Arroz, maíz y frijoles
Cuando a mediados de la década pasada abogábamos por preservar la independencia alimentaria del país, frente al proceso de globalización y apertura económica, más de un reputado economista o experto en comercio internacional, nos hizo sujeto de burla. Según ellos, era mejor y más barato importar la comida que dedicarnos a producirla. Contra argumentábamos entonces sobre los peligros de depender de fuentes de suministro extranjero que no siempre han sido seguras, baratas y confiables.
Diez años después, estamos al borde de una crisis como la que advertimos, la cual amenaza sobre todo a los países en vías de desarrollo. A los más ricos no, porque jamás abandonaron su agro y, por el contrario, lo apoyaron y subsidiaron, resistiendo todas las presiones hechas a través de la Organización Mundial de Comercio y otros foros, para que liberaran su sector y, en vez de eso, volcaron sobre su agro toda la fuerza de su avanzada tecnología, sobre todo en el eficiente aprovechamiento del agua y suelo, y la ingeniería genética. Descubrieron, inventaron y patentaron miles de semillas y genes resistentes a las plagas y altamente productores.
Nosotros, en cambio, abandonamos el campo a su suerte. Ahora sufrimos las consecuencias. De allí que sea sabio que el Gobierno Nacional sea parte de un esfuerzo, en conjunto con los hermanos centroamericanos, para mejorar la producción ístmica de arroz, maíz y frijoles. Hacerlo por separado, cada uno por su lado, nos obligaría a malgastar tiempo, esfuerzo y dinero. Ojalá la experiencia sea esta vez buena y expedita y se superen las reticencias y egoísmos de antaño.