Balance y perspectivas
Ocurrió lo predecible: el gobierno del PRD recibió el voto castigo por 5 años de políticas neoliberales en que los sectores laborales perdieron sus más preciadas conquistas, sin que disminuyera significativamente el desempleo y la pobreza. El PRD perdió el voto de obreros, educadores y productores del interior, afectados por las medidas tomadas en este período. Incluso le retiraron su apoyo algunos sectores nacionalistas que lo vieron coquetear con la posible renegociación de bases militares (CMA).
La mayoría de ellos canalizaron su descontento apoyando a Mireya Moscoso, con la esperanza de lograr un cambio de rumbo en la política económica. Sin embargo, no parece que se vaya a producir una rectificación radical en el sentido que los sectores populares quisieran. Mario Galindo, asesor económico de la presidente electa, ha hablado de dejar sin efecto algunas medidas del actual gobierno, pero sólo ha señalado dos: aranceles agropecuarios y "nueva dinámica" en el pago de la deuda externa.
Mireya Moscoso ha exhortado a los gremios magisteriales a proponer nombres para Ministro de Educación, pero no ha hablado de restituir las jubilaciones especiales. Tampoco ha pensado restituir el Código de Trabajo a 1995, ni renacionalizar el INTEL e IRHE, ni de aumentar los salarios para compensar la carestía. Moscoso se comprometió a no privatizar el IDAAN, pero no dijo si esto incluye la "concesión administrativa".
Respecto al Seguro Social dijo que no lo privatizará, entendiendo por ello sus servicios de salud, pero dijo una frase esotérica respecto a mejorar sus activos financieros. En el lenguaje neoliberal esto significa sacar los fondos del Banco Nacional para pasarlos al sector privado. Alegar que el gobierno anterior ya comprometió al país en acuerdos con el Banco Mundial, será la excusa perfecta para continuar con el plan.
Pero el gobierno electo se sabe más débil que el actual, pese al respaldo electoral, por eso se aferra a la idea de un "gobierno de unidad nacional". No sólo porque el PRD controla el Legislativo, sino también por su influencia en algunos dirigentes sindicales. El caudal electoral del arnulfismo, pese a su masividad, es inorgánico. Baste recordar cómo Endara fracasó en su intento por privatizar el INTEL, mientras que Pérez B., logró la colaboración activa de SITINTEL.
Parece que la cúpula del PRD quiere seguir el idilio de la "cohabitación" política con el arnulfismo. Si hoy se niegan a participar de algunos ministerios no es porque pretendan desestabilizar al futuro gobierno, sino porque quieren guardarse para el 2,004. Después de todo, ya no quedan diferencias doctrinales entre ellos, la globalización las ha borrado. Pero hay algunos nubarrones en el horizonte que podrían acabar la luna de miel. Uno sería que estallen luchas contra nuevas medidas económicas (despidos en el sector público por ejemplo), otra el intento de renegociar bases militares, especialmente, si algunos senadores norteamericanos, con apoyo en Panamá, deciden presionar levantando acusaciones de corrupción hacia conspicuos dirigentes del gobierno saliente. No está descartado que sectores de la nueva alianza gobernante agiten estas denuncias en un intento por debilitar la influencia política y económica de Pérez Balladares.
Si esta crisis llegara a estallar, ambos contendientes tendrían algunas cartas que jugar que podrían llevarnos, en caso extremo, por dos caminos distintos. El de Venezuela, donde Chávez aprovechando su respaldo popular para debilitar la mayoría opositora en el Legislativo convoca una Constituyente paralela, a lo que aquí se le puede añadir la eliminación de las partidas circuitales. La otra opción podría ser como en Ecuador, donde el Legislativo apoyado en un pueblo descontento, sacó al presidente electo.
El movimiento popular no puede esperar mucho ni del próximo gobierno, ni de la crisis interna del PRD. No habrán cambios bruscos como algunos creen. Así como el PRD intenta por la derecha, reorganizarse con un nuevo proyecto político en espera de capitalizar la previsible crisis de estos dos contendores, el movimiento popular tiene la oportunidad ahora de organizar una alternativa política a la izquierda, que le permita pasar a ser un actor principal, y no convidado de piedra, de los acontecimientos futuros.
La mayoría de ellos canalizaron su descontento apoyando a Mireya Moscoso, con la esperanza de lograr un cambio de rumbo en la política económica. Sin embargo, no parece que se vaya a producir una rectificación radical en el sentido que los sectores populares quisieran. Mario Galindo, asesor económico de la presidente electa, ha hablado de dejar sin efecto algunas medidas del actual gobierno, pero sólo ha señalado dos: aranceles agropecuarios y "nueva dinámica" en el pago de la deuda externa.
Mireya Moscoso ha exhortado a los gremios magisteriales a proponer nombres para Ministro de Educación, pero no ha hablado de restituir las jubilaciones especiales. Tampoco ha pensado restituir el Código de Trabajo a 1995, ni renacionalizar el INTEL e IRHE, ni de aumentar los salarios para compensar la carestía. Moscoso se comprometió a no privatizar el IDAAN, pero no dijo si esto incluye la "concesión administrativa".
Respecto al Seguro Social dijo que no lo privatizará, entendiendo por ello sus servicios de salud, pero dijo una frase esotérica respecto a mejorar sus activos financieros. En el lenguaje neoliberal esto significa sacar los fondos del Banco Nacional para pasarlos al sector privado. Alegar que el gobierno anterior ya comprometió al país en acuerdos con el Banco Mundial, será la excusa perfecta para continuar con el plan.
Pero el gobierno electo se sabe más débil que el actual, pese al respaldo electoral, por eso se aferra a la idea de un "gobierno de unidad nacional". No sólo porque el PRD controla el Legislativo, sino también por su influencia en algunos dirigentes sindicales. El caudal electoral del arnulfismo, pese a su masividad, es inorgánico. Baste recordar cómo Endara fracasó en su intento por privatizar el INTEL, mientras que Pérez B., logró la colaboración activa de SITINTEL.
Parece que la cúpula del PRD quiere seguir el idilio de la "cohabitación" política con el arnulfismo. Si hoy se niegan a participar de algunos ministerios no es porque pretendan desestabilizar al futuro gobierno, sino porque quieren guardarse para el 2,004. Después de todo, ya no quedan diferencias doctrinales entre ellos, la globalización las ha borrado. Pero hay algunos nubarrones en el horizonte que podrían acabar la luna de miel. Uno sería que estallen luchas contra nuevas medidas económicas (despidos en el sector público por ejemplo), otra el intento de renegociar bases militares, especialmente, si algunos senadores norteamericanos, con apoyo en Panamá, deciden presionar levantando acusaciones de corrupción hacia conspicuos dirigentes del gobierno saliente. No está descartado que sectores de la nueva alianza gobernante agiten estas denuncias en un intento por debilitar la influencia política y económica de Pérez Balladares.
Si esta crisis llegara a estallar, ambos contendientes tendrían algunas cartas que jugar que podrían llevarnos, en caso extremo, por dos caminos distintos. El de Venezuela, donde Chávez aprovechando su respaldo popular para debilitar la mayoría opositora en el Legislativo convoca una Constituyente paralela, a lo que aquí se le puede añadir la eliminación de las partidas circuitales. La otra opción podría ser como en Ecuador, donde el Legislativo apoyado en un pueblo descontento, sacó al presidente electo.
El movimiento popular no puede esperar mucho ni del próximo gobierno, ni de la crisis interna del PRD. No habrán cambios bruscos como algunos creen. Así como el PRD intenta por la derecha, reorganizarse con un nuevo proyecto político en espera de capitalizar la previsible crisis de estos dos contendores, el movimiento popular tiene la oportunidad ahora de organizar una alternativa política a la izquierda, que le permita pasar a ser un actor principal, y no convidado de piedra, de los acontecimientos futuros.