¡Cachos!
El Rey Saúl supo que sus días de gobernante habían terminado: aceptó que David le sucediera. Se comprometió a ayudarlo. Compartían amigos comunes. La edad y la inexperiencia de David no debían hacerle daño al ego de Saúl. No debían. No obstante, el ego de Saúl era más grande que el mismo Goliath y Saúl la emprendió contra aquel joven cuidador de rebaños que por destino se dirigía al poder, aún cuando ambos venían de un mismo padre.
En Panamá estamos ante una historia análoga, proporciones guardadas. El ex-rey, jubilado a desgano por el tiempo y por el referéndum que le dijo "basta, bastante has tenido de todo", se retiró aceptando que el joven sucesor, ambos hijos del mismo padre político, buscara el reino. Su mente, cual máquina calculadora, lo aceptó. Pero no su corazón, aposento íntimo de su ego gigantesco. E igual que Saúl, este ex-rey criollo no cree en causas colectivas. Sólo cree en causas dirigidas por él.
Cada vez que veía que los saludos y honores iban hacia el joven aspirante de su mismo grupo, se estremecía de envidia y un año de no tener protagonismo fue demasiado. Más de trescientas lunas despertando sin los toques marciales, sin los aduladores a que se acostumbró, sin llamadas de los embajadores, sin su rostro en la gaceta se le hicieron insostenibles. El malhumor lunático se apoderó de su espíritu.
Nada le complacía ya, ni los reportes de sus escribanos y contadores diciéndole cómo se engordaban sus inmensos caudales. Tampoco le satisfacían sus carruajes, que podía variarlos cada día. Sus trajes lujosos, sus banquetes hedónicos, sus lujos, sus extravagancias. Todo eso, afanosamente buscado desde joven, cuando engañó con sus supuestas lealtades al padre de su sucesor, forjador de ambos, ya no le consolaba su corazón, impulsado siempre por la codicia. La enfermedad del poder es incurable.
El ex gobernante tiene ocasionales pesadillas, en las cuales el Rey fallecido se le presenta para recriminarle su egoísmo. Lo amonesta severamente por no respaldar a su vástago, por regatearle su ascenso social. Le reclama que sus inmensas fortunas se las debe todas a su reinado pasado. Entonces, ante las reprimendas se disculpa, lloroso. Promete cambiar, y el Monarca Aparecido, ausente en el espacio azul, lo abandona con sus advertencias. Se va en el entendido que su hijo no será más hostigado.
Sin embargo, al amanecer, cuando los temores de la noche pasan, al buscar el ex gobernante, el Terreno, algo para distraerse, algún consuelo para aliviar su ego malherido, lo único que encuentra es un Cacho. Y pese a que ha prometido no utilizarlo más, no puede con su genio. El Cacho es lo único que le ofrece consuelo. Si no lo usa, se muere.
En Panamá estamos ante una historia análoga, proporciones guardadas. El ex-rey, jubilado a desgano por el tiempo y por el referéndum que le dijo "basta, bastante has tenido de todo", se retiró aceptando que el joven sucesor, ambos hijos del mismo padre político, buscara el reino. Su mente, cual máquina calculadora, lo aceptó. Pero no su corazón, aposento íntimo de su ego gigantesco. E igual que Saúl, este ex-rey criollo no cree en causas colectivas. Sólo cree en causas dirigidas por él.
Cada vez que veía que los saludos y honores iban hacia el joven aspirante de su mismo grupo, se estremecía de envidia y un año de no tener protagonismo fue demasiado. Más de trescientas lunas despertando sin los toques marciales, sin los aduladores a que se acostumbró, sin llamadas de los embajadores, sin su rostro en la gaceta se le hicieron insostenibles. El malhumor lunático se apoderó de su espíritu.
Nada le complacía ya, ni los reportes de sus escribanos y contadores diciéndole cómo se engordaban sus inmensos caudales. Tampoco le satisfacían sus carruajes, que podía variarlos cada día. Sus trajes lujosos, sus banquetes hedónicos, sus lujos, sus extravagancias. Todo eso, afanosamente buscado desde joven, cuando engañó con sus supuestas lealtades al padre de su sucesor, forjador de ambos, ya no le consolaba su corazón, impulsado siempre por la codicia. La enfermedad del poder es incurable.
El ex gobernante tiene ocasionales pesadillas, en las cuales el Rey fallecido se le presenta para recriminarle su egoísmo. Lo amonesta severamente por no respaldar a su vástago, por regatearle su ascenso social. Le reclama que sus inmensas fortunas se las debe todas a su reinado pasado. Entonces, ante las reprimendas se disculpa, lloroso. Promete cambiar, y el Monarca Aparecido, ausente en el espacio azul, lo abandona con sus advertencias. Se va en el entendido que su hijo no será más hostigado.
Sin embargo, al amanecer, cuando los temores de la noche pasan, al buscar el ex gobernante, el Terreno, algo para distraerse, algún consuelo para aliviar su ego malherido, lo único que encuentra es un Cacho. Y pese a que ha prometido no utilizarlo más, no puede con su genio. El Cacho es lo único que le ofrece consuelo. Si no lo usa, se muere.