Balance del 2001
En el caso de nuestro país, es evidente que el saldo que arroja el balance del año 2001 es negativo. Pocos períodos de nuestra historia republicana han sido tan fecundos en crisis, conflictos, en dificultades, en problemas, en tribulaciones, como el que ayer terminó. En casi todos los órdenes de la vida nacional, el año 2001 fue dominado por la desorientación, la incapacidad, la angustia espiritual, moral y material.
La educación nacional reflejada en la Universidad de Panamá, fundamental para el presente y el futuro de la comunidad, estuvo repleta de conflictos, de incomprensiones y de estériles polémicas, por falta de encauzamiento y orientación, produciendo un lamentable retroceso, desconfianzas, inquietudes y resentimientos. En lo económico, los recursos del Estado fueron deficientemente administrados, lo que produjo, como consecuencia, un gravísimo déficit en el presupuesto nacional y un debilitamiento general de la economía, que provocó a su vez la restricción de las inversiones y disminuyó el desarrollo de las empresas productoras, o en varias ocasiones obligó el cierre de otras.
Se produjo también un caudaloso crecimiento en la delincuencia y un grave descenso en la moral pública. La vida, honra y bienes de los asociados estuvieron constantemente en peligro. Los servicios de salud pública y asistencia social necesitaron, con más urgencia que nunca, el auxilio de la iniciativa privada.
El prestigio de las instituciones oficiales y el respeto a la ley se deterioraron apreciablemente, a lo que contribuyeron la falta de orden y de austeridad en ciertos sectores de la administración pública. Incluso en lo político, el predominio de la ambición personal y la incapacidad de los dirigentes, provocó divisiones y enconos que desorientaron y confundieron a la opinión pública y que trastornaron el proceso democrático de la vida nacional. Sin duda, sería posible encontrar uno que otro acierto, algunos aspectos positivos en la vida general del país durante el año que finalizó. Pero el balance es, evidentemente, desfavorable para la comunidad en general, que estuvo desesperanzada y desamparada en sus necesidades, desatendida en sus aspiraciones y carente de estímulos y de adecuada orientación para el progreso material y para la superación cultural, cívica y moral.
Esperamos que esta experiencia tétrica del 2001 se convierta en alarma y sirva de propósito para no repetir los mismos desatinos, y poder así convertir el 2002 en un año que arroje un balance más positivo que el anterior.
La educación nacional reflejada en la Universidad de Panamá, fundamental para el presente y el futuro de la comunidad, estuvo repleta de conflictos, de incomprensiones y de estériles polémicas, por falta de encauzamiento y orientación, produciendo un lamentable retroceso, desconfianzas, inquietudes y resentimientos. En lo económico, los recursos del Estado fueron deficientemente administrados, lo que produjo, como consecuencia, un gravísimo déficit en el presupuesto nacional y un debilitamiento general de la economía, que provocó a su vez la restricción de las inversiones y disminuyó el desarrollo de las empresas productoras, o en varias ocasiones obligó el cierre de otras.
Se produjo también un caudaloso crecimiento en la delincuencia y un grave descenso en la moral pública. La vida, honra y bienes de los asociados estuvieron constantemente en peligro. Los servicios de salud pública y asistencia social necesitaron, con más urgencia que nunca, el auxilio de la iniciativa privada.
El prestigio de las instituciones oficiales y el respeto a la ley se deterioraron apreciablemente, a lo que contribuyeron la falta de orden y de austeridad en ciertos sectores de la administración pública. Incluso en lo político, el predominio de la ambición personal y la incapacidad de los dirigentes, provocó divisiones y enconos que desorientaron y confundieron a la opinión pública y que trastornaron el proceso democrático de la vida nacional. Sin duda, sería posible encontrar uno que otro acierto, algunos aspectos positivos en la vida general del país durante el año que finalizó. Pero el balance es, evidentemente, desfavorable para la comunidad en general, que estuvo desesperanzada y desamparada en sus necesidades, desatendida en sus aspiraciones y carente de estímulos y de adecuada orientación para el progreso material y para la superación cultural, cívica y moral.
Esperamos que esta experiencia tétrica del 2001 se convierta en alarma y sirva de propósito para no repetir los mismos desatinos, y poder así convertir el 2002 en un año que arroje un balance más positivo que el anterior.