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Avance de la democracia


EN LOS largos años de la salvaje dominación de Sadam Hussein sí se realizaron elecciones en Iraq, pero de la manera en que llevan a cabo los autócratas, con la intención de perpetuarse en el poder.
Fueron, ciertamente, cínicos simulacros de un engaño colectivo que obligaba a los votantes a no apartarse de la férrea línea gubernamental, bajo amenazas de prisión o muerte.
Como muestra, es preciso recordar lo que sucedió en 1995 y que, en idénticas circunstancias, se efectuó en otras ocasiones.
El referéndum convocado en ese año por el sanguinario sátrapa fue calificado como descarada farsa.
Los reportes sobre el particular indican que el objetivo fue prolongar otros siete años más, y así sucesivamente, el mandato del cruel gobernante que se apropió del desventurado país en 1979, mediante golpe de Estado.
En esa ocasión, como en todas, el único candidato fue Sadam Hussein que alcanzó el 99.96 por ciento de los más de ocho millones de votos válidos.
Observadores internacionales dijeron que vieron a miles de iraquíes votar en contra pero que, luego de los escrutinios, todo favorecía al absolutista que desplegó a los recintos electorales cientos de miles de guardias armados que vigilaban minuciosamente a los votantes la manera cómo se pronunciaban en las urnas; ante la actitud intimidatoria de tales cancerberos, además, debían declarar nombres y apellidos completos, la provincia en que vivían y la dirección exacta del domicilio.
Obviamente, esos datos no servían para felicitar por el cumplimiento de un acto cívico sino para tener claras referencias con miras a los conocidos castigos, en el caso de los valientes que se atrevían a desafiar la omnímoda voluntad del encarnizado soberano.
Dentro de la desaforada campaña de imagen a que están acostumbrados los mandatarios de esa laya, los singulares resultados fueron promocionados en el marco de exagerada y contraproducente propaganda: se levantaron nuevas estatuas del opresor, la oficina de correos emitió sellos especiales para resaltar el postizo acontecimiento, desbordantes festejos resaltaron el amañado triunfo.
El fin de estos sainetes consistía en pretender legalizar, a nivel foráneo, la inclemente dictadura. En una auténtica democracia, ¿alguien podrá alcanzar tan alta votación? Imposible.
Lo narrado constituye contundente prueba de los recursos inescrupulosos y fraudulentos, cuando no criminales, de los que se valió este tirano para seguir oprimiendo al pueblo iraquí.
¿Iraq y la paz del mundo no ganaron bastante con la captura de Sadam Hussein?
Hace pocos días, ocho millones de ciudadanos iraquíes concurrieron a las urnas, a pesar de la furia terrorista que pretendió intimidarles. Ese voto fue por la libertad que empiezan a saborear y en contra de los fundamentalistas.
Continuará el proceso democrático, hasta que se legitimen todos los poderes que son resultado de elección popular.
Sin duda, un positivo avance de la democracia, digno de ser resaltado y que se lo va alcanzando plenamente, gracias a la cooperación internacional cuyos altos costos no deben pasar desapercibidos.
Sin este apoyo, el yugo de Sadam y sus secuaces, caracterizado por la brutalidad y la corrupción, hubiese sido perpetuo en el afligido Iraq.

101 años de Panamá América

 
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