Bien...¡pero con cuidado Monseñor!
Monseñor José Dimas Cedeño, como panameño y pastor de la confesión religiosa de la mayoría de este pueblo, tiene que vivir angustiado. Angustiado porque su feligresía y las de otras confesiones religiosas, feligreses todos mayoritariamente pobres materiales, pobres intelectuales y pobres de espíritu (tal vez la peor de las pobrezas), no parecen encontrar caminos por dónde adquirir y desarrollar vidas dignas, porque por acción y omisión de diferentes dirigentes se atenta contra esa oportunidad de generar el bien común, de ser arquitectos de la convivencia organizada, que nos lleve al bienestar de la mayoría. La brecha, entre los que pueden vivir con dignidad y los que languidecen en las diferentes clases de pobreza, se agiganta.
Los indicadores sociales son una clarinada que el futuro, que podría ser promisorio, por la riqueza natural y la posición geográfica, que deben ser catapultas para ese desarrollo anhelado, se presenta en penumbra. Las fallas de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, la pésima distribución de la riqueza, el desempleo, la violencia, la baja auto estima, el alcoholismo y la adicción o consumo de todo tipo de drogas, la disfunción familiar, las enfermedades emergentes y las reemergentes, el déficit habitacional, el desfase educativo la cacareada corrupción por la quiebra de valores, deben angustiarnos a todos.
José Rosas, presidente del MOLIRENA, en confesión de parte acude, a través de carta, a Monseñor Cedeño, para que éste intervenga un poco más allá del ámbito religioso y aporte en el escenario de la búsqueda del bien común, es decir en política, no la deformada política partidista de la toma del poder, sino en esa superior política que interactúa buscando el bien común. Digo a confesión de parte, confesión de incapacidad, porque los políticos en los estados laicos, como el nuestro, son los responsables de esa búsqueda, pero cuando hay crisis, todos deben participar, incluyendo a los pastores religiosos, para reorientar al pueblo.
Monseñor recoge el guante y se lo planta diciendo que el momento es oportuno para promover un acuerdo nacional, en el marco de la celebración del primer centenario de la República y pide más, pide autorización, logrado ese acuerdo, para impartir sanción moral a los que lo incumplan.
Nuestro reconocimiento a Monseñor Cedeño por no dejar su rebaño a merced de los diferentes lobos que lo asechan, por eso decimos ¡buena esa Monseñor!, pero también decimos ¡cuidado Monseñor!, porque lidiar con los diferentes actores del drama nacional, muchos de ellos no bien intencionados, requiere mucho cuidado.
Como este no es un Estado religioso, aunque la católica es la religión mayoritaria, hay otras iglesias que, actuando como Consejo Ecuménico Nacional, pueden darle más fuerza al intento de Monseñor, es mi humilde consejo.
Ese gran acuerdo nacional en ciencias políticas es un reordenamiento de la vida política, social y económica de nuestra sociedad, lo cual se logra a través del instrumento Asamblea Nacional Constituyente, donde todos los estamentos de esta sociedad participen, comprometiéndose a reordenarse, en búsqueda del bien común. Ese proceso constituyente, cuyo colofón es una nueva constitución, da la fuerza y la coerción para que, si alguno de los actores se sale por la tangente, pueda ser sancionado, sin que lo tenga que hacer el Arzobispo, cuyo papel en la sociedad no puede verse entrampado en una especie de reedición de los jueces del Antiguo Testamento.
Hoy día, sin necesidad de acuerdo, la Conferencia Episcopal Panameña, con sus Cartas Pastorales pone el dedo en la llaga, pero no hace saltar la pus, porque generaliza en su denuncia, sin particularizar, no queriendo decir que tienen que dar nombres, pero sí señalar las acciones rayadas en la inmoralidad y la contravención de las leyes, como hacía Oscar Arnulfo Romero. Siendo las condiciones panameñas diferentes a las que obligaron a arriesgarse a ese pastor, las consecuencia en nuestro escenario no llevarían al martirologio a ningún pastor panameño y produciría con mayor facilidad el efecto deseado. El compromiso está planteado, estamos con usted, pero mucho cuidado Monseñor.
Los indicadores sociales son una clarinada que el futuro, que podría ser promisorio, por la riqueza natural y la posición geográfica, que deben ser catapultas para ese desarrollo anhelado, se presenta en penumbra. Las fallas de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, la pésima distribución de la riqueza, el desempleo, la violencia, la baja auto estima, el alcoholismo y la adicción o consumo de todo tipo de drogas, la disfunción familiar, las enfermedades emergentes y las reemergentes, el déficit habitacional, el desfase educativo la cacareada corrupción por la quiebra de valores, deben angustiarnos a todos.
José Rosas, presidente del MOLIRENA, en confesión de parte acude, a través de carta, a Monseñor Cedeño, para que éste intervenga un poco más allá del ámbito religioso y aporte en el escenario de la búsqueda del bien común, es decir en política, no la deformada política partidista de la toma del poder, sino en esa superior política que interactúa buscando el bien común. Digo a confesión de parte, confesión de incapacidad, porque los políticos en los estados laicos, como el nuestro, son los responsables de esa búsqueda, pero cuando hay crisis, todos deben participar, incluyendo a los pastores religiosos, para reorientar al pueblo.
Monseñor recoge el guante y se lo planta diciendo que el momento es oportuno para promover un acuerdo nacional, en el marco de la celebración del primer centenario de la República y pide más, pide autorización, logrado ese acuerdo, para impartir sanción moral a los que lo incumplan.
Nuestro reconocimiento a Monseñor Cedeño por no dejar su rebaño a merced de los diferentes lobos que lo asechan, por eso decimos ¡buena esa Monseñor!, pero también decimos ¡cuidado Monseñor!, porque lidiar con los diferentes actores del drama nacional, muchos de ellos no bien intencionados, requiere mucho cuidado.
Como este no es un Estado religioso, aunque la católica es la religión mayoritaria, hay otras iglesias que, actuando como Consejo Ecuménico Nacional, pueden darle más fuerza al intento de Monseñor, es mi humilde consejo.
Ese gran acuerdo nacional en ciencias políticas es un reordenamiento de la vida política, social y económica de nuestra sociedad, lo cual se logra a través del instrumento Asamblea Nacional Constituyente, donde todos los estamentos de esta sociedad participen, comprometiéndose a reordenarse, en búsqueda del bien común. Ese proceso constituyente, cuyo colofón es una nueva constitución, da la fuerza y la coerción para que, si alguno de los actores se sale por la tangente, pueda ser sancionado, sin que lo tenga que hacer el Arzobispo, cuyo papel en la sociedad no puede verse entrampado en una especie de reedición de los jueces del Antiguo Testamento.
Hoy día, sin necesidad de acuerdo, la Conferencia Episcopal Panameña, con sus Cartas Pastorales pone el dedo en la llaga, pero no hace saltar la pus, porque generaliza en su denuncia, sin particularizar, no queriendo decir que tienen que dar nombres, pero sí señalar las acciones rayadas en la inmoralidad y la contravención de las leyes, como hacía Oscar Arnulfo Romero. Siendo las condiciones panameñas diferentes a las que obligaron a arriesgarse a ese pastor, las consecuencia en nuestro escenario no llevarían al martirologio a ningún pastor panameño y produciría con mayor facilidad el efecto deseado. El compromiso está planteado, estamos con usted, pero mucho cuidado Monseñor.