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Banano: el arte de negociar


Las huelgas son el último recurso, la vía extrema para intentar resolver un conflicto. Cuando no se ve la luz en el túnel y el callejón no tiene salida, viene el paro, la respuesta de la fuerza, que ahoga toda perspectiva de solución. Se apela a esta decisión, cuando ya la mesa de negociación agotó toda esperanza de llegar a algún acuerdo viable, aceptable para ambas partes. Es el minuto en que la razón cede un amplio espacio al sentimiento, la frustración e impotencia, elementos propios de la paralización y desencadenantes de todo impasse.
La huelga, campo de batalla donde difícilmente habrá un ganador, sobre todo, cuando las partes están extenuadas, existe desconfianza, recelo, resentimiento, porque de un conflicto de esa naturaleza, sólo se obtendrán pérdidas, a veces irreparables, otras, aleccionadoras, casi siempre negativas y evitables.
Un Estado capaz, eficaz, con liderazgo, es aquel que debe ser intermediario, promotor de acuerdos, de soluciones y que sabe negociar con conocimiento y autoridad. Una gerencia moderna, inteligente, eficaz, futurista, es aquella que mantiene siempre vivo el diálogo, la concertación de políticas, la que combina con rigor la producción, calidad y no abandona el aspecto social de la gente que rinde los frutos del trabajo. Una dirigencia sindical hábil, responsable, exitosa, es aquella que demanda por sus intereses, pero que no corta la cuerda antes de tiempo, la soga que le sostiene para subir a la cima de la montaña y recoger los frutos de su esfuerzo, sacrificio y esperanza. Esa dirigencia experimentada, está comprometida con su patrimonio laboral, con el destino de sus miembros -los trabajadores- con el futuro económico de sus gentes y para cumplir con esos objetivos, se traza una agenda posible, real, documentada e informa de manera sistemática a las bases, a la opinión pública, del escenario, los desafíos que vive el sector y sus soluciones.
La base de una solución de todo conflicto es la comunicación directa, fluida, informada, documentada, abierta en diálogo permanente, creativa, sin prejuicios de ninguna naturaleza, que promueva confianza, crecimiento, oportunidades, que redunde en beneficios compartidos, sin ventajas odiosas para nadie, sin ganancias pírricas o subalternas, momentáneas, pasajeras.
Todo pasa en el Istmo, tránsito de sus mercancías y gentes, nada pareciera echar raíces, condición inexorable de su naturaleza y posición geográfica, casi un destino. La vida es un crucero. Todo pasa, menos el Canal y la actividad bananera.
Si bien el Canal interoceánico nace con las entrañas de la república mediatizada, la agroindustria bananera es previa a la unión de los océanos y continentes a través de las esclusas de la vía acuática, ya que se remonta hace más de un largo siglo. La agroindustria bananera, que se abrió paso por la historia y la selva panameña, se inició en 1866, con las primeras exportaciones desde Aspinwall, hoy Colón, pero es en la década de 1880-90, cuando se consolidan en el Atlántico, Bocas del Toro y posteriormente, en la provincia del Chiriquí, en el sector Pacífico.
No hay una negociación con cierto por ciento de ganancias para uno y otro lado, sería una macabra ilusión creer en semejantes resultados, pero si cuando existe una aproximación eficaz, analítica, serena, se obtienen resultados aceptables para ambas partes.
La venta de ilusiones previa a una negociación o durante su desarrollo, como crear un clima de terror, de nudo ciego, de estampida de búfalos en un casino, de atmósfera apocalíptica, de ruptura, abandono, es tan perversa como persistir en si yo gano ganan los demás.
Ganar, ganar, ganar es el lema, eslogan, el juego, la filosofía, toda una tradición, razón de ser, el gran motivo de estar en un negocio de las grandes empresas y de los consorcios o empresas miopes, que nos vislumbran el futuro de una verdadera empresa con futuro, cuya intangibilidad suele ser la magia de una relación verdadera, productiva y eficaz.
No es malo mentalizarse para ganar -los libritos de auto ayuda han inundado la parte débil del cerebro con esa filosofía simplista- de ninguna manera es negativo obtener ingresos por un esfuerzo, una inversión, es lo correcto, lo que está implícito en todo negocio, su "leit motiv", como me dijera una dulce empresaria. Lo que es inviable a todas luces, para hoy y mañana, es pretender siempre obtener la parte del león a través de una negociación amañada o por medio de una estrategia o postura que impida allanar una solución verdadera y duradera en la mesa negociadora.
Las huelgas y las negociaciones legendarias en Panamá, se han dado en el sector bananero de Puerto Armuelles. Hay historia, tradición obrera, un cierto sentido de clase, de pertenencia, organización, búsqueda de mejores días para el trabajador, porque la felicidad no tiene apellido, ni reconoce fronteras o geografía ignotas.
No es fácil evaluar un conflicto laboral, sus consecuencias, porque sus motivaciones a veces superan todo resultado y se recurre al paro como una instancia inevitable, de fuerza mayor, una especie de solución final. La paralización de una o varias fincas bananeras, causa severos daños a la plantación, que debe marchar como un reloj, ya que toda labor es indispensable para su buen mantenimiento, desarrollo y obtención de una fruta de alta calidad.
El mercado exige del banano una excelencia, ni más, ni menos, porque el control antes de abandonar nuestras fronteras, es severo, riguroso, implacable. El Estado debe garantizar unas condiciones mínimas al trabajador y al productor nacional, y establecer reglas del juego claras al capital extranjero para hacer rentable y atractiva la operación bananera, sin olvidar que se trata de una actividad económica irremplazable por ser un producto de exportación que genera una extraordinaria empleomanía permanente, un alto valor agregado en las provincias estratégicas de Bocas del Toro y Chiriquí, divisas al país, y Panamá posee, además, condiciones especiales para su cultivo.
Es la hora para trazar una política bananera nacional con participación de todos los actores, de definir unas pautas mínimas para participar de manera competitiva en el exigente mercado bananero internacional, y que los productores nacionales puedan también vender a precios aceptables, rentables, su fruta a las comercializadoras transnacionales, como una manera de garantizar el empleo y los ingresos en las regiones productoras, tan deprimidas en estos momentos.
La luz debe llegar al túnel bananero, a través de la negociación, del liderazgo de los productores nacionales, en coordinación con el Estado panameño, y en comunicación permanente con los trabajadores y las comercializadoras, para recuperar las exportaciones y el sitial de Panamá en los mercados del mundo.

101 años de Panamá América

 
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