Busquemos en la Constitución el derecho a la vida
E l derecho a la vida es la efectividad de la teoría de la Constitución en todo país democrático, y ésta debe definir la democracia panameña. La Carta Magna panameña se fundamenta en la libertad y en la igualdad humana mediante el régimen republicano representativo, y por ello es que no dudo que nuestros próceres de 1903 tuvieron la sana intención de organizar un país de iguales, aunque lamentablemente la evolución de nuestra vida independiente creó y acentuó la desigualdad humana, apartándonos poco a poco de una verdadera y real concepción democrática.
Hoy vemos que la ansiedad, la angustia del hombre desposeído de bienes materiales y de capacitación técnica, es el factor más temible y menos humano, que actúa en las fuerzas de la comunidad contemporánea. Ningún ideal, ninguna teoría, resiste el dolor del menesteroso ante el imperativo del hambre; inmensa porción de nuestra sociedad es desheredada y para ella no existe trabajo seguro, remuneración racional y reparadora, ni alimento, ni vestido, ni higiene y sí muy poca esperanza. ¿Será compatible esta realidad con la democracia republicana de la Constitución? Permítanme que hoy se me salga la fibra de la descendencia campesina que honrosamente muestro a todos y señale que la vida del campesino es casi infrahumana, asimilada a la animalidad. A él le falta habitación, comida, indumentaria apropiada, limpieza y retribución segura.
Estoy convencido de que a ningún Estado, al igual que a ningún gobierno, le conviene esta unidad social, porque ciudadanos en esas condiciones están sujetos a la condena de la indigencia, y que la concepción moral de tales ciudadanos no será la mejor para que puedan enseñar a sus hijos a buscar una perfección republicana.
Tales problemas no deben encararse sólo con criterio legal dentro del derecho a la vida que toda Constitución humana debe asegurar a sus habitantes, así como tampoco se requiere una simple generosidad ni sentimentalismo, sino un reajuste de la organización económica para redistribuir aquella riqueza que es fruto de la vida en común. Ese es un derecho y no una concesión. Para lograrlo, sólo falta que en cualquier modificación o cambio de nuestra Constitución se refuercen los conceptos y orientaciones de una democracia verdadera. Los cambios que pueda producir cualquier acción modificadora o renovadora deberán hacer más sólidas las condiciones primarias de defensa para la vida de relación que se le ha impuesto al pueblo y que creó artificialmente una clase paria; deberá ir cercenando ciertos privilegios económicos y morales, desburocratizando la nación y eliminando toda falsa aristocracia que generalmente se improvisa cuando se llega a desempeñar ciertas funciones públicas.
La civilización democrática está en crisis, pero este peligro se conjura facilitando el proceso evolutivo. El pueblo no debe seguir siendo un simple instrumento para sufragar o ser sólo un espectador que es usufructuado únicamente por un determinado núcleo predominante. Y si ese dolor de la miseria es percibido insistentemente por los parlamentos, éstos deben reconocer con urgencia esa inmensa llaga del país para cauterizarla. De esa forma, el hombre en su abandono dejará de aferrarse desesperadamente a su único valor computable, el voto, convirtiéndolo en esa clientela que degrada todo régimen representativo.
Y la libertad, que es la condición que hace digna la vida humana, no puede sostenerse sin la igualdad del hombre ante las posibilidades económicas, de cultura, de justicia y de respetuosa consideración. Aquí entra en juego nuevamente la labor de una legislación que realice aceleradamente la obra de nivelación social.
Dejemos que el bienestar y la felicidad sean el patrimonio de todos, para que de esta forma los hijos no nazcan más para convertirse unos en los condenados irremisiblemente a ser la escoria, y otros con destino al privilegio. Esta no es la democracia que debe impulsar ninguna Constitución.
Reforcemos los derechos del pueblo a la vida para que renazcan en su seno los ideales, y así dicho pueblo afiance nuestra democracia. Sólo se necesita vocación republicana, porque el derecho a la vida debe ser el patrón de funcionamiento de todo sistema representativo. Abandonemos la ficción y vivamos una democracia real, palpable y reconocible a simple vista, la cual debe ser el porvenir de todo género humano.
Hoy vemos que la ansiedad, la angustia del hombre desposeído de bienes materiales y de capacitación técnica, es el factor más temible y menos humano, que actúa en las fuerzas de la comunidad contemporánea. Ningún ideal, ninguna teoría, resiste el dolor del menesteroso ante el imperativo del hambre; inmensa porción de nuestra sociedad es desheredada y para ella no existe trabajo seguro, remuneración racional y reparadora, ni alimento, ni vestido, ni higiene y sí muy poca esperanza. ¿Será compatible esta realidad con la democracia republicana de la Constitución? Permítanme que hoy se me salga la fibra de la descendencia campesina que honrosamente muestro a todos y señale que la vida del campesino es casi infrahumana, asimilada a la animalidad. A él le falta habitación, comida, indumentaria apropiada, limpieza y retribución segura.
Estoy convencido de que a ningún Estado, al igual que a ningún gobierno, le conviene esta unidad social, porque ciudadanos en esas condiciones están sujetos a la condena de la indigencia, y que la concepción moral de tales ciudadanos no será la mejor para que puedan enseñar a sus hijos a buscar una perfección republicana.
Tales problemas no deben encararse sólo con criterio legal dentro del derecho a la vida que toda Constitución humana debe asegurar a sus habitantes, así como tampoco se requiere una simple generosidad ni sentimentalismo, sino un reajuste de la organización económica para redistribuir aquella riqueza que es fruto de la vida en común. Ese es un derecho y no una concesión. Para lograrlo, sólo falta que en cualquier modificación o cambio de nuestra Constitución se refuercen los conceptos y orientaciones de una democracia verdadera. Los cambios que pueda producir cualquier acción modificadora o renovadora deberán hacer más sólidas las condiciones primarias de defensa para la vida de relación que se le ha impuesto al pueblo y que creó artificialmente una clase paria; deberá ir cercenando ciertos privilegios económicos y morales, desburocratizando la nación y eliminando toda falsa aristocracia que generalmente se improvisa cuando se llega a desempeñar ciertas funciones públicas.
La civilización democrática está en crisis, pero este peligro se conjura facilitando el proceso evolutivo. El pueblo no debe seguir siendo un simple instrumento para sufragar o ser sólo un espectador que es usufructuado únicamente por un determinado núcleo predominante. Y si ese dolor de la miseria es percibido insistentemente por los parlamentos, éstos deben reconocer con urgencia esa inmensa llaga del país para cauterizarla. De esa forma, el hombre en su abandono dejará de aferrarse desesperadamente a su único valor computable, el voto, convirtiéndolo en esa clientela que degrada todo régimen representativo.
Y la libertad, que es la condición que hace digna la vida humana, no puede sostenerse sin la igualdad del hombre ante las posibilidades económicas, de cultura, de justicia y de respetuosa consideración. Aquí entra en juego nuevamente la labor de una legislación que realice aceleradamente la obra de nivelación social.
Dejemos que el bienestar y la felicidad sean el patrimonio de todos, para que de esta forma los hijos no nazcan más para convertirse unos en los condenados irremisiblemente a ser la escoria, y otros con destino al privilegio. Esta no es la democracia que debe impulsar ninguna Constitución.
Reforcemos los derechos del pueblo a la vida para que renazcan en su seno los ideales, y así dicho pueblo afiance nuestra democracia. Sólo se necesita vocación republicana, porque el derecho a la vida debe ser el patrón de funcionamiento de todo sistema representativo. Abandonemos la ficción y vivamos una democracia real, palpable y reconocible a simple vista, la cual debe ser el porvenir de todo género humano.