas vs Republicanos. Es decir, el poder se distribuye sólo entre dos partidos. Ambas maquinarias electorales trituran cualquier posibilidad alternativa, pese a los 3 mil millones de dólares gastados en campaña, y otros mil millones a nivel estatal. Las irregularidades escandalosas han impedido una salida limpia y concluyente al torneo, que ya es una tragicomedia utilizada para los "shows" de televisión que le sacan el filo humorístico al sistema para menguar los efectos.
La población norteamericana también observa, sobre todo a los políticos que se debaten entre el triunfo electoral y la estabilidad de las vértebras del país. Periódicos tan poderosos como The New York Times, ya cuestionan el sistema de elección. En un reciente editorial, ese diario considera que "lo que se ha hecho vergonzosamente claro durante los últimos días es que la democracia más poderosa del mundo necesita encontrar una mejor manera de votación para elegir presidente". También es claro que los políticos saben que la mitad del país no votó, pero que ello no reduce el problema y lo que pasó después del 7 de noviembre, no puede llamarse una fiesta cívica. Paradójicamente, y pese al penetrante aroma de fraude que se siente en todo el país, el papel decisivo de este torneo lo tendrán los llamados "hispanos", pese a la discriminación y la imagen denigrante que se les da, desde los puestos de trabajo hasta los filmes de Hollywood. Ahora y después serán el blanco de nuevas promesas por lo ocurrido en Florida, pero seguirán siendo bolsones de manos de obra barata disponible.
El costoso y bien aceitado aparato propagandístico tendrá que reinventar nuevas fórmulas después del gran escándalo que ha dejado atónitos a millones de personas dentro y fuera de los Estados Unidos. No resultaría extraño que dentro de algunos años circule un nuevo juego mecánico o electrónico con el cual los niños jueguen a ser presidentes, utilizando distintas trampas y trucos, para que al final gane el más astuto y el que más poder acapare.
La lección cívica recibida por nuestros pequeños países y por el resto del mundo es muy discutible. Hasta podemos subir un poquito la voz y decir que en nuestras elecciones todos los votos valen igual. También podemos agregar que si acá se pierden urnas electorales, allí también. Pero lo que también nos preguntamos es qué dicen los eternos observadores internacionales. ¿Hubo observadores allá, como nos los envían acá?.
Al final, no importa realmente el resultado: La inmensa maquinaria ya tiene el diseño único de gobierno, con añadidos más y añadidos menos, y nuestros pueblos, incluyendo al de los Estados Unidos, reiniciarán el día con la salida del sol como si nada hubiera cambiado, salvo la Estatua de la Libertad, que desde hace algún tiempo ha dejado de sonreír.