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Ataques terroristas


La semana pasada los Estados Unidos de América, sin alertar previamente a sus principales aliados o al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, unilateralmente disparó al menos 75 misiles desde sus buques de guerra ubicados en el golfo Pérsico hacia una supuesta base terrorista en Afganistán y desde el Mar Rojo hacia una planta farmacéutica en Sudán. Según el Presidente Bill Clinton los ataques quirúrgicos marcan el inicio de una batalla a largo plazo en contra de las personas que perpetraron los actos terroristas frente a las embajadas norteamericanas en Kenia y Tanzania. Para el mundo, este ataque representa el inicio de una guerra entre la primera potencia mundial y el terrorismo internacional, en la cual todos estamos expuestos e indefensos.
El pasado 7 de agosto, dos artefactos explosivos detonaron en las inmediaciones de las embajadas de los Estados Unidos en la ciudad de Nairobi en Kenia y en la ciudad de Dar es Salaam en Tanzania. Dichas detonaciones causaron daños materiales a las edificaciones inmediatas, hirieron y lisiaron a varios miles de personas y cobraron las vidas de al menos unas 250 otras, en su mayoría ciudadanos de dichos países y unos pocos de los Estados Unidos.
Para justificar su bombardeo, los Estados Unidos informó que tenía evidencia de inteligencia contundente que el blanco en Afganistán era una base terrorista dedicada al entrenamiento de personas para ejecutar actos terroristas, entre los cuales están el atentado en 1992 en un hotel en Yemen, la bomba que estalló en el World Trade Center de Nueva York en 1993, y las que detonaron en 1995 en el cuartel de la Guardia Nacional de Saudi Arabia en Ryad y en 1996 en la base nortemaricana en Dharan, Saudi Arabia. También indicó que el blanco en Tanzania no era una planta farmacéutica como se hacía pasar sino una fábrica de armas químicas para ser utilizadas en actos terroristas.
Estos ataques estaban dirigidos a un grupo terrorista radical liderizado por Osama Ben Laden, quien es considerado responsable por los mencionados atentados contra Estados Unidos, incluyendo el más reciente del 7 de agosto. Voceros para Ben Laden confirmaron que éste se encontraba a salvo en Afganistán y que la batalla está por comenzar.
Las explosiones recientes en Kenia y Tanzania demuestran una vez más lo cruel, indiscriminado y sangriento que son los ataques terroristas. Cobraron cientos de vidas de personas ajenas y hasta indiferentes a los embates de las partes involucradas, quienes sufrieron por estar en el lugar equivocado en el peor momento. Países como el nuestro, en los cuales no existen organismos antiterroristas debidamente equipados y en alerta constante, se convierten en centros de operaciones atractivos para los terroristas. Reacciones como las de los Estados Unidos simplemente fuerzan a esos elementos subversivos a mantenerse aun más encubiertos y los motivan para elevar su causa a niveles fanáticos. En estas circunstancias todos perderemos.

101 años de Panamá América

 
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