Arroz... sólo arroz
En la oficina de Camilo Ortega, cacique general, se planteaban las necesidades de la comunidad de Alto de Jesús, de donde es oriundo y las de la región vecina de Murciélago. Un edificio solitario, pero en condiciones aceptables, en cuya entrada se anunciaba el calendario de reuniones en algunos pueblos. Dos salones cerrados con una puerta de madera que se negaba a mostrar su interior, uno de los candados dando cuentas de muchos años de uso no coartaban el interés servicial de Camilo. Ante varios intentos la puerta finalmente abrió y de adentro extrajo una mesa y dos sillas. "Ahora sí, muy buenos días señores periodistas"...
La plática impedía constatar a una mujer que convirtió los grandes agujeros de la pared de barro de su casa en sus mejores aliados. Los días de lluvia eran el dolor de cabeza de la familia, pero ese día, la indígena Mariela Jiménez, observaría desde allí lo que ocurría a su alrededor, intentando no ser vista.
A la vuelta de la Escuela de Murciélago la choza logró toda la atención de El Panamá América. No podía ser de otra forma. Hojas de zinc dispuestas en varios puntos como escudo, los palos que sostienen el techo gritando auxilio y un patio desolado del que hasta las gallinas habían emprendido la huida. El cuadro pintaba más como una casa en abandono, sin embargo, era la residencia de 11 personas. Mariela, su esposo y sus nueve hijos.
"¿Y qué estás preparando para el almuerzo?", nos atrevimos a preguntar, con la dulce esperanza de que esta vez la respuesta fuera alentadora. Otra vez un profundo silencio se apoderó de la conversación.
Mariela, es una mujer de 37 años, tez trigueña, cabellos negros y baja estatura. En sus ojos se dibuja la tristeza que ya se ha hecho un miembro más de la familia. Han aprendido a vivir con ella. Sus brazos son fuertes, como seguro deben ser sus piernas, a las que la nagua (el vestido tradicional) ocultaba.
Ella narraba brevemente y con pocas palabras, su desventura; Luis, su hijo de dos años y medio, se asomaba al fogón. Fue sorprendido con las manos en la masa, aunque la travesura no pasaría a mayores: la olla estaba ansiosa por hacer arder el arroz, lo único que probarían esa tarde.
La plática impedía constatar a una mujer que convirtió los grandes agujeros de la pared de barro de su casa en sus mejores aliados. Los días de lluvia eran el dolor de cabeza de la familia, pero ese día, la indígena Mariela Jiménez, observaría desde allí lo que ocurría a su alrededor, intentando no ser vista.
A la vuelta de la Escuela de Murciélago la choza logró toda la atención de El Panamá América. No podía ser de otra forma. Hojas de zinc dispuestas en varios puntos como escudo, los palos que sostienen el techo gritando auxilio y un patio desolado del que hasta las gallinas habían emprendido la huida. El cuadro pintaba más como una casa en abandono, sin embargo, era la residencia de 11 personas. Mariela, su esposo y sus nueve hijos.
"¿Y qué estás preparando para el almuerzo?", nos atrevimos a preguntar, con la dulce esperanza de que esta vez la respuesta fuera alentadora. Otra vez un profundo silencio se apoderó de la conversación.
Mariela, es una mujer de 37 años, tez trigueña, cabellos negros y baja estatura. En sus ojos se dibuja la tristeza que ya se ha hecho un miembro más de la familia. Han aprendido a vivir con ella. Sus brazos son fuertes, como seguro deben ser sus piernas, a las que la nagua (el vestido tradicional) ocultaba.
Ella narraba brevemente y con pocas palabras, su desventura; Luis, su hijo de dos años y medio, se asomaba al fogón. Fue sorprendido con las manos en la masa, aunque la travesura no pasaría a mayores: la olla estaba ansiosa por hacer arder el arroz, lo único que probarían esa tarde.