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Atajando la crisis


El talón de Aquiles de cualquier plan de recuperación económica y financiera es la presión que el gasto público -a niveles federales y estatales- y la promoción de la inversión privada, vaya a tener sobre el déficit fiscal, y el aumento en la deuda pública.

El análisis no puede ser estrictamente economicista, que nos lleve a la conclusión de que debemos mantener la racionalidad económica a toda costa, sin que nos importen las repercusiones sociales de nuestras acciones.

Además, no se trata de una sola receta a aplicar en cada lugar, pues las condiciones materiales, económicas y sociales de los distintos gobiernos locales, ameritan una respuesta focalizada en cada lugar y distinta de la aproximación que haga el Estado a nivel federal. Por ejemplo, en locaciones en las que se pueda sacrificar parte del gasto público, éste se sacrificaría para privilegiar la política de incentivos fiscales y económicos, dirigidos a la empresa privada, para que sea la iniciativa privada y no la pública, la que cargue con la responsabilidad mayor de la inversión, para recuperar los empleos y el gasto.

A contrario sensu, en aquellas locaciones en las que lo que se necesita es redoblar el esfuerzo y gasto público, deberá hacerse, sin sentarse demasiado a pensar en las repercusiones dogmáticas o teóricas que esto pueda tener. Lo cierto es que a falta de inversión privada, el Estado debe invertir en infraestructura necesaria para el desarrollo.

El reto siempre debe ser no llegar a un extremo en el que sea inevitable la devaluación del dólar, en cuyo caso, se agravaría la crisis de credibilidad del sistema.

Así, lo primero que debe tratar de hacerse es conseguir la recuperación económica y financiera, en términos razonables, aún cuando la presión sobre la deuda externa e interna y el déficit fiscal sean una jamás experimentada por Estados Unidos en relación con su producto interno bruto.

Una vez estabilizado y equilibrado el sistema, y puesto a andar sobre su propia dinámica, el Estado deberá desarrollar un programa de disminución del déficit fiscal, más como un problema político que como un problema económico.

Son dos fases distintas. En la última, alguien parecido a Bill Clinton, podría transformar el déficit heredado de los republicanos, en un superávit jamás visto en la historia estadounidense.

La primera parte del programa puede recuperar lo que quería hacer Lindon Johnson, en cuanto a la inversión social, si no le hubiera tocado tener que lidiar con la guerra de Vietnam.

101 años de Panamá América

 
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