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Búsqueda prematura de un candidato


Aunque Panamá es un pueblo que necesita no sólo de una sino de muchas utopías, se pudiera decir que el ciudadano panameño - el hombre de la calle - es tan viejo como el sufragio universal. Le ha tocado trillar todas las vicisitudes y experiencias de este proceso, y, sin grandes meditaciones, ha llegado a formarse, cuando no ideas, al menos ciertos instintos políticos. Así, empieza a sospechar que no solamente este o aquel partido, sino la política entera, está montada en un tono de grandilocuencia y megalomanía que fatalmente la desvía y pervierte.
Es curioso y notorio observar que, a sólo año y medio de gestión del actual gobierno, con una considerable agenda de trabajo en ejecución y todavía por realizar, ya se mencionan nombres de ciudadanos que pudieran ser los abanderados de los partidos políticos vigentes, como posibles candidatos a la Presidencia de la República en el 2009. Es más aún, a lo interno de algunos partidos no sólo se mencionan nombres, sino que también - desde ya - se descalifica a quién, en función de sus derechos ciudadanos, se atreve a manifestar públicamente sus aspiraciones como figura presidencial, sin antes someterse a lo estrictamente establecido en los estatutos del partido.
El ciudadano común y corriente - el hombre de la calle - claro está, no aspira a ser elegido. Se contentará con ser elector feliz, con ser un elector que encuentra un candidato a su gusto. Quizá por ello ha encendido la lámpara de Diógenes, y anda por ahí buscando, prematuramente, un candidato a la Presidencia de la República entre los hombres y un nombre entre los presuntos candidatos. En realidad, causa pena decirlo, pero el hombre y la mujer panameños se han convencido de que la política - y los partidos como instrumentos de ésta - ya no despierta esperanza ni mucho menos garantiza la felicidad ciudadana que demagógicamente promueve. Se olvida que la felicidad depende de circunstancias mucho más hondas y graves que cuanto la política puede discutir.
La política en Panamá, acaso ha podido lograr un mejor orden en lo más externo de la vida social. Ni siquiera emplea los medios más adecuados para acercarse a las relaciones sociales más importantes: no ha podido, y al parecer no puede organizar la amistad entre los panameños, ni la lealtad mutua, ni el amor, ni la recreación sana. Pero permítasenos un paréntesis para ilustrar mejor la cuestión. En el mundo antiguo la política intentó, con grave fracaso, algo de esto: en Esparta, por ejemplo, instituyó la legión sagrada que sancionaba la fidelidad de los amigos; en Roma se ocupó de dar placer al pueblo haciendo de los juegos circenses una institución del Estado. Mas todo esto nos informa, ciertamente, que la política es sólo una tangente que apenas roza un punto de esa nuestra viva realidad. Casi por entero, el volumen de nuestra existencia personal queda intacto por la política. Ni siquiera en el orden económico logra la política tener una misión sustantiva. A lo sumo, podría intentar repartir con equidad la riqueza. Pero no puede crearla. La pretensión de salvar económicamente al pueblo desde la dirección del gobierno del Estado ha resultado casi siempre fallida.
Todas estas cuestiones presupone oscuramente el ciudadano panameño, y por eso desconfía de todos los que aspiran a ser candidatos (a la Presidencia y Vicepresidencia de la República y a Diputados) que le invitan a apasionarse y falsamente le garantizan la solución de sus problemas económicos y sociales; para decirlo en una palabra, le prometen la felicidad. ¡Apasionarse en política! Ese ha sido el error característico del siglo pasado y también parece ser del actual, que ha consistido precisamente en estimular el apasionamiento político como un deber. Importa mucho, por lo mismo, desdeñar el apasionamiento, el fanatismo, porque así damos la espalda a los apasionamientos tanto de la izquierda como de la derecha.
A propósito, es bueno recordar - y tener muy presente - que la historia siempre ha abarcado la luz y la oscuridad, la posibilidad y la necesidad, la razón y el error. Las posibilidades siempre tuvieron que desarrollarse mediante un esfuerzo consciente, los resultados siempre tuvieron que vigilarse, los errores siempre tuvieron que rectificarse. En la búsqueda seria y responsable de un buen candidato, sólo el pueblo panameño - el verdadero y real soberano - dispone de los medios y del mejor camino para encontrarlo. Es tiempo ya de que el pueblo se organice y escoja, en su oportunidad, no a un amo, no a un demagogo mentiroso, diestro en pregonar falsas promesas, sino escoger responsablemente al primer servidor de la República. Y al hacerlo, debe optar entre lo tradicional y la renovación; entre el pasado con todos sus errores y el futuro con todas sus esperanzas.
¡Todo esto a su debido tiempo! Mientras tanto, el mejor papel que le corresponde desempeñar a la ciudadanía es precisamente constituirse en supervisor supremo de la gestión oficial, para garantizar el fiel cumplimiento de los planes y programas que ejecuta el actual gobierno, siempre en función del bien común.

101 años de Panamá América

 
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