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Biopolítica y sociedad


En Panamá funcionan al mismo tiempo cinco sistemas sanitarios. Un sistema de atención privada abierto a todos los médicos idóneos. Un sistema estatal. Un sistema semiautónomo de Seguro Social. Un sistema mixto (MINSA-SS) en el interior del país y un sistema experimental ya fracasado, el del Hospital San Miguel Arcángel.

El Estado ha venido modificando ciertas normas pero ningún gobierno ha tenido el coraje de terminar con esta anarquía donde se pierde eficiencia, dinero y recursos humanos valiosos por la simple razón del caos burocrático, la discapacidad administrativa y porque las políticas sanitarias que deben ser manejadas por especialistas, tradicionalmente han estado en manos de políticos dedicados a hacer política partidaria con la salud de la población.

Algunos expertos y muchos que no lo son, han opinado sobre lo que se debe hacer. Pero el problema está en que cada ciego ve al elefante según la parte que cada uno le toca. Yo voy a opinar sobre lo que No debemos hacer.

No debemos aceptar el statu quo: actuemos ya. No debemos querer inventar la pólvora. En Salud la experiencia es experticia. No debemos caer en el juego de los diagnósticos, porque en esta anarquía sanitaria existen más diagnósticos que enfermedades y el sistema hace rato que está muerto. Hay que adoptar un plan sin exclusiones. No debemos caer en la tentación de reparar el Frankestein que tenemos y menos aún hacerlo con personal No idóneo. El objetivo No es la próxima elección. La solución No está en una sola persona sabelotodo, sino en un equipo multidisciplinario idóneo y responsable, accesible a la opinión pública. No se debe planificar en conciliábulos paralelos. Mantener a la población informada diariamente es crucial para que el sistema No sea mal comprendido, Ni rechazado. No debe ser impuesto. La Salud Pública es una carrera de relevos. No es cuestión de cumplir etapas para luego descansar sobre laureles.

En la actualidad la biología y en especial la medicina, son temas sometidos a interpretaciones filosóficas novedosas de políticos, economistas y religiosos. Ya no es la muerte el objeto a tratar, sino los problemas que ocasiona lo que se ha dado en llamar: Exceso de vida. Así, la teoría predominante está un paso más allá del ser vivo y su experiencia vital. Ni la vida, ni la muerte, concebidos como extremos de un ciclo, son propiedad del Estado, ni de la industria, ni de las corporaciones, ni de la medicina y mucho menos de nosotros los médicos. Vida y muerte no pueden reducirse a una moda del pensamiento, a una corriente científica, a una creencia religiosa, a una estadística económica o a una ley del Estado. Es lo único que compartimos con todas las especies.

La vida es pues, una cualidad inmanente y como tal debe ser respetada, evitando hacer de ella una biopolítica totalitaria, limitante y uniformadora sobre un ser humano que demasiado a menudo es concebido como ente virtual y no como un ser capaz de transformar la realidad.

101 años de Panamá América

 
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