Buscando marañón
Con el título de esta nota buscamos ilustrar un fenómeno insólito, que no recordamos haya ocurrido en décadas. Este año, casi no hay marañones. Y no lo decimos sólo por el jugo astringente, al que tantas propiedades buenas se le atribuye, sino por lo que entraña su ausencia en términos de cambio climático. Quienes sembraron guandú y frijol de palo deben mostrar igual extrañeza. La cosecha es escasa. ¿Qué ha ocurrido? Mal de muchos, consuelo de tontos. Pero la verdad es que en otros países, en una u otra forma, está ocurriendo igual, cada cual en su propia estación.
El calentamiento global afecta no sólo las cosechas, sino la pesca y al clima mismo. Algunas especies animales y vegetales pueden perecer, amenazando la cadena alimenticia, de la que el ser humano es un eslabón. Tarde o temprano, si nada hacemos, nos tocará el turno. Los científicos están alarmados, los políticos, nada. Diariamente nos llegan noticias preocupantes. Hace un par de meses, hubo un huracán en Alemania que se desplazó hacia el Este de Europa. Antes eso era propio del Caribe y en el Pacífico Oriental. Otra señal es que los inviernos en el hemisferio norte son más crudos y los veranos tan calientes que causan miles de muertos. Hay ahora más inundaciones y desastres naturales que nunca.
Se habla como causa del efecto de invernadero provocado en gran parte por la emisión de anhídrido carbónico derivado de la combustión de hidrocarburos y de fluorocarbonos de los refrigerantes de aire acondicionados. La capa de ozono, que como inmenso paraguas nos protege de los rayos solares ultravioletas, se está deshaciendo; trozos inmensos de hielo se están desprendiendo del Polo Ártico: y cumbres antes nevadas de blanco, ahora son de tierra y roca. Hace algunos años se firmó en Kyoto, Japón, un tratado para que todos los países del mundo se comprometieran a disminuir gradualmente esas emisiones, pero algunas potencias industriales, incluyendo a Estados Unidos, se negaron a acatarlo. Ahora el planeta entero está pagando el precio.
Panamá, con su pequeñez e industria casi nula, poco o nada puede contribuir; pero las pirámides de Egipto y la Gran Muralla China se construyeron piedra a piedra; y aunque no tengamos como país más peso que un grano de arena, bienvenido sea todo esfuerzo que hagamos para no contaminar el medioambiente. Necesitamos controlar más la eficiencia de nuestros vehículos a motor y, paulatinamente, usar fuentes alternas de energía: etanol, gas natural, hidroeléctricas y el viento, entre otras. Debemos exigir, por lo pronto, que los autos, buses y camiones que circulan por nuestras calles no sigan envenenando con humo negro a los demás.
El calentamiento global afecta no sólo las cosechas, sino la pesca y al clima mismo. Algunas especies animales y vegetales pueden perecer, amenazando la cadena alimenticia, de la que el ser humano es un eslabón. Tarde o temprano, si nada hacemos, nos tocará el turno. Los científicos están alarmados, los políticos, nada. Diariamente nos llegan noticias preocupantes. Hace un par de meses, hubo un huracán en Alemania que se desplazó hacia el Este de Europa. Antes eso era propio del Caribe y en el Pacífico Oriental. Otra señal es que los inviernos en el hemisferio norte son más crudos y los veranos tan calientes que causan miles de muertos. Hay ahora más inundaciones y desastres naturales que nunca.
Se habla como causa del efecto de invernadero provocado en gran parte por la emisión de anhídrido carbónico derivado de la combustión de hidrocarburos y de fluorocarbonos de los refrigerantes de aire acondicionados. La capa de ozono, que como inmenso paraguas nos protege de los rayos solares ultravioletas, se está deshaciendo; trozos inmensos de hielo se están desprendiendo del Polo Ártico: y cumbres antes nevadas de blanco, ahora son de tierra y roca. Hace algunos años se firmó en Kyoto, Japón, un tratado para que todos los países del mundo se comprometieran a disminuir gradualmente esas emisiones, pero algunas potencias industriales, incluyendo a Estados Unidos, se negaron a acatarlo. Ahora el planeta entero está pagando el precio.
Panamá, con su pequeñez e industria casi nula, poco o nada puede contribuir; pero las pirámides de Egipto y la Gran Muralla China se construyeron piedra a piedra; y aunque no tengamos como país más peso que un grano de arena, bienvenido sea todo esfuerzo que hagamos para no contaminar el medioambiente. Necesitamos controlar más la eficiencia de nuestros vehículos a motor y, paulatinamente, usar fuentes alternas de energía: etanol, gas natural, hidroeléctricas y el viento, entre otras. Debemos exigir, por lo pronto, que los autos, buses y camiones que circulan por nuestras calles no sigan envenenando con humo negro a los demás.