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Balbina, Martinelli y nosotros


Martinelli recibe índices de simpatía superiores al 50%. Y Balbina se ha mantenido por el momento sobre el 30%. Cada uno de estos marcadores indica fuerzas de apoyo muy diferentes entre sí.

Balbina se presenta como una política con experiencia. El apoyo que recibe proviene de una estructura partidista organizada. Su oferta electoral defiende la continuidad institucional.

Por otra parte, el apoyo que recibe Martinelli tiene otro carácter. En primer lugar, él expresa con crispada precisión todas las intensas emociones populares que quieren un cambio drástico anti-institucional. Y, en segundo lugar, su éxito en las encuestas está determinado por una conciencia popular mayoritaria que rechaza al gobierno, al político y a los partidos. El prospera en un universo emocional de grandes mayorías, que sufren el estremecimiento de la desesperanza institucional.

Pero estas emociones electorales que convergen sobre ambos candidatos refuerzan también estados de indeterminación que pueden hacer fluctuar significativamente los niveles de votación y de abstención. La gente que no votará rechazará implícitamente a ambos candidatos. Por lo que cualquier aumento de la abstención congelaría o disminuiría los topes de aceptación mostrados por ambos candidatos.

El discurso de Balbina es deliberadamente contrario a las emociones populares mayoritarias, y firmemente anclado a una plataforma política partidista saturada de planes y promesas, sabiendo ella que la mayoría de la población ya no cree en promesas ni planes. Conclusión, Balbina se aferra al apoyo de una minoría electoral y al tope de consenso que ya alcanzó.

Creo que cada candidato se ha anclado a sus marcas porcentuales terminales. Es decir, la opinión pública no se va a mover desde el poderoso estado emocional que aspira al cambio representado por Ricardo Martinelli hacia un improbable aumento de la preferencia por la continuidad institucional que defiende Balbina Herrera.

Aún así, dado el dramatismo de los escándalos en curso, es probable que los marcadores favorables a ambos candidatos disminuyan y el número de abstenciones aumente. Una tendencia ésta que expresaría también un rechazo grave al proceso electoral y que mostraría, además, un alejamiento popular aún más distante de nuestra desestimada institucionalidad y de nuestros maltratados sistemas administrativos.

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