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Bahía y país contaminados


Con la experiencia plural dejada por el fracaso del Canal Francés, Estados Unidos tuvo el cuidado de consignar en la Convención del Canal Istmico (Tratado de 1903), entre varios otros controles, el relativo a la sanidad y salubridad de las ciudades de Panamá y Colón, incluyendo la obra de albañales y la del acueducto para ambas ciudades, por espacio de 50 años. También se reservó el derecho de cobrar por tales servicios a los habitantes de las ciudades terminales del Canal. Le interesaba enormemente sanear los extremos urbanos de éste y manejar dichas actividades. Construyó los acueductos respectivos y administró todos los asuntos sanitarios, por cinco décadas.
Norteamérica adoptó unilateralmente las medidas necesarias para tales fines y construyó los albañales, poniendo en marcha su decisión de convertir la Bahía de Panamá en reservorio de las aguas negras y pluviales. A mediados de los años treinta, ya la acumulación de inmundicias y basuras contaminó la bajamar de esa bahía y se hizo imposible que continuara la diversión de los bañistas acostumbrados, en las playas de El Chorrillo, Santo Domingo, la Bahía y de San Francisco, que muchos habitantes capitalinos utilizaban para nadar al aire libre y bajo la canícula solar.
¿Quién no sabía que el crecimiento demográfico de la ciudad del Ancón traería una descontrolada contaminación del mar y playas? En tres décadas, la situación ya era un problema notorio. Pero ni sirios ni troyanos le hicieron caso. Ahora, cuando ya la situación amenaza con daños de salud, algunas personas señalan que se impone una solución, ante la indiferencia general. Pero todavía nos limitamos a seguir pensando en el problema, pese a algunos buenos esfuerzos.
He aquí un retrato fiel del espíritu público panameño. El desinterés, la apatía, la indolencia y el no me importa campean, y nada, nada se hace. Será motivo para que alguna mente fértil piense en hacer una propuesta que le resulte "buen negocio". Mientras tanto continuamos respirando ese "olor a rosas", que parece excitar nuestro olfato. Y mientras, no sabemos por cuáles conductos el perfume comienza a levantarse desde Taboguilla, hasta cuando nos produce náuseas respirar por varios días. Siempre habrá un pretexto, una razón constante para el no hacer nada y tornarnos pasivos en grado máximo.
Muchísimos problemas colectivos resbalan literalmente sobre nuestra piel, sin que la llamada "sociedad civil" se dé por aludida. El más impúdico far niente duerme los ojos de los gobernantes de todos los tiempos, que pasan y pasan y pasan, olvidados del bien y del mal. Y se llaman ellos mismos "la clase política".
¿Cómo es que todas estas modalidades hayan tenido un progresivo y acumulado déficit de cien años? Es la historia que despuntó sin notoriedad desde cuando la Independencia nos puso al mando de la cosa pública, siguiendo las voces de la nada, con la excepción de Eusebio A. Morales, Pablo Arosemena, Carlos A. Mendoza, Belisario Porras, Méndez Pereira, Andreve y algunos otros panameños capaces y emprendedores, que llegan al poder presidencial y al poder ministerial, dejando huellas positivas, hasta cuando recién pasada la Segunda Guerra Mundial empezamos a tomar decididamente los senderos torcidos, para la suerte colectiva.
No hay problema panameño general que escape de la etiología delineada: la educación sin horizonte, la economía que no supera su estancamiento, la salud pública crucificada, el desempleo en su cronicidad y avance, la nulidad de solución frente a la delincuencia y el crecimiento galopante del delito; la tala desorbitada de nuestros bosques que no son eternos; el déficit crónico de la agricultura sin apoyo oficial; en una palabra, el país a la deriva, no de hoy, sino desde hace sesenta años.
Esta manera de ver las cosas en quien escribe, no obedece a un pesimismo individual que nubla nuestras pupilas. Pero la justicia continúa...ya la dosis es suficiente, no la incrementemos. Lo cierto es que la sociedad panameña no ha generado internamente las fuerzas sociales de rectificación que su vida crónicamente enferma, anula sin esperanzas concretas y reveladoras. Si tomamos en consideración los artículos opinantes que a diario llenan las planas periodísticas, tarea que no cumplimos totalmente día a día, la realidad nacional se impone y no la visión personal, pesimista u optimista. Sobre todo en cantidad y certidumbre.
Como último señalamiento, no podemos evitar que nos renden los trágicos niveles de pobreza en que vegetan ya casi dos millones de panameños con negras perspectivas. Como dijimos al comienzo, el espejo de la Bahía contaminada lo tenemos desde hace sesenta años y nunca hicimos nada por eliminarlo. Es un termómetro y un espejo que no podemos negar, porque lo vemos, lo sentimos, lo sufrimos todos los días. ¿Hasta cuándo? Nosotros mismos, como sociedad y como gobiernos, estamos dando la respuesta.

101 años de Panamá América

 
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