Auditoría ciudadana y las elecciones
La diferencia formal entre un sistema democrático y uno despótico consiste esencialmente en la obligatoriedad de los gobernantes de rendir cuentas de sus actos al pueblo; pero el transcurrir de la historia demostró que las manifestaciones atenienses de cabildo abierto para rendir cuentas fueron obviadas por los gobernantes o, en el mejor de los casos, sustituidas por mecanismos complicados de aparente consulta y rendición de cuentas que terminó por convertir ese ejercicio en un simulacro de democracia y un acercamiento sutil al despotismo monárquico. Esto se evidencia en casi todas las “democracias representativas”, desde el imperio estadounidense (elecciones por “colegio electoral”, etc.) hasta las emergentes de países africanos, pasando por América Latina, en donde hemos llegado a hacer elecciones para dirigir el Estado y luego permitir que los gobernantes hagan lo que les venga en gana con la administración estatal.
En Panamá nos separamos de España y delegamos la responsabilidad de gobernarnos en la Gran Colombia, con Simón Bolívar a la cabeza. Luego nos separamos y nos supeditamos en gran medida a los dictados de Estados Unidos, ingresando a su esfera de dominio continental, incluido quién debía dirigir la nación; posteriormente, permitimos que los militares administraran el Estado panameño. Finalmente, le dejamos la tarea de determinar nuestros destinos a los políticos de profesión, pero en todos los cambios históricos descritos estuvieron presentes lo que en sociología se denomina “las masas”, o sea los panameños comunes y corrientes, lo que lleva a concluir que el pueblo ha delegado históricamente la gobernabilidad, sin embargo ha exigido respeto a sus derechos cuando se ha agotado el espacio histórico de cada una de esas formas de gobernar.
La galopante pobreza que afecta al ciudadano común ha obligado a exigir de los gobernantes mayores compromisos con la solución de los acuciantes problemas sociales; a exigirles menos irresponsabilidad en el manejo de la cosa pública, lo que ha llevado incluso a organizarse con ese objetivo. En las últimas décadas han surgido organizaciones no gubernamentales que exigen responsabilidades a los gobernantes; la Iglesia ha salido de la parroquia para apoyar la labor social en un nivel muy superior a tiempos atrás, pero también ha expresado su opinión acerca de la necesidad que los políticos respondan al querer ciudadano.
Desde hace relativamente pocos años, las organizaciones populares se han activado uniformando posiciones para defender sus intereses comunes; pero, más allá de eso, la propia comunidad se ha organizado en forma básica para reclamar de los gobernantes respuestas a sus necesidades. Los medios de comunicación han pasado a jugar un papel de investigación más que de reproductor de los hechos, ayudando en no pocas ocasiones a descubrir y describir las falacias de los gobernantes. Todo ello, debido a que las tradicionales instituciones de canalización del descontento o de exigencia de cuentas como podría ser la administración de justicia o las propias elecciones tradicionales, están en franca bancarrota.
Esta actitud de auditoría ciudadana no conformista con la rendición de cuentas formal (a nadie interesa, por ejemplo, las memorias de las instituciones estatales ni los informes anuales del Organo Ejecutivo ante el Legislativo), ha obligado a los gobernantes a dar respuestas un tanto más eficientemente o a evidenciar su incapacidad.
La discusión pública de hechos que antaño serían intrascendentes como el baile de la Presidenta con un legislador en un acto oficial promoviendo la reelección de este último; o las constantes denuncias, justificadas o no, acerca de violaciones a la ley de contrataciones públicas, etc., sumadas a los poco simpáticos tranques de calles por exigencias que van desde agua potable para las comunidades hasta nombramiento de maestros o mejoras a los centros educativos, han llevado a que la mayoría de los actuales candidatos a la Presidencia de la República haya incurrido en prácticas que van de lo sublime a lo ridículo, tratando cada uno de demostrar su apego a la ley y a la justicia, su amor por los más pobres y su vocación de servicio.
Las elecciones presidenciales y legislativas serán una prueba de fuego para la auditoría ciudadana, pues en ella se decidirá no sólo quién gobernará el próximo lustro, sino hasta dónde somos conscientes de que no podemos dejar a los gobernantes resolver según su leal saber y entender, los acuciantes problemas que a diario sufrimos; hasta dónde estamos dispuestos a exigir participación en las decisiones que a todos nos afectan; cuánto hemos entendido que a los gobernantes no se les puede dar un cheque en blanco para que hagan con Panamá lo que les parezca mejor, porque en campaña prometieron el cielo y la tierra.
El próximo 2 de mayo se pondrá a prueba la convicción de todos los panameños acerca de que no existen superestadistas, superpotencias o superpanameños que nos resuelvan los problemas del país (ni en la Presidencia ni en la Asamblea Legislativa, ni en las alcaldías ni en los corregimientos), reflejada en las denuncias constantes y la exigencia de participación en las soluciones que hemos venido reclamando a través de una auditoría ciudadana permanente o si, por el contrario, creemos en los cantos de sirena de los candidatos que se rasgan las ropas para convencernos que son la aspirina a todos nuestros males, intentando de paso que olvidemos sus relativamente recientes actuaciones en la administración estatal.
En las próximas elecciones está en juego lo que hemos avanzado en materia de exigencias ciudadanas a los gobernantes, en el sentido de continuar y profundizar ese grado de participación o entregarle a alguien que se declara “Mesías y Salvador” del país por designación casi divina (y por lo tanto, unipersonal o unipartidista) las riendas del país y dejar que su genialidad aflore en beneficio de todos, lo que la historia reciente refuta inexorablemente.
Tiene la palabra el pueblo panameño.
En la gráfica, los dos primeros trazos corresponden a la respiración, que son registrados a través del numo; el tercer trazo más delgado indica la sudoración y el último trazo que es más grueso, delata a la persona e indica el ritmo cardíaco, el que no se puede manipular.
La persona que siente que va a ser descubierta se protege mintiendo. Cada barrita equivale a cinco segundos, pero cuando miente en este mismo tiempo hace sólo una curva, aseguró el investigador.
En el año 2002, después de 17 meses de encarcelamiento, un narcotraficante decidió ser sometido a la prueba poligráfica, su apoderado legal quería demostrar que su cliente estaba anuente a que la verdad saliera dentro del proceso. El resultado no se reveló, pero sigue detenido. Esta fue la primera vez que la justicia panameña utilizó el polígrafo.
Actualmente, la Policía Técnica Judicial, de forma voluntaria, la aplica a los involucrados en una determinada averiguación del Departamento de Responsabilidad Profesional de la entidad.
Otra forma de utilizarlo es en las entrevistas de pre empleo, debido a la eliminación del récord policivo.
Uno de los casos más sonados ha sido la desaparición de la niña Mónica Serrano. A petición de las autoridades judiciales, una de las implicadas fue sometida al detector de mentiras. Efectivamente, se conoció que "mentía" en sus declaraciones.
El fiscal electoral, Gerardo Solís, también es poligrafista y en un texto de su autoría indica que en Panamá no existe ninguna norma legal que prohiba su ejercicio.
Explica en el texto "El polígrafo en Panamá" que existen otras normas de carácter constitucional que ponen un freno a la manera en que se debe usar, las que no son incompatibles con el correcto uso que de él exigen las normas aprobadas por la American Polygraph Association.
El artículo 22 de la Constitución Política exige la presunción de inocencia de toda persona acusada de haber cometido un delito. Esta disposición, que tiene el más alto rango en la jerarquía de las normas de convivencia en la sociedad, requiere del examinador que administra un examen poligráfico, una conducta totalmente objetiva e imparcial durante el ejercicio de la misma.
No debe ser acusatorio ni inclinarse siquiera, a sugerir que la prueba tiene como único o principal objetivo detectar decepción, cuya misión es verificar la veracidad o detectar decepción de las declaraciones del sujeto examinado, explica Solís.
"La prueba pericial poligráfica puede ser escuchada por el juez para que éste conozca, aprecie o evalué algún dato o hecho de influencia en el proceso que tenga carácter científico, técnico o práctico y que no pertenezca a la experiencia común, ni a la formación específica exigida al juez", cita el artículo 953 del Código Judicial.
Para conocer cómo se sienten las personas sometidas a la prueba del polígrafo, nosotros mismos estuvimos dispuestos a defendernos de preguntas sobre la infidelidad.
Con sólo la colocación de los aparatos que van adaptados al instrumento computarizado, la sensación fue extraña y se comenzó a acelerar nuestro corazón.
Se conectó un aparato para medir la presión en el brazo derecho, se amarraron cables en los dedos de las manos y otros rodeaban nuestro pecho.
La mirada tenía que ser directa a una pared, sin mover las manos, las piernas y los pies. En una silla parecida a la eléctrica, las manos comenzaron a sudar y después de unos minutos nuestra reacción fue de incomodidad.
Al sentirme algo presionada con tantos cables, respiré profundamente. El examinador nos comentó que era signo de nerviosismo. Lo que no sabía el inspector Romer es que tenía una ansiedad terrible.
Aunque el resultado no se pudo concretar, demostró que el estar expuesto a este instrumento por más de media hora, causa nerviosismo. Al final, si es verdad o mentira...el instrumento y el examinador tienen la última palabra.
En Panamá nos separamos de España y delegamos la responsabilidad de gobernarnos en la Gran Colombia, con Simón Bolívar a la cabeza. Luego nos separamos y nos supeditamos en gran medida a los dictados de Estados Unidos, ingresando a su esfera de dominio continental, incluido quién debía dirigir la nación; posteriormente, permitimos que los militares administraran el Estado panameño. Finalmente, le dejamos la tarea de determinar nuestros destinos a los políticos de profesión, pero en todos los cambios históricos descritos estuvieron presentes lo que en sociología se denomina “las masas”, o sea los panameños comunes y corrientes, lo que lleva a concluir que el pueblo ha delegado históricamente la gobernabilidad, sin embargo ha exigido respeto a sus derechos cuando se ha agotado el espacio histórico de cada una de esas formas de gobernar.
La galopante pobreza que afecta al ciudadano común ha obligado a exigir de los gobernantes mayores compromisos con la solución de los acuciantes problemas sociales; a exigirles menos irresponsabilidad en el manejo de la cosa pública, lo que ha llevado incluso a organizarse con ese objetivo. En las últimas décadas han surgido organizaciones no gubernamentales que exigen responsabilidades a los gobernantes; la Iglesia ha salido de la parroquia para apoyar la labor social en un nivel muy superior a tiempos atrás, pero también ha expresado su opinión acerca de la necesidad que los políticos respondan al querer ciudadano.
Desde hace relativamente pocos años, las organizaciones populares se han activado uniformando posiciones para defender sus intereses comunes; pero, más allá de eso, la propia comunidad se ha organizado en forma básica para reclamar de los gobernantes respuestas a sus necesidades. Los medios de comunicación han pasado a jugar un papel de investigación más que de reproductor de los hechos, ayudando en no pocas ocasiones a descubrir y describir las falacias de los gobernantes. Todo ello, debido a que las tradicionales instituciones de canalización del descontento o de exigencia de cuentas como podría ser la administración de justicia o las propias elecciones tradicionales, están en franca bancarrota.
Esta actitud de auditoría ciudadana no conformista con la rendición de cuentas formal (a nadie interesa, por ejemplo, las memorias de las instituciones estatales ni los informes anuales del Organo Ejecutivo ante el Legislativo), ha obligado a los gobernantes a dar respuestas un tanto más eficientemente o a evidenciar su incapacidad.
La discusión pública de hechos que antaño serían intrascendentes como el baile de la Presidenta con un legislador en un acto oficial promoviendo la reelección de este último; o las constantes denuncias, justificadas o no, acerca de violaciones a la ley de contrataciones públicas, etc., sumadas a los poco simpáticos tranques de calles por exigencias que van desde agua potable para las comunidades hasta nombramiento de maestros o mejoras a los centros educativos, han llevado a que la mayoría de los actuales candidatos a la Presidencia de la República haya incurrido en prácticas que van de lo sublime a lo ridículo, tratando cada uno de demostrar su apego a la ley y a la justicia, su amor por los más pobres y su vocación de servicio.
Las elecciones presidenciales y legislativas serán una prueba de fuego para la auditoría ciudadana, pues en ella se decidirá no sólo quién gobernará el próximo lustro, sino hasta dónde somos conscientes de que no podemos dejar a los gobernantes resolver según su leal saber y entender, los acuciantes problemas que a diario sufrimos; hasta dónde estamos dispuestos a exigir participación en las decisiones que a todos nos afectan; cuánto hemos entendido que a los gobernantes no se les puede dar un cheque en blanco para que hagan con Panamá lo que les parezca mejor, porque en campaña prometieron el cielo y la tierra.
El próximo 2 de mayo se pondrá a prueba la convicción de todos los panameños acerca de que no existen superestadistas, superpotencias o superpanameños que nos resuelvan los problemas del país (ni en la Presidencia ni en la Asamblea Legislativa, ni en las alcaldías ni en los corregimientos), reflejada en las denuncias constantes y la exigencia de participación en las soluciones que hemos venido reclamando a través de una auditoría ciudadana permanente o si, por el contrario, creemos en los cantos de sirena de los candidatos que se rasgan las ropas para convencernos que son la aspirina a todos nuestros males, intentando de paso que olvidemos sus relativamente recientes actuaciones en la administración estatal.
En las próximas elecciones está en juego lo que hemos avanzado en materia de exigencias ciudadanas a los gobernantes, en el sentido de continuar y profundizar ese grado de participación o entregarle a alguien que se declara “Mesías y Salvador” del país por designación casi divina (y por lo tanto, unipersonal o unipartidista) las riendas del país y dejar que su genialidad aflore en beneficio de todos, lo que la historia reciente refuta inexorablemente.
Tiene la palabra el pueblo panameño.
En la gráfica, los dos primeros trazos corresponden a la respiración, que son registrados a través del numo; el tercer trazo más delgado indica la sudoración y el último trazo que es más grueso, delata a la persona e indica el ritmo cardíaco, el que no se puede manipular.
La persona que siente que va a ser descubierta se protege mintiendo. Cada barrita equivale a cinco segundos, pero cuando miente en este mismo tiempo hace sólo una curva, aseguró el investigador.
En el año 2002, después de 17 meses de encarcelamiento, un narcotraficante decidió ser sometido a la prueba poligráfica, su apoderado legal quería demostrar que su cliente estaba anuente a que la verdad saliera dentro del proceso. El resultado no se reveló, pero sigue detenido. Esta fue la primera vez que la justicia panameña utilizó el polígrafo.
Actualmente, la Policía Técnica Judicial, de forma voluntaria, la aplica a los involucrados en una determinada averiguación del Departamento de Responsabilidad Profesional de la entidad.
Otra forma de utilizarlo es en las entrevistas de pre empleo, debido a la eliminación del récord policivo.
Uno de los casos más sonados ha sido la desaparición de la niña Mónica Serrano. A petición de las autoridades judiciales, una de las implicadas fue sometida al detector de mentiras. Efectivamente, se conoció que "mentía" en sus declaraciones.
El fiscal electoral, Gerardo Solís, también es poligrafista y en un texto de su autoría indica que en Panamá no existe ninguna norma legal que prohiba su ejercicio.
Explica en el texto "El polígrafo en Panamá" que existen otras normas de carácter constitucional que ponen un freno a la manera en que se debe usar, las que no son incompatibles con el correcto uso que de él exigen las normas aprobadas por la American Polygraph Association.
El artículo 22 de la Constitución Política exige la presunción de inocencia de toda persona acusada de haber cometido un delito. Esta disposición, que tiene el más alto rango en la jerarquía de las normas de convivencia en la sociedad, requiere del examinador que administra un examen poligráfico, una conducta totalmente objetiva e imparcial durante el ejercicio de la misma.
No debe ser acusatorio ni inclinarse siquiera, a sugerir que la prueba tiene como único o principal objetivo detectar decepción, cuya misión es verificar la veracidad o detectar decepción de las declaraciones del sujeto examinado, explica Solís.
"La prueba pericial poligráfica puede ser escuchada por el juez para que éste conozca, aprecie o evalué algún dato o hecho de influencia en el proceso que tenga carácter científico, técnico o práctico y que no pertenezca a la experiencia común, ni a la formación específica exigida al juez", cita el artículo 953 del Código Judicial.
Para conocer cómo se sienten las personas sometidas a la prueba del polígrafo, nosotros mismos estuvimos dispuestos a defendernos de preguntas sobre la infidelidad.
Con sólo la colocación de los aparatos que van adaptados al instrumento computarizado, la sensación fue extraña y se comenzó a acelerar nuestro corazón.
Se conectó un aparato para medir la presión en el brazo derecho, se amarraron cables en los dedos de las manos y otros rodeaban nuestro pecho.
La mirada tenía que ser directa a una pared, sin mover las manos, las piernas y los pies. En una silla parecida a la eléctrica, las manos comenzaron a sudar y después de unos minutos nuestra reacción fue de incomodidad.
Al sentirme algo presionada con tantos cables, respiré profundamente. El examinador nos comentó que era signo de nerviosismo. Lo que no sabía el inspector Romer es que tenía una ansiedad terrible.
Aunque el resultado no se pudo concretar, demostró que el estar expuesto a este instrumento por más de media hora, causa nerviosismo. Al final, si es verdad o mentira...el instrumento y el examinador tienen la última palabra.