Ayer, hoy y mañana
Hace solo cuatro días el mundo recordó los aterradores acontecimientos que se dieron en las ciudades de Nueva York y Washington durante la mañana del 11 de septiembre de 2001. Dije entonces - y lo reitero hoy - que nadie en su sano juicio podría deleitarse frente al horror vivido por el pueblo norteamericano y que la violencia - harto demostrado está - solo genera más violencia por la naturaleza intrínseca que conlleva el acto en referencia.
Sumido en el espanto que generaron los sucesos de aquel mes triste pensé que los líderes mundiales trabajarían - en aras de perfeccionar la civilización universal - estructurando una cultura de paz sustentada en el respeto que se merecen las naciones entre sí. Sin embargo, y a pesar de la futilidad que representan hoy los ejércitos y sus mezquinas funciones como instrumentos para apoyar los preceptos de convivencia que debieran regir en pleno siglo XXI, se ha mantenido la fiereza bélica como procedimiento imprescindible para lograr una supuesta estabilidad global.
La invasión a Afganistán y sus secuelas en proceso, los muy peligrosos acontecimientos entre India y Pakistán por la región de Cachemira, las constantes incursiones aéreas contra Irak, las advertencias de Arabia Saudita frente a una posible polarización del mundo árabe respecto a tan delicado asunto y esa intolerancia absurda entre el Estado de Israel y el pueblo palestino no auguran buen final y poco - si no nada - modificarán el satus quo del problema pues se está atacando, equivocadamente, la forma pero no el fondo de la cuestión que nos ocupa.
Frente a la rudimentaria concepción del bien y del mal que hace algunos meses planteó el presidente de los Estados Unidos de América para clasificar al mundo, sumada a la inminente declaración de guerra contra Irak que pronunciara junto a su homólogo inglés Tony Blair la semana pasada, me permitiré señalar brevemente algunos recuentos históricos sobre tan volátil región del planeta.
222...se ha mantenido la fiereza bélica como procedimiento imprescindible para lograr una supuesta estabilidad global.
Luego del asesinato del presidente Park, en 1979, el Gobierno norteamericano se encontró inmerso en varios problemas internacionales de manera simultánea, a saber: el apuntalamiento de los lazos militares con Corea del Sur, la crisis de los rehenes en Irán, las crecientes tensiones con la Unión Soviética, tanto por la invasión a Afganistán, como por el apoyo estadounidense a los grupos islámicos que intentaban defenestrar la tendencia socialista imperante en dicho país. El 22 de septiembre de 1980 Irak invadió parte del oeste iraní, dando inició a una cruenta guerra que duraría hasta 1988. Irán estuvo apoyada principalmente por Siria y Libia. Su armamento provino de Corea del Norte, China y - tristemente - los Estados Unidos de América que abastecieron al arsenal persa como parte del bochornoso asunto del Irán - Contra. Irak gozó de amplio apoyo dentro del mundo árabe y Europa occidental, siendo la Unión Soviética su mayor proveedor de artefactos bélicos. En 1987 varias naciones europeas y los Estados Unidos de América se involucraron directamente en la pugna luego de los ataques iraníes a los buques petroleros de Kuwait que transitaban por el Golfo Pérsico. Se estima que 1.5 millones de personas murieron durante los ocho años que duraron las hostilidades. En 1990 Irak invadió Kuwait, sobrevino la Guerra del Golfo y el resto es historia conocida.
El propósito de esta breve reseña solo pretende destacar que los Estados Unidos de América, Gran Bretaña, Francia, China y Rusia formaron parte del grupo de naciones que afianzaron, militarmente y por muchos años, las hostilidades en la región. Además, Alemania y Arabia Saudita fueron aliados incondicionales como puntos estratégicos de soporte para las tropas involucradas. Por tal motivo resulta muy revelador, tanto que Francia Rusia y China se rehúsen a formar parte de una nueva coalición de ataque contra dicho país, como que Alemania y Arabia Saudita se opongan a la acción unilateral contra Irak anunciada por George W. Bush y Tony Blair respectivamente.
Nadie puede defender la ejecución apocalíptica que sembró dolor y muerte en el corazón mismo de los Estados Unidos de América el 11 de septiembre de 2001. Sin embargo, es evidente las graves consecuencias que se generarán si la soberbia y prepotencia no dan paso a fórmulas conciliatorias para evitar más distorsiones perniciosas en contra de esa cultura de paz que exige el mundo en los años por venir.
(rbermudez@cableonda.net)
Sumido en el espanto que generaron los sucesos de aquel mes triste pensé que los líderes mundiales trabajarían - en aras de perfeccionar la civilización universal - estructurando una cultura de paz sustentada en el respeto que se merecen las naciones entre sí. Sin embargo, y a pesar de la futilidad que representan hoy los ejércitos y sus mezquinas funciones como instrumentos para apoyar los preceptos de convivencia que debieran regir en pleno siglo XXI, se ha mantenido la fiereza bélica como procedimiento imprescindible para lograr una supuesta estabilidad global.
La invasión a Afganistán y sus secuelas en proceso, los muy peligrosos acontecimientos entre India y Pakistán por la región de Cachemira, las constantes incursiones aéreas contra Irak, las advertencias de Arabia Saudita frente a una posible polarización del mundo árabe respecto a tan delicado asunto y esa intolerancia absurda entre el Estado de Israel y el pueblo palestino no auguran buen final y poco - si no nada - modificarán el satus quo del problema pues se está atacando, equivocadamente, la forma pero no el fondo de la cuestión que nos ocupa.
Frente a la rudimentaria concepción del bien y del mal que hace algunos meses planteó el presidente de los Estados Unidos de América para clasificar al mundo, sumada a la inminente declaración de guerra contra Irak que pronunciara junto a su homólogo inglés Tony Blair la semana pasada, me permitiré señalar brevemente algunos recuentos históricos sobre tan volátil región del planeta.
222...se ha mantenido la fiereza bélica como procedimiento imprescindible para lograr una supuesta estabilidad global.
Luego del asesinato del presidente Park, en 1979, el Gobierno norteamericano se encontró inmerso en varios problemas internacionales de manera simultánea, a saber: el apuntalamiento de los lazos militares con Corea del Sur, la crisis de los rehenes en Irán, las crecientes tensiones con la Unión Soviética, tanto por la invasión a Afganistán, como por el apoyo estadounidense a los grupos islámicos que intentaban defenestrar la tendencia socialista imperante en dicho país. El 22 de septiembre de 1980 Irak invadió parte del oeste iraní, dando inició a una cruenta guerra que duraría hasta 1988. Irán estuvo apoyada principalmente por Siria y Libia. Su armamento provino de Corea del Norte, China y - tristemente - los Estados Unidos de América que abastecieron al arsenal persa como parte del bochornoso asunto del Irán - Contra. Irak gozó de amplio apoyo dentro del mundo árabe y Europa occidental, siendo la Unión Soviética su mayor proveedor de artefactos bélicos. En 1987 varias naciones europeas y los Estados Unidos de América se involucraron directamente en la pugna luego de los ataques iraníes a los buques petroleros de Kuwait que transitaban por el Golfo Pérsico. Se estima que 1.5 millones de personas murieron durante los ocho años que duraron las hostilidades. En 1990 Irak invadió Kuwait, sobrevino la Guerra del Golfo y el resto es historia conocida.
El propósito de esta breve reseña solo pretende destacar que los Estados Unidos de América, Gran Bretaña, Francia, China y Rusia formaron parte del grupo de naciones que afianzaron, militarmente y por muchos años, las hostilidades en la región. Además, Alemania y Arabia Saudita fueron aliados incondicionales como puntos estratégicos de soporte para las tropas involucradas. Por tal motivo resulta muy revelador, tanto que Francia Rusia y China se rehúsen a formar parte de una nueva coalición de ataque contra dicho país, como que Alemania y Arabia Saudita se opongan a la acción unilateral contra Irak anunciada por George W. Bush y Tony Blair respectivamente.
Nadie puede defender la ejecución apocalíptica que sembró dolor y muerte en el corazón mismo de los Estados Unidos de América el 11 de septiembre de 2001. Sin embargo, es evidente las graves consecuencias que se generarán si la soberbia y prepotencia no dan paso a fórmulas conciliatorias para evitar más distorsiones perniciosas en contra de esa cultura de paz que exige el mundo en los años por venir.
(rbermudez@cableonda.net)