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Bajo el signo de la arrogancia


EL NEW YORK TIMES califica la sentencia de los ejecutivos de la compañía estadounidense Enron como una condena a la arrogancia de la época. La arrogancia no es patognomónica o privativa de los estadounidenses. Aunque su gobierno se lleva las palmas, en nuestra América abundan especímenes de todo tipo, profesión y postura. Entre nosotros también pululan quienes creen haber comprado la verdad al precio de una sabiduría infalible para terminar creyendo que su opinión no solo es la más valiosa, sino la más certera y por ende la que debemos seguir como borregos. La arrogancia no es una postura o una exageración de la autoestima: es una ignorancia peligrosa.
La mayor revolución del pensamiento moderno la realizó Descartes con su método científico: la duda metódica. La arrogancia, ese orgullo desmedido del conocimiento que no tiene capacidad para la duda, ni siquiera como método, tiene el mismo origen que el de las creencias. Creer que la ampliación del canal es un gran negocio y no una costosa obra de ingeniería en un país con serios problemas socioeconómicos, es no sospechar que en una "sociedad del riesgo" haya interpretaciones distintas en especial cuando se trata de minimizarlos o negarlos. Para la gente que vive constantemente atosigada por los riesgos lo que le interesa saber es quiénes serán los responsables.
Sócrates combatía su hubris y creyó vencerla cuando afirmó que lo único que él sabía es que no sabía nada. Como en las mejores novelas policiales, una forma eficaz de esconder la evidencia es hacerla muy visible. Según el psicoanálisis nada hay más arrogante que la falsa modestia. ¿Le faltó modestia a Sócrates o le sobró arrogancia? Contrario al mito popular él sabía quién era, conocía perfectamente el alcance de su fama y no necesitaba acudir al oráculo para tener conciencia de que cualquier afirmación suya haría temblar Delfos. Así pues, tras esta vuelta de tuerca, lo que hizo el gran sofista fue argumentar como Diógenes el cínico, quien a plena luz del día iba por las calles atestadas con una lámpara encendida, cuando le preguntaron qué buscaba, respondió: un hombre. El gran dramaturgo Bertold Bretch afirmaba que un hombre es un hombre y que él podía demostrarlo muy fácilmente porque con un ser humano se puede hacer lo que uno quiera.
Un hecho insensato como el del 9/11 puso en descubierto toda la parafernalia de un gobierno también insensato que terminó actuando bajo el mismo argumento "diabólico" de la banda terrorista (error que en la década del 70 ya habían cometido otros mesiánicos). El argumento del pensamiento fundamentalista está basado no en la verdad, sino en una creencia absurda, por ejemplo: En la lucha por el poder entre Belcebú y Satán se moderniza el engaño asimilando los contrarios, es decir: "En donde el mendaz llama al mendaz, mendaz" (P. Sloterdijk, Crítica de la razón cínica).
Lo anterior vale como ilustración que para ser arrogante hay que creer en absolutos y aceptar que la verdad es una sola y le pertenece. El error consiste en confundir la verdad con la creencia. La creencia es la aceptación de una verdad irrefutable que no necesita mayor explicación y si acaso: ninguna. Aceptar un estudio, un diagnóstico o un proyecto por la sola razón de creer en el principio de la fama o de la autoridad de la que emana, es anticientífico y está en contra de toda consideración racional, sobre todo si son los otros y no ellos quienes tienen la obligación de decidir al respecto.
Si los argumentos presentados hasta ahora por la ACP no tuvieran margen de error * o no pudieran ser sometidos a una interpretación distinta ni modificarse por ley sin poder ser contrastados o discutidos, hace innecesaria una consulta popular. A menos que esta sea un trámite, un mero requisito político para diluir responsabilidades futuras que no afecten al partido en el poder. Si el proyecto no llegara a funcionar todo lo bien como la ACP prevé y nosotros quisiéramos que así fuera, no habría entonces responsables con nombre y apellido. Si el tratado Hay-Buneau Varilla hubiera ido a referéndum, el emisario francés no sería tan mal recordado en nuestra historia patria, porque los entregadores del Canal Perpetuo hubieran sido los ciudadanos votantes, los del sí y los del no, puesto que la democracia no discrimina al que vota, por el contrario, la opinión mayoritaria incrimina a todos por igual y sin atenuantes. Dos sociólogos europeos afirman que los megaproyectos se originan cuando existe un "déficit democrático". En nuestro país ese déficit lo genera la impunidad y la abulia judicial.
La verdad que buscamos es una conjetura refutable cuyos indicios deben someterse al método que mejor la aproxime a una conclusión que la mayoría acepte como real. Toda verdad irrefutable no es verdad, es certeza. Dios es una certeza porque para la fe del creyente es una verdad absoluta, su existencia no admite ni tiene refutación posible. El proyecto de la ACP no lo es, porque por su naturaleza técnica y científica tiene, puede y debe ser refutable. El problema está en que no tenemos otro proyecto para escoger. Si la ACP hubiera presentado al menos dos proyectos o mejor, si el gobierno le hubiera otorgado a otras firmas o instituciones presentar un estudio alterno comparable para escoger entre ellos, los ciudadanos del llano estaríamos en mejores condiciones de elegir. Decir que quienes refutan el proyecto de la ACP como única alternativa, absoluta e inmodificable, son sujetos amargados, retrógrados, antiprogresistas y pesimistas no sólo es ser injusto sino poco conocedor de las leyes que rigen los procedimientos del método científico: comprobar, contrastar, refutar, modificar, adecuar y aceptar o rechazar. Leyes distintas a la del tómelo o déjelo del mercado.
Por otra parte, someter un proyecto a consulta sin otra alternativa que el no, es un recurso político viciado y en cierta forma un procedimiento inmoral, pues en este caso no se puede escoger entre lo bueno y lo malo. Aquí, con el mal llamado referéndum se nos obliga a una falsa elección: debemos escoger entre el tómelo o déjelo, como si el tema del Canal fuera un juego de póquer y el país un gran casino donde los arrogantes se enfrentan a los cínicos mientras nosotros, meros espectadores, observamos cómo un mendaz le miente a otro mendaz.
(*)Un craso error -posiblemente ilegal- es someter a consulta el Estudio de Impacto Ambiental después del referéndum. (Plan Maestro, Fig. 8-18).
(drjcal@psi.net.pa)

101 años de Panamá América

 
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