Bill e Hilary Clinton, el epílogo
Una vez superada la crisis del caso Lewinsky, el presidente norteamericano Bill Clinton, en vez de derrumbarse como muchos frente a situaciones menos graves, puso mayor energía y entusiasmo en el desempeño de sus tareas presidenciales, al tiempo que hizo igual respecto a las naturales secuelas de sus problemas familiares.
En el frente presidencial, Clinton continuó su impresionante "surling" en la cresta de la ola, gracias a la pujanza de la economía estadounidense que registra la más larga cadena de crecimiento continuo en décadas, combinada con una generalizada sensación de bienestar general cimentada en altos salarios, bajo desempleo y precios reducidos. Hasta el presupuesto nacional registra su tercer año de superávit sin precedentes.
En lo político, no es muy distinto. Mientras trabaja tranquilamente en las últimas pinceladas a lo que le queda de mandato, parece presto a salirse con la suya en su proporción de asegurar a su partido cuatro años más de gobierno, tras ayudar decisivamente al candidato demócrata, el vicepresidente Al Gore, a empatar en las encuestas a su rival republicano George Bush hijo.
En lo internacional, sigue empeñado en los esfuerzos de pacificación en Irlanda y el Medio Oriente. Antes, hubo sofocado crisis menores en los Balcanes, Ecuador y Perú, Honduras y Nicaragua. Sólo le hace falta concretar un acuerdo de paz en cualquiera de los dos grandes conflictos creados. En cualquier caso, la impresión del norteamericano medio es de plena conciencia del liderazgo, poderío y primacía mundial de su país. Y es imposible no relacionarlo instintivamente con su presidente.
En lo familiar, Clinton ha sido al menos públicamente brillante. Dejó pasmada a la chismografía del planeta, cuando hace unos meses se hizo acompañar por su hija y su suegra a China. Concurre asimismo con su esposa Hillary a cuanto acto oficial lo amerite y a retiros familiares y de vacaciones. Cuando alguien audaz preguntó a ambos si habían reconstruido su relación, Clinton se adelantó sereno: "Es difícil, pero estamos trabajando duramente en ese propósito".
El miércoles pasado correspondió a la señora Clinton hacer un comentario certero, al aceptar su postulación como candidata a senadora por Nueva York, cuando dijo: "Yo no estaría aquí esta noche si no fuera por Bill, y por todo lo que ha hecho por mí. No puedo estar más orgullosa como norteamericana y neoyorkina, de tener un presidente que ha significado tanto para nuestro país". Hillary encabeza las encuestas sobre su rival republicano, el popular gobernador Rudolph Giuliani. No creemos sea menester más palabras.
En el frente presidencial, Clinton continuó su impresionante "surling" en la cresta de la ola, gracias a la pujanza de la economía estadounidense que registra la más larga cadena de crecimiento continuo en décadas, combinada con una generalizada sensación de bienestar general cimentada en altos salarios, bajo desempleo y precios reducidos. Hasta el presupuesto nacional registra su tercer año de superávit sin precedentes.
En lo político, no es muy distinto. Mientras trabaja tranquilamente en las últimas pinceladas a lo que le queda de mandato, parece presto a salirse con la suya en su proporción de asegurar a su partido cuatro años más de gobierno, tras ayudar decisivamente al candidato demócrata, el vicepresidente Al Gore, a empatar en las encuestas a su rival republicano George Bush hijo.
En lo internacional, sigue empeñado en los esfuerzos de pacificación en Irlanda y el Medio Oriente. Antes, hubo sofocado crisis menores en los Balcanes, Ecuador y Perú, Honduras y Nicaragua. Sólo le hace falta concretar un acuerdo de paz en cualquiera de los dos grandes conflictos creados. En cualquier caso, la impresión del norteamericano medio es de plena conciencia del liderazgo, poderío y primacía mundial de su país. Y es imposible no relacionarlo instintivamente con su presidente.
En lo familiar, Clinton ha sido al menos públicamente brillante. Dejó pasmada a la chismografía del planeta, cuando hace unos meses se hizo acompañar por su hija y su suegra a China. Concurre asimismo con su esposa Hillary a cuanto acto oficial lo amerite y a retiros familiares y de vacaciones. Cuando alguien audaz preguntó a ambos si habían reconstruido su relación, Clinton se adelantó sereno: "Es difícil, pero estamos trabajando duramente en ese propósito".
El miércoles pasado correspondió a la señora Clinton hacer un comentario certero, al aceptar su postulación como candidata a senadora por Nueva York, cuando dijo: "Yo no estaría aquí esta noche si no fuera por Bill, y por todo lo que ha hecho por mí. No puedo estar más orgullosa como norteamericana y neoyorkina, de tener un presidente que ha significado tanto para nuestro país". Hillary encabeza las encuestas sobre su rival republicano, el popular gobernador Rudolph Giuliani. No creemos sea menester más palabras.