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Así es el FMI


El tema del Fondo Monetario Internacional (FMI) ha logrado, como en otras ocasiones, llamar la atención de los comentaristas y medios de divulgación en los últimos días. Es por este motivo que el editorialista del diario El Panamá América ha dedicado su conocimiento de la teoría económica y de la historia de la economía a ofrecer una respuesta a una sencilla pregunta: ¿Qué es el FMI? Dado que el mismo editorial solicita nuestra opinión, dedicamos este breve artículo a aclarar nuestra posición al respecto.
Debemos partir señalando que en un aspecto en que estamos de acuerdo con el planteamiento de El Panamá América es en su idea de que “El Fondo Monetario Internacional no es una institución perfecta, ya que está integrada por seres humanos”. Fue posiblemente esa sensación de profunda imperfección la que llevó a que Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía, se refiera al personal técnico del FMI de la siguiente manera: “suele estar integrado por estudiantes de tercera categoría provenientes de universidades de primera (He dado clases en la Universidad de Oxford, en el MIT, en la de Standford, en la de Yale y en Princeton, y el FMI casi nunca lograba contratar a ninguno de los mejores estudiantes)”. (Ver “Mi Aprendizaje de la Crisis Económica Mundial”).
Más allá del problema de la imperfección, el editorialista de El Panamá América debió informar a sus potenciales lectores que el FMI es un organismo que cree tener una receta para todas las economías, independientemente del tiempo y el espacio; que es una forma de fundamentalismo de mercado, que se basa en la idea de que la más plena libertad de mercado, producto de lo que se conoce como el Consenso de Washington, y cuyo creador es el economista John Williams.
Más aún, el editorialista, que ha pretendido impresionarnos con su amplio conocimiento del tema, tenía la obligación de explicar a sus lectores que, entre los preceptos de dicho “Consenso” se encuentra un conjunto de políticas de triste recordación y efectos en nuestro país, como son, por ejemplo: La rápida apertura de los mercados y la liberalización de las importaciones, que prácticamente han destruido la producción agrícola e industrial del país, creando un enorme número de desempleados; la privatización de las empresas estatales, que han elevado en forma alarmante los costos de la electricidad y la telefonía para la población; la eliminación de los controles de precios, que ha disparado el costo de la vida; la liberación de los mercados de los factores de producción, lo que significó la reforma al Código de Trabajo y las presiones para eliminar el salario mínimo; la reforma tributaria y la reducción del Estado, aun cuando esto signifique la eliminación de puestos de trabajo y la privatización de los sistemas de seguridad social con el fin de convertirlos en sistemas no solidarios de cuentas individuales.
Como buen conocedor del tema, el editorialista también tenía la responsabilidad de señalar que algunos de los más importantes economistas del mundo han llamado la atención sobre el hecho de que, más allá de cualquier duda razonable, las políticas de austeridad y contracción impuestas por el FMI no hicieron más que agravar la situación en la recientemente crisis de los países del este asiático. Estas políticas si bien defendieron los intereses de las altas finanzas internacionales, dañaron profundamente a los países. Entre los trabajos más importantes a este respecto se encuentra la reflexión de Steven Radelet y Jeffry Sachs, Director del Centro de Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, publicada bajo el título de “El Inicio de la Crisis Financiera del Este de Asia”.
Es importante destacar que la crítica a la acción del FMI en la crisis financiera de Asia no sólo ha sido realizada por economistas relativamente liberales, en el sentido norteamericano, como son Joseph Stiglitz y Paul Krugman. De hecho, algunos economistas claramente conservadores, como Martín Feldstein, también han llamado la atención sobre la indudable responsabilidad del FMI en estos acontecimientos (Ver: “A Self Help Guide for Emerging Markets”, en Foreign Affairs, marzo/abril de 1999).
Dado que el bien informado editorialista nos alecciona, además, sobre la historia del FMI, destacando que sus inicios se remontan a la época en que el propio J.M. Keynes participó en su diseño, resulta útil llamar la atención sobre algunos elementos de la historia más reciente de esta institución. En este caso, las reflexiones de Stiglitz en su libro “El malestar de la globalización”, resultan pertinentes.
Un aspecto importante aquí es la idea de Stiglitz, en el sentido de que en el FMI surgió una segunda agenda, contradictoria con la original, la cual se viene expresando en las políticas neoliberales erradas de este organismo (Capítulo 8: La otra agenda del FMI). Lo más interesante aquí es la es la posición de este autor, que fue el jefe de los economistas del Banco Mundial y que afirma que el FMI lleva delante de manera consciente, las políticas que defienden los grandes intereses financieros internacionales. Concretamente dice que: “... la conducta del FMI no es sorprendente: enfocaba los problemas desde la perspectiva y la ideología de la comunidad financiera y ellas naturalmente se ajustaban (aunque no perfectamente) a sus intereses” Enseguida agrega uno de los importantes mecanismos de esta “coincidencia” de posiciones: “Como apuntamos antes, buena parte de su personal clave provenía de la comunidad financiera, y muchos de ellos tras servir con diligencia a dichos intereses retornaban después a ocupar cargos bien pagados en la comunidad financiera”.
Si concluimos correctamente, la respuesta a la pregunta ¿Qué es el FMI?, resulta evidente. Se trata de un organismo que, por medio de funcionarios no electos, es decir por un procedimiento poco democrático, impone, por la vía de la condicionalidad financiera, políticas provenientes del repertorio de lo que hasta George Soros llama Fundamentalismo de Mercado. El resultado de esas políticas, como se hizo evidente en Argentina, es desastroso para la población de nuestros países.
Nos parece que el editorialista le debe una explicación más profunda a sus lectores.

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