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Bush olvida región latinoamericana


Con la plana mayor del gobierno de Estados Unidos (EU) concentrada en los dos focos de guerra en potencia, Irak y Corea del Norte, algunos se preguntan dónde quedó la promesa del presidente George W. Bush, "miraré al sur como el compromiso fundamental de mi gobierno". Queriendo crear un contraste con el interés apenas esporádico de Bill Clinton por la política interamericana, el entonces gobernador de Texas recalcó el papel central que tendría reservado para Latinoamérica, promesa que según los peritos de opinión pública ayudó para conseguir un respetable 33 % del voto latino, que en el pasado se inclinaba hacia los Demócratas.
Lo único incontrovertible a estas alturas es que en la segunda mitad de su mandato y con las elecciones de 2004 a la vista, el presidente estadounidense, más que dedicarse a Latinoamérica decidió dar un fuerte giro conservador a su gobierno. En el campo internacional se concentra en la "guerra contra el terrorismo internacional", a la vez que en lo interno se dedica a promover una agenda ideológica de derecha. Esta ataca los programas de igualdad de oportunidades en las universidades, limitando al máximo las posibilidades de recurrir al aborto y lanzando una defensa de la pena de muerte como disuasivo del crimen. En el caso de Latinoamérica, el giro conservador se expresó elocuentemente en los nombramientos de dos funcionarios identificados con la ultraderecha para puestos clave en el equipo de política exterior- Roger Noriega, un antiguo asesor del senador Jesse Helms, al crítico cargo de secretario adjunto de Estado para asuntos hemisféricos, y Otto Reich, como enviado extraordinario del gobierno de Bush para Latinoamérica.
Consistente con este enfoque es la ayuda militar que EU presta a Colombia, ya que Bush ha declarado a los grupos guerrilleros del país andino parte de la red terrorista internacional, aunque hasta el momento escasean pruebas para ello.
El fin de semana presenció la llegada de 60 soldados de las fuerzas especiales de EU para capacitar y entrenar a unos 6,5000 soldados colombianos. Pero si Bush no ha desarrollado ninguna nueva política hacia Latinoamérica, sí logró protagonizar la Estrategia de Seguridad Nacional. Dada a conocer por EU en septiembre último, esta "estrategia" establece una nueva postura en el derecho internacional, al considerar erróneo esperar que las amenazas terroristas o militares se materialicen; por lo tanto, establece que sería legítimo y legal iniciar preventivamente ataques, y quizá guerras, de manera unilateral.
No hace mucho hubiera escandalizado a la comunidad internacional la mera idea de aceptar como derecho positivo que -sin una declaración de guerra- un Estado pudiera colocar un ataque donde lo creyera necesario, más allá de sus fronteras.
En general, la conducta de déspotas como Sadam Hussein que amenazan al mundo con el uso de armas de destrucción masiva, han silenciado las críticas al unilateralismo de Washington, aunque Alemania y Francia han dejado entrever que prefieren que EU amplíe el régimen de consultas antes de asumir posiciones que puedan llevar a una guerra con Irak u otros países del Oriente Medio. Pero si los europeos tienden a disimular sus críticas a la política de Bush en el Oriente Medio, tanto funcionarios como los medios informativos de países como Alemania, Francia y hasta Gran Bretaña, se expresan sorprendidos por la discrepancia que existe entre la retórica inicial de Bush con respecto a su pasión por las relaciones con los otros países del hemisferio y la relativa desatención que la región sufrió en estos últimos meses. Paulatinamente, está comenzando a surgir una crítica más contundente en los medios periodísticos de EU, como The New York Times y The Washington Post. Por ejemplo, el giro hacia la derecha asumido por el gobierno de Bush y su efecto para la política hemisférica recibió un incisivo análisis de Peter Beinart, el director de The New Republic el 27 de enero. Beinart, cuyas columnas normalmente reflejan un conservadurismo moderado, anota que "si Bush realmente se hubiera preocupado en mirar hacia el sur [tal como lo prometió], se hubiera percatado del tremendo caos que su gobierno ha causado en una región en la que supuestamente estaba comprometido".
Aparte de deplorar los vaivenes de la política de Bush hacia el gobierno de Hugo Chávez en Venezuela, el cuarto país que más petróleo exporta a EU en un momento que Bush está reconsiderando la relación con Arabia Saudita y al borde de una guerra con Irak, Beinart toma cuenta de las ambigüedades que han marcado la política hacia México, país que Bush había declarado "nuestro socio bilateral más importante".
"Desde el 11 de septiembre de 2001, la Casa Blanca ha torpedeado los esfuerzos de Vicente Fox para una nueva política migratoria, a pesar del hecho que racionalizar la política actual podría mejorar la seguridad de Estados Unidos," señala Beinart, recordando que éste y otros gestos negativos llevaron a Fox a cancelar un viaje a Texas, a la vez que el canciller, Jorge Castañeda, impulsor del acercamiento con Washington, acaba de renunciar. "En realidad," concluye el analista, "la política latinoamericana del Presidente Bush ha sido exactamente lo que juró que no iba a ser, una política marginal. Y mientras el gobierno de Bush mira hacia otras regiones, el antiyanquismo está regresando. Izquierdistas ganaron las elecciones en Brasil y Ecuador, y gobiernos a través del continente están abandonando la política liberal [propiciada por el Consenso de Washington].
Quizás la Casa Blanca se concentrará más en el Sur al aproximarse el 2004. O si Karl Rove [asesor político de Bush] decide en una nueva estrategia para ganar los votos latinos, quizás Bush puede finalmente reconocer que ha abandonado las esperanzas por América Latina. Lo que tendría sentido, ya que Latinoamérica ya casi decidió abandonar las esperanzas que tenía para él".
Stiglitz, profesor en la Universidad de Columbia, Presidente del Consejo de Asesores Económicos del Gobierno de Bill Clinton, quien además fue Economista Jefe y Vicepresidente Senior del Banco Mundial sostiene que un tema con alguna resonancia de su libro "El Malestar en la Globalización" (Taurus, 2002) "es la importancia del libre acceso a la información: muchos de los problemas que cito surgen porque hay demasiadas cosas que suceden a puerta cerrada. Siempre he creído -dice Stiglitz- que una prensa activa y libre es un freno fundamental contra los abusos, y es necesaria para la democracia.".
Es evidente que Stiglitz nos ayuda a comprender las fuerzas poderosas que impulsan el secreto. "El secreto -asegura Stiglitz- no sólo les hace más fácil la vida a los funcionarios del gobierno, sino que da rienda suelta a los intereses especiales. El secreto -agrega- también sirve para ocultar los errores, sean inocentes o no, sean resultado de un fallo en la reflexión o no. Como se dice a veces, la luz del sol es el mejor antiséptico".
Aún en los casos en que las políticas no obedecen a intereses especiales, el secreto, según el Premio Nobel, engendra sospechas sobre los intereses realmente favorecidos y tales sospechas, aunque sean infundadas, socavan la sostenibilidad de las políticas. A su juicio, "este secreto y las sospechas que despierta han ayudado a mantener el movimiento de protestas". Justifica así que una de las demandas de quienes protestan ha sido más apertura y más transparencia.
Stiglitz llega a la conclusión de que "el secreto también socava la democracia". Vemos así -afirma Stiglitz- que "las democracias modernas han llegado a reconocer el básico derecho a saber de los ciudadanos, concretado en leyes como la Ley sobre Libertad de Información".
En democracia debe haber una interactividad entre política y ética no para divorciarse sino para fortalecerse mutuamente. En este orden de ideas quiero señalar que la transparencia y la rendición de cuentas son requisitos para que esa interactividad entre valores y fines últimos se realice para el Bien Común.

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