Asamblea debe ser fuente de iniciativa creadora
El parlamentarismo se implantó desde los tiempos del imperio inglés, y es un sistema que nació como una necesidad inaplazable para establecer en su esencia una verdadera democracia y con plena participación del pueblo; debe ser un Parlamento cuyos integrantes sean hombres probados y con una trayectoria limpia y honesta; debe ser fuente inagotable de iniciativa creadora; deben estar divorciados de ambiciones personales y deben crear leyes que se ajusten más a las necesidades de los pueblos: deben ser hombres sanos y patrióticos; deben actuar siempre con tacto, equilibrio, tolerancia e inteligencia; y en sus diferentes intervenciones en el recinto del Parlamento, debe surgir el respeto propio y recíproco, es decir, de doble vía, sin tener la necesidad de herir, denigrar o lastimar la vida o la dignidad ajena, porque al que hiere, denigra o lastima a los demás, cae en lo más bajo y se degrada a sí mismo.
En el caso específico de Panamá, los representantes de este órgano en los años 1940, 50 y 60, surgieron algunos cerebros brillantes, cuyas intervenciones se constituían en cátedras de civismo, en faro de luz y de orientación ciudadana, en enseñanza superior y de pura docencia; en lecciones históricas y en planteamientos elevados sobre el quehacer nacional e internacional. Pues eran hombres cultos y respetuosos, de oratorias elocuentes y encendidas, pero que llevaban dentro de sí los más nobles y sanos propósitos de forjar una auténtica democracia social y convertirse así en artesanos eficaces del progreso y engrandecimiento bien entendido del país.
La puntualidad, el espíritu de trabajo y la disciplina, dentro del seno de la Asamblea Legislativa era su primera palabra de orden. Eran diputados que le hacían honor a la curul; iban bien vestidos con sacos y corbatas. Su caballerosidad no tenía límites; a todos atendían por igual en sus oficinas respectivas, sin esconderse y sin aplicar el poco importa; podían tener sus defectos como seres humanos, pero su vocación de servir se desbordaba llena de entusiasmo y de esperanza. De esos excelentes diputados de la Patria, recordamos con profunda admiración a Demetrio Porras, José Isaac Fábrega, Diógenes de la Rosa, Esther Neira de Calvo, Gumercinda Paez, Thelma King, Ramón Ortega Bieto, Jorge Illueca, Víctor Navas, Carlos Iván Zúñiga, Hugo Torrijos Herrera, Ramón de la Guardia, Pinty Arango, Alfredo Alemán hijo, Joaquín Pablo Franco González, Mauricio Mario Correa, José Brower, Luis Emilio Veces y otros que se me escapan de la memoria.
Hemos querido traer estos pensamientos alentadores y elaborados de la mejor buena fe, como una clarinada a la conciencia del ser humano, para que sirvan de ejemplo a los presentes y futuros legisladores de Panamá, en el entendimiento de que cuando son elegidos por votación popular, el mandato supremo que le confiere el pueblo debe asumirse con responsabilidad profesional y patriótica; con sensibilidad humana, asistiendo puntualmente a las diferentes sesiones ordinarias o extraordinarias de la Asamblea Legislativa y la de participar activamente en las diversas comisiones encomendadas a nivel interno o externo; trabajar con un criterio propio y amplio; convertirse en un legislador creativo y actuar con madurez en los planteamientos y discusiones de los distintos proyectos de leyes que se discutan y se presentan dentro del recinto para su aprobación, pero eso sí buscando la manera de mejorarlo, enriquecerlo con razonamiento, con argumentos convincentes, sin caer en el insulto personal; más bien sus palabras deben ser bien medidas y dichas con elegancia y altura; no caer en niveles bajos ni mucho menos caer en la provocación para no correr la suerte de convertirse en un parlanchín.
El espíritu de todo buen legislador debe estar basado en su mente creativa, de impulsar cuerpos de leyes debidamente consultadas con todos los sectores del país, pero que no lleven el interés exclusivo de favorecer a una minoría privilegiada. No puede ser concebido ni admirable el conjunto de leyes que niega al hombre el uso de sus derechos para precaver el abuso. La mejor legislación social es aquella donde el derecho de cada cual se determine a través del espíritu de lo justo; cuando todo esto se dé y el derecho se respete, se consolide y se determine como un derecho popular, entonces, solamente entonces, podemos afirmar placenteramente que la Patria trilla el camino luminoso luciendo sus raíces nacionalistas, la justicia social, la verdadera democracia y la paz espiritual esplendorosa para ser dueña y artífice de su propio destino.
En el caso específico de Panamá, los representantes de este órgano en los años 1940, 50 y 60, surgieron algunos cerebros brillantes, cuyas intervenciones se constituían en cátedras de civismo, en faro de luz y de orientación ciudadana, en enseñanza superior y de pura docencia; en lecciones históricas y en planteamientos elevados sobre el quehacer nacional e internacional. Pues eran hombres cultos y respetuosos, de oratorias elocuentes y encendidas, pero que llevaban dentro de sí los más nobles y sanos propósitos de forjar una auténtica democracia social y convertirse así en artesanos eficaces del progreso y engrandecimiento bien entendido del país.
La puntualidad, el espíritu de trabajo y la disciplina, dentro del seno de la Asamblea Legislativa era su primera palabra de orden. Eran diputados que le hacían honor a la curul; iban bien vestidos con sacos y corbatas. Su caballerosidad no tenía límites; a todos atendían por igual en sus oficinas respectivas, sin esconderse y sin aplicar el poco importa; podían tener sus defectos como seres humanos, pero su vocación de servir se desbordaba llena de entusiasmo y de esperanza. De esos excelentes diputados de la Patria, recordamos con profunda admiración a Demetrio Porras, José Isaac Fábrega, Diógenes de la Rosa, Esther Neira de Calvo, Gumercinda Paez, Thelma King, Ramón Ortega Bieto, Jorge Illueca, Víctor Navas, Carlos Iván Zúñiga, Hugo Torrijos Herrera, Ramón de la Guardia, Pinty Arango, Alfredo Alemán hijo, Joaquín Pablo Franco González, Mauricio Mario Correa, José Brower, Luis Emilio Veces y otros que se me escapan de la memoria.
Hemos querido traer estos pensamientos alentadores y elaborados de la mejor buena fe, como una clarinada a la conciencia del ser humano, para que sirvan de ejemplo a los presentes y futuros legisladores de Panamá, en el entendimiento de que cuando son elegidos por votación popular, el mandato supremo que le confiere el pueblo debe asumirse con responsabilidad profesional y patriótica; con sensibilidad humana, asistiendo puntualmente a las diferentes sesiones ordinarias o extraordinarias de la Asamblea Legislativa y la de participar activamente en las diversas comisiones encomendadas a nivel interno o externo; trabajar con un criterio propio y amplio; convertirse en un legislador creativo y actuar con madurez en los planteamientos y discusiones de los distintos proyectos de leyes que se discutan y se presentan dentro del recinto para su aprobación, pero eso sí buscando la manera de mejorarlo, enriquecerlo con razonamiento, con argumentos convincentes, sin caer en el insulto personal; más bien sus palabras deben ser bien medidas y dichas con elegancia y altura; no caer en niveles bajos ni mucho menos caer en la provocación para no correr la suerte de convertirse en un parlanchín.
El espíritu de todo buen legislador debe estar basado en su mente creativa, de impulsar cuerpos de leyes debidamente consultadas con todos los sectores del país, pero que no lleven el interés exclusivo de favorecer a una minoría privilegiada. No puede ser concebido ni admirable el conjunto de leyes que niega al hombre el uso de sus derechos para precaver el abuso. La mejor legislación social es aquella donde el derecho de cada cual se determine a través del espíritu de lo justo; cuando todo esto se dé y el derecho se respete, se consolide y se determine como un derecho popular, entonces, solamente entonces, podemos afirmar placenteramente que la Patria trilla el camino luminoso luciendo sus raíces nacionalistas, la justicia social, la verdadera democracia y la paz espiritual esplendorosa para ser dueña y artífice de su propio destino.