Cae el halcón en pleno vuelo
Panamá, sin duda alguna, se estremeció con la noticia, curiosamente dada a conocer muchas horas luego de haber sido recibida por unos pocos, responsables de divulgarla.
Prácticamente el Twin Other 205 le sirvió, a él y a su comitiva, de horno de cremación. Aunque algunos, pocos porque poco odiamos de ese modo los panameños, bailaron con su muerte, un asesinato en mi concepto por muchos indicios y evidencias tardíamente obtenidas; luego de filtrarse informaciones desde el exterior, la mayoría lamentó esa muerte brutal.
Una impresionante cantidad de nacionales y extranjeros se conmovió hasta las lágrimas. Si la muerte de un ser recién inicia el reconocimiento público, el funeral de Omar Torrijos habla por sí mismo.
Las lágrimas siempre salen con más sinceridad de los ojos de los familiares, y en el caso de los políticos de los que saben agradecer mayormente: los pobres, los que sintieron que los favores hechos les llegaban al alma.
Estos días de recordación seguramente traerán mayores "condolencias y muestras de solidaridad", que años anteriores, por la coincidencia histórica de que un hijo del General Torrijos llega al poder más encumbrado. Eso es normal.
Omar sabía que así era el poder, rodeado de lisonjas y de hipocresías, pero no lo supo de inmediato. Primero tuvo que sacudir la Constitución Nacional y echar a un mandatario electo mayoritariamente. Luego, asimilar el rechazo de muchos o la duda razonable de tantos que pensaron, con lógica, "este es un vulgar golpe de gorilas comunes tan conocidos en el continente". Luego, como Arnulfo, sentir sangre adversa correr.
Las guerrillas de la frontera chiricana mezclaron la sangre de guardias y la de rebeldes, en actos algunos salvajes y otro de enorme coraje. Para posteriormente comprender que necesitaba piso, paredes, techo, para recibir las pedradas de dentro y de afuera. Y, especialmente, necesitaba un sentido ideológico, un derrotero, un pensamiento norte, darle una razón de ser al golpe militar. Allí estaba, abierta, la herida nuestra de cada día; pasar por nuestro propio territorio y que nos revisaran policías extranjeros, los mismos que apalearon a Ascanio y a los adolescentes, hombres y mujeres, que le recordaron a los "zonians" que teníamos un pacto firmado por su propio presidente, y que nuestro pabellón tenía el derecho de estar en aquél mástil que se llenó de sangre joven, en el mayor martirologio, y el más puro de nuestra historia. Y el General se planteó con su una obstinación casi enfermiza la decisión de acabar con esa perpetuidad que nos laceraba el honor. Y que tuviéramos un día una sola bandera. La que hoy, gracias a Dios, nos permite tener un certificado único de propiedad de la riqueza nacional, aunque siga tan injustamente distribuida. Y en primer plano del Registro Público, en algún archivo ya digitalizado debe decir: Tesoro Nacional, en folio tal y tomo tal está inscrita la finca número tal, llamada Canal de Panamá. Sin gobernador extranjero, "¿Gobernador de qué, por qué ?" ¿Los defectos de Omar Torrijos? Muchos, sin duda. ¿Sus méritos? Muchos también. Me parece que como ser humano, como espíritu que en algún lugar insondable habrá sido calificado en el único Tribunal que no se corrompe jamás, estarán en sus notas de calificaciones estos adjetivos: "Sencillo, humilde, supo dominar su ego, su ambición de poder humano. Desapegado de lo material, sabía como Alejandro Magno ante sus generales, que no se podía llevar ni una sola moneda de oro" a ese viaje.
Hoy, nadie le logra encontrar millones. Martín ingresa al poder casi coincidiendo con este aniversario número 23 de su muerte. Ingresa con desafíos increíbles, en épocas distintas y distantes.
Su padre no es él, él no es su padre. Omar, eso sí, le deja un surco heredado, abonado, especialmente con la semilla del trabajo por el pobre, su humildad, y la grandeza de su desapego.
El hijo empieza su tesis de graduación para optar por su título de estadista. El padre, presentado su examen de maestría, se retiró a su hamaca sideral.
Prácticamente el Twin Other 205 le sirvió, a él y a su comitiva, de horno de cremación. Aunque algunos, pocos porque poco odiamos de ese modo los panameños, bailaron con su muerte, un asesinato en mi concepto por muchos indicios y evidencias tardíamente obtenidas; luego de filtrarse informaciones desde el exterior, la mayoría lamentó esa muerte brutal.
Una impresionante cantidad de nacionales y extranjeros se conmovió hasta las lágrimas. Si la muerte de un ser recién inicia el reconocimiento público, el funeral de Omar Torrijos habla por sí mismo.
Las lágrimas siempre salen con más sinceridad de los ojos de los familiares, y en el caso de los políticos de los que saben agradecer mayormente: los pobres, los que sintieron que los favores hechos les llegaban al alma.
Estos días de recordación seguramente traerán mayores "condolencias y muestras de solidaridad", que años anteriores, por la coincidencia histórica de que un hijo del General Torrijos llega al poder más encumbrado. Eso es normal.
Omar sabía que así era el poder, rodeado de lisonjas y de hipocresías, pero no lo supo de inmediato. Primero tuvo que sacudir la Constitución Nacional y echar a un mandatario electo mayoritariamente. Luego, asimilar el rechazo de muchos o la duda razonable de tantos que pensaron, con lógica, "este es un vulgar golpe de gorilas comunes tan conocidos en el continente". Luego, como Arnulfo, sentir sangre adversa correr.
Las guerrillas de la frontera chiricana mezclaron la sangre de guardias y la de rebeldes, en actos algunos salvajes y otro de enorme coraje. Para posteriormente comprender que necesitaba piso, paredes, techo, para recibir las pedradas de dentro y de afuera. Y, especialmente, necesitaba un sentido ideológico, un derrotero, un pensamiento norte, darle una razón de ser al golpe militar. Allí estaba, abierta, la herida nuestra de cada día; pasar por nuestro propio territorio y que nos revisaran policías extranjeros, los mismos que apalearon a Ascanio y a los adolescentes, hombres y mujeres, que le recordaron a los "zonians" que teníamos un pacto firmado por su propio presidente, y que nuestro pabellón tenía el derecho de estar en aquél mástil que se llenó de sangre joven, en el mayor martirologio, y el más puro de nuestra historia. Y el General se planteó con su una obstinación casi enfermiza la decisión de acabar con esa perpetuidad que nos laceraba el honor. Y que tuviéramos un día una sola bandera. La que hoy, gracias a Dios, nos permite tener un certificado único de propiedad de la riqueza nacional, aunque siga tan injustamente distribuida. Y en primer plano del Registro Público, en algún archivo ya digitalizado debe decir: Tesoro Nacional, en folio tal y tomo tal está inscrita la finca número tal, llamada Canal de Panamá. Sin gobernador extranjero, "¿Gobernador de qué, por qué ?" ¿Los defectos de Omar Torrijos? Muchos, sin duda. ¿Sus méritos? Muchos también. Me parece que como ser humano, como espíritu que en algún lugar insondable habrá sido calificado en el único Tribunal que no se corrompe jamás, estarán en sus notas de calificaciones estos adjetivos: "Sencillo, humilde, supo dominar su ego, su ambición de poder humano. Desapegado de lo material, sabía como Alejandro Magno ante sus generales, que no se podía llevar ni una sola moneda de oro" a ese viaje.
Hoy, nadie le logra encontrar millones. Martín ingresa al poder casi coincidiendo con este aniversario número 23 de su muerte. Ingresa con desafíos increíbles, en épocas distintas y distantes.
Su padre no es él, él no es su padre. Omar, eso sí, le deja un surco heredado, abonado, especialmente con la semilla del trabajo por el pobre, su humildad, y la grandeza de su desapego.
El hijo empieza su tesis de graduación para optar por su título de estadista. El padre, presentado su examen de maestría, se retiró a su hamaca sideral.