Bartolomé de las Casas en los altares (II)
Entre 1550 y 1551 se reunieron en dos sesiones los jueces de las Juntas de Valladolid para escuchar los argumentos de Sepúlveda y Las Casas. Las sesiones fueron largas, seguramente prolijas, innegablemente tediosas, en medio de la canícula de agosto. Solicitaron los jueces a Domingo Soto que efectuara una "summa" de cada exposición, sin el aparato erudito abrumador que congestionaba su exposición oral. La "summa" de Sepúlveda se expresó en cuatro razones: 1) por la gravedad de los pecados que habían cometido los indios, especialmente la idolatría y los pecados contra naturaleza; 2) a causa de su rudeza natural, que los obligaba a servir a personas de naturaleza más refinada como los españoles: 3) con objeto de extender la fe, lo que se efectuaría con más rapidez mediante el sometimiento previo de los naturales; 4) para proteger al débil entre los mismos indígenas.
Las cuatro razones enumeradas ante los teólogos y juristas de la Junta de Valladolid forman el esqueleto del "Tratado sobre las causas justas de la guerra contra los indios", escrito a la manera de un diálogo socrático o escolástico, como una disputa imaginaria entre Leopoldo (supuestamente, un amigo alemán de Sepúlveda) y Demócrates, alter ego del humanista. Las Casas maniobró como un diplomático florentino para que el tratado fuera prohibido y no se publicara, no obstante que sustentaba, con inequívoco fulgor humanístico, los móviles de la conquista desde la perspectiva adicta a la Corona española. Fue, probablemente, la obra inédita más popular de la literatura política. Dos manuscritos guardaban su virginidad hasta el siglo pasado. Recién en 1941, el Fondo de Cultura Económica de México imprimió la primera edición en español del alegato jurídico y teológico de la corriente oficial de la conquista.
Ubicado en el contexto europeo del siglo XVI, el tratado es más próximo a "El Príncipe", de Maquiavelo que al Manual del Caballero Cristiano, de Erasmo. Es importante destacar este aspecto porque no existe en España literatura política maquiavelista que se conozca, excepto el Tratado de Sepúlveda. La atmósfera italianizante en que se movió el jurista español en el círculo de Pomponazzi en Roma movilizó indudablemente su receptividad a las ideas de Maquiavelo. Maquiavelo, más Aristóteles, más expansionismo imperial en el Nuevo Mundo, se combinan para formar el producto ideológico Sepúlveda. El florentino aporta históricamente los argumentos justificatorios de la guerra despojada de móviles religiosos; su pensamiento es primordialmente laico, renacentista, vale decir moderno respecto de la gran controversia medieval sobre el poder. Sepúlveda recoge la dialéctica de la guerra y la colorea con los tenues matices humanitarios de la evangelización; por ello es antiguo en la medida que gira en la escolástica medieval, pero a la vez es moderno, porque su teoría del imperialismo le otorga coherencia a las sofísticas razones de la superioridad racial, cultural, religiosa, para sojuzgar al regnícola ultramarino. Hay que tener presente que Maquiavelo distinguió en Fernando el Católico una dialéctica de la dominación interna como primera parte de un proyecto político que rematan Carlos V y Felipe II, Césares paradigmáticos de la textualidad maquiavelista. Sepúlveda rehabilita el legado ideológico de Maquiavelo y lo embadurna con citas evangélicas fuera de contexto y de interpretación distorsionada. Maquiavelo prescinde las teorías de la divinidad para fundamentar la conservación del poder; Sepúlveda, más maquiavélico que Maquiavelo, manipula la textualidad bíblica para arribar a sus conclusiones, dado que el fin (la dominación imperial) justifica los medios. Así, por ejemplo, razones en el Tratado: "...hay que recordar un principio que es el fundamento de la presente cuestión y de otras muchas: todos lo que se hace por derecho o ley natural, se puede hacer también por derecho divino y ley evangélica; porque cuando Cristo nos manda en el Evangelio no resistir el malo, y que si alguien nos hiere en una mejilla presentemos la otra, y que si alguien nos quiere quitar la túnica, entreguemos la túnica y el manto, no hemos de creer que con esto quiso abolir la ley natural porque la que nos es lícito resistir la fuerza dentro de los límites de la justa defensa, pues no siempre es necesario probar esa resignación evangélica de un modo exterior, sino que muchas veces hasta que el corazón esté preparado, como dice San Agustín, para hacer tal sacrificio cuando una razón de piedad lo exija. Y de esta interpretación tenemos por autor, no sólo a San Pablo cuando lo golpearon en el rostro por orden del Príncipe de los Sacerdotes, lejos de presentar la otra mejilla, llevó muy mal aquella injuria y reprendió a su autor con graves palabras: "Dios te abofeteará pared blanqueada (esto es, como San Agustín expone, hipócrita), tú estás en el tribunal para juzgarme según ley, y contra ley mandas abofetearme. Cristo, abofeteado del mismo modo, tampoco presentó la otra mejilla, sino que para que el agresor no extremase la injuria, le reprendió con graves razones..."
En el debate de Valladolid, Sepúlveda, al comentar el capítulo XIV de San Lucas: "Ve por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar para que se llene mi casa", sostuvo, comenta Lewis Hanke, "que este mandato justifica la guerra contra los indios con objeto de traerlos al redil cristiano. Las Casas sostenía que las palabras de San Lucas "fuérzalos a entrar" tienen dos sentidos. Si se refería a los gentiles, el pasaje no significaba coacción externa por medio de la guerra, sino coacción interna por inspiración de Dios y mediante el ministerio de los Angeles".
Las Casas descubre el trasfondo maquiavelista de la tesis de Sepúlveda cuando lo rebate, expresando: "El doctor trastrueca el orden natural de las cosas haciendo de los medios el fin, y de lo que es accesorio, principal. Quien esto ignora poco sabe, y quien niega tan cristiano es como lo era Mahoma".
Las cuatro razones enumeradas ante los teólogos y juristas de la Junta de Valladolid forman el esqueleto del "Tratado sobre las causas justas de la guerra contra los indios", escrito a la manera de un diálogo socrático o escolástico, como una disputa imaginaria entre Leopoldo (supuestamente, un amigo alemán de Sepúlveda) y Demócrates, alter ego del humanista. Las Casas maniobró como un diplomático florentino para que el tratado fuera prohibido y no se publicara, no obstante que sustentaba, con inequívoco fulgor humanístico, los móviles de la conquista desde la perspectiva adicta a la Corona española. Fue, probablemente, la obra inédita más popular de la literatura política. Dos manuscritos guardaban su virginidad hasta el siglo pasado. Recién en 1941, el Fondo de Cultura Económica de México imprimió la primera edición en español del alegato jurídico y teológico de la corriente oficial de la conquista.
Ubicado en el contexto europeo del siglo XVI, el tratado es más próximo a "El Príncipe", de Maquiavelo que al Manual del Caballero Cristiano, de Erasmo. Es importante destacar este aspecto porque no existe en España literatura política maquiavelista que se conozca, excepto el Tratado de Sepúlveda. La atmósfera italianizante en que se movió el jurista español en el círculo de Pomponazzi en Roma movilizó indudablemente su receptividad a las ideas de Maquiavelo. Maquiavelo, más Aristóteles, más expansionismo imperial en el Nuevo Mundo, se combinan para formar el producto ideológico Sepúlveda. El florentino aporta históricamente los argumentos justificatorios de la guerra despojada de móviles religiosos; su pensamiento es primordialmente laico, renacentista, vale decir moderno respecto de la gran controversia medieval sobre el poder. Sepúlveda recoge la dialéctica de la guerra y la colorea con los tenues matices humanitarios de la evangelización; por ello es antiguo en la medida que gira en la escolástica medieval, pero a la vez es moderno, porque su teoría del imperialismo le otorga coherencia a las sofísticas razones de la superioridad racial, cultural, religiosa, para sojuzgar al regnícola ultramarino. Hay que tener presente que Maquiavelo distinguió en Fernando el Católico una dialéctica de la dominación interna como primera parte de un proyecto político que rematan Carlos V y Felipe II, Césares paradigmáticos de la textualidad maquiavelista. Sepúlveda rehabilita el legado ideológico de Maquiavelo y lo embadurna con citas evangélicas fuera de contexto y de interpretación distorsionada. Maquiavelo prescinde las teorías de la divinidad para fundamentar la conservación del poder; Sepúlveda, más maquiavélico que Maquiavelo, manipula la textualidad bíblica para arribar a sus conclusiones, dado que el fin (la dominación imperial) justifica los medios. Así, por ejemplo, razones en el Tratado: "...hay que recordar un principio que es el fundamento de la presente cuestión y de otras muchas: todos lo que se hace por derecho o ley natural, se puede hacer también por derecho divino y ley evangélica; porque cuando Cristo nos manda en el Evangelio no resistir el malo, y que si alguien nos hiere en una mejilla presentemos la otra, y que si alguien nos quiere quitar la túnica, entreguemos la túnica y el manto, no hemos de creer que con esto quiso abolir la ley natural porque la que nos es lícito resistir la fuerza dentro de los límites de la justa defensa, pues no siempre es necesario probar esa resignación evangélica de un modo exterior, sino que muchas veces hasta que el corazón esté preparado, como dice San Agustín, para hacer tal sacrificio cuando una razón de piedad lo exija. Y de esta interpretación tenemos por autor, no sólo a San Pablo cuando lo golpearon en el rostro por orden del Príncipe de los Sacerdotes, lejos de presentar la otra mejilla, llevó muy mal aquella injuria y reprendió a su autor con graves palabras: "Dios te abofeteará pared blanqueada (esto es, como San Agustín expone, hipócrita), tú estás en el tribunal para juzgarme según ley, y contra ley mandas abofetearme. Cristo, abofeteado del mismo modo, tampoco presentó la otra mejilla, sino que para que el agresor no extremase la injuria, le reprendió con graves razones..."
En el debate de Valladolid, Sepúlveda, al comentar el capítulo XIV de San Lucas: "Ve por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar para que se llene mi casa", sostuvo, comenta Lewis Hanke, "que este mandato justifica la guerra contra los indios con objeto de traerlos al redil cristiano. Las Casas sostenía que las palabras de San Lucas "fuérzalos a entrar" tienen dos sentidos. Si se refería a los gentiles, el pasaje no significaba coacción externa por medio de la guerra, sino coacción interna por inspiración de Dios y mediante el ministerio de los Angeles".
Las Casas descubre el trasfondo maquiavelista de la tesis de Sepúlveda cuando lo rebate, expresando: "El doctor trastrueca el orden natural de las cosas haciendo de los medios el fin, y de lo que es accesorio, principal. Quien esto ignora poco sabe, y quien niega tan cristiano es como lo era Mahoma".