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Barbarie en México


En la República mexicana se está experimentando una "involución cultural" dramática (una de las acepciones aceptadas de barbarie) , por la "fiereza y crueldad" (otra de las acepciones de barbarie), con que el gobierno en turno ha tratado de resolver, una y otra vez los problemas sociales.
Hoy es Oaxaca, pero ayer (4 de mayo) fue Atenco, estado de México y antes en Michoacán, contra los obreros de la siderúrgica Lázaro Cárdenas. Hoy la represión abierta se ejerce contra el pueblo sureño de Oaxaca, de poco más de 95 mil kms. cuadrados, y 3.5 millones de habitantes, caracterizada por su pluralidad étnica y riqueza cultural; pero también por su gran pobreza, pese a sus grandes recursos; ostentando el mayor grado de analfabetismo del país con el 25%. Cuna del Benemérito de las Américas, Benito Juárez, cuyo apotegma, de manera paradójica, no se ha podido cumplir en su propia tierra, ya que Oaxaca confronta una explotación inmisericorde de sus trabajadores, amparado en un sistema caciquil de vieja raigambre priista, quienes han establecido un clima de terror y persecución, para quienes osan oponerse al estado de cosas prevaleciente.
El gobernador Ulises Ruiz, cuya ascensión al poder tuvo tintes fraudulentos e impugnado por el (PAN) partido en el poder federal , y con el cual por motivos de estrategia política nacional, le ha apoyado de manera incondicional; al punto, de que se ha hecho caso omiso, de los llamados del pueblo de Oaxaca, de múltiples organizaciones sociales nacionales e internacionales, cartas expresas de premios Nobel, de que no se acudiera a la represión, máxime el conocimiento generalizado del nepotismo y actitud criminal del gobernador y que por ello el clamor generalizado era su salida como elemento básico de negociación. Se acudió al expediente de la violencia estatal, traicionando a las negociaciones que mantenía formalmente con la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO), como señala el editorial (30 de octubre de 2006) del periódico La Jornada, de México: "El saldo provisional de la incursión represiva lanzada ayer contra el pueblo oaxaqueño, decidida con toda precipitación luego de que los cuerpos estatales y municipales de seguridad, convertidos en escuadrones de la muerte, asesinaron, el viernes, a cuatro personas e hirieron a otras 23. El poder federal no actuó para desarmar y detener a los homicidas, sino para ensañarse con sus víctimas y para reinstalar en el poder a una autoridad repudiada e impopular como no la había habido en mucho tiempo en el país. Horas antes del operativo, la Secretaría de Gobernación cortó las líneas de comunicación con los representantes de la organización popular con la cual mantenía tratativas. La actitud obliga a recordar el 9 de febrero de 1995, cuando el gobierno de Ernesto Zedillo, sin interrumpir los contactos que mantenía con la dirigencia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, intentó capturarla por sorpresa y a traición".
El Sr. Abascal, secretario de Gobernación, declaraba en tono festivo el "saldo blanco" después de la intervención, aún no culminada, con base en el reporte de sus subordinados; en tanto, nos indica el medio de comunicación anteriormente destacado: "mientras los medios reproducían las fotos de uno de los muertos en la incursión represiva, Jorge Alberto López, quien recibió en el pecho el impacto de una cápsula de gas lacrimógeno, lanzada por los efectivos de la Policía Federal Preventiva".
El "método muy cuidadoso para no herir, para no lastimar" de los contingentes policiales dejaba un saldo de varios y decenas de heridos. Más de 50 presos. La movilización policial mostró sus verdaderos propósitos -aplastar el movimiento que pide la salida de Ulises Ruiz del gobierno estatal- con la detención de unos 60 presuntos integrantes de la APPO, hacinados en dos camiones de volteo y trasladados a un campamento militar y el cateo de medio centenar de domicilios.
Y el pretexto para la incursión "ambas partes se estaban matando recíprocamente", dijo Abascal, cae por su propio peso, porque la violencia del Estado se ha dirigido de manera inequívoca contra el movimiento popular y en ningún caso contra los responsables de todas las muertes, cerca de una veintena, ocurridas hasta ahora en la convulsionada entidad.
El pueblo de Oxaca está en lucha, confronta una feroz represión y requiere para enfrentarla de toda la solidaridad posible.
Un morador contó a este diario que un sargento jubilado de la Policía Nacional perdió la vida cuando cruzaba la calle para comprar unos cigarrillos.
Igualmente una adolescente de 16 años fue atropellada mientras se dirigía al colegio a dar clases. Cruzar la calle fue su boleto a la muerte.

101 años de Panamá América

 
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