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Bumerán


El cierre de las vías públicas no es otra cosa que un vulgar chantaje. No constituye, como pregonan sus cabecillas, una señal de protesta o un medio de presión para lograr algo. Es una agresión al país, y más claramente aún, un crimen de lesa patria.
El cierre de las vías públicas representa la pérdida de millones de horas laborables perdidas, ahuyenta las inversiones foráneas y locales, paraliza la producción y el comercio, siembra el desasosiego social y conduce a enfrentamientos con las autoridades y entre los propios ciudadanos. El saldo no es otra cosa que la postración general del país. Ello no solamente mantiene la elevada y amarga situación del desempleo, sino que la aumenta.
Tras los escombros dejados por la acción destructora de los llamados huelguistas, que más pareciera que obedecen a consignas revolucionarias por la violencia con que la llevan a cabo, los empleadores tienen que empezar por aminorar sus gastos. El primer recurso es la reducción de personal. Los más afectados serán, precisamente, los trabajadores que cerraron las vías públicas.
Cuando la huelga que consiste en no hacer se lleva a la acción de hacer fogatas en las vías públicas y cerrarlas, acudir al pillaje y cometer actos destructivos, dejó de ser huelga por haberse degenerado en anarquía.
Desventuradamente, los gobiernos, por no pagar el costo político que implica el perseguir y castigar a los infractores de la ley, que en estos casos son en masa, los han estimulado con su timidez.
Si los cierres de vías públicas no se castigan como corresponde hacerse, se producirá un caos que no hará otra cosa que destruir a la República, y como el bumerán, destruirá también a quienes lo provocaron.

101 años de Panamá América

 
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