¿Buen final?
Latinoamérica y el mundo asistieron altamente preocupados la semana pasada a un enfebrecido escenario de guerra, a una antesala de amenazas y gritos, de advertencias y rupturas entre Colombia, Venezuela y Ecuador, que hicieron temer lo peor. Al final se integró al coro Nicaragua, con un argumento que parecía más el aprovechamiento de una coyuntura que una causa real para justificar una suspensión de relaciones con Bogotá.
Pero los abrazos y las sonrisas con que concluyó esa etapa tensa, en el marco de la Cumbre de los países que integran el Grupo de Río, en República Dominicana, permiten preguntar si se trató de un buen final y su duración. La forma como terminó el incidente puso sobre el tapete los enormes esfuerzos del Estado colombiano por poner fin a la agresión interna de la que es objeto, pero más allá, la colaboración con la guerrilla de aquellos países que, precisamente, levantaron su voz y sus dedos contra el Palacio de Nariño. Quizás por eso las risas y los abrazos finales, de aquellos con mayor tono; Hugo Chávez, por ejemplo, y sus diez batallones de tanques, como si hacer una guerra fuera cosas de chiquillos caprichosos.
Mientras que no se esclarezca la cooperación de Chávez y del propio Ecuador con la guerrilla, no se podrá afirmar que hubo un buen final, porque nada de justo tiene que mientras que Álvaro Uribe trata, por todos los medios, de enfrentar al terrorismo, países que se dicen amigos, aticen y protejan el fuego desde las fronteras vecinas.