Calles sucias
Arrojar papeles y basura en las calles es para los panameños cosa normal. Es nuestro Patacón colectivo, siempre a mano. A nadie le molesta, ni le parece mal, tirar desperdicios, vaciar un recipiente de basura completo en las calles, salvo que no sea frente a la propia casa. Lo mismo se hace sobre aceras, parques y, sobre todo, en áreas públicas. Son señales de lo que alguien definía como "sentido de una nacionalidad débil", de ausencia de orgullo y amor patrio, de pertenencia a un país.
"¡Aquí todo el mundo hace lo que le da la gana y con plata se arregla todo!" se oye decir a cualquier panameño que, al expresarlo saca el pecho y adopta una actitud de experto criollo, y tal vez lo sea, más que cualquier docto académico. La verdad es que, conjuntamente considerados y tomando en cuenta al común de los panameños, somos una vergüenza colectiva. ¿Exageramos? No, ¡qué va! Nos quedamos cortos. Ni siquiera abordamos la masacre que hacemos con los ríos, playas y lagos. Aquí ha habido que poner garitas y guardias privados para controlar un poco los desmanes. Parece cosa de animales, de una cría de puercos.
Miren nuestras calles. Todas llenas de desperdicios. No sólo son papeles, hay también comida, toallas sanitarias, pañales, botellas, latas, chupones de naranja, bolsas plásticas, cartuchos de basura repletos, piedras, bloques, arena, barras de hierro, piezas de carro, escombros de colisión, pedazos de vidrio filosos, pegotes de concreto duro que nadie recogió, charcos de lodo que ensucian los autos recién lavados, charcos de alquitrán "¿quién responde por el auto que tiene la mala fortuna de pasar sobre ellos?". - Pero también está el espectáculo grotesco que ofrecemos a los extranjeros que nos visitan o a los nacionales que, tras pasar una temporada más o menos larga en alguna nación civilizada, se encuentran a su retorno, con que su país está hecho un asco, no tanto por la pobreza tercermundista, como por la cochinada de los propios panameños. ¡Ah! Que no somos todos, de acuerdo. Pero los cochinos son la mayoría, y de todas las clases sociales.
"¡Aquí todo el mundo hace lo que le da la gana y con plata se arregla todo!" se oye decir a cualquier panameño que, al expresarlo saca el pecho y adopta una actitud de experto criollo, y tal vez lo sea, más que cualquier docto académico. La verdad es que, conjuntamente considerados y tomando en cuenta al común de los panameños, somos una vergüenza colectiva. ¿Exageramos? No, ¡qué va! Nos quedamos cortos. Ni siquiera abordamos la masacre que hacemos con los ríos, playas y lagos. Aquí ha habido que poner garitas y guardias privados para controlar un poco los desmanes. Parece cosa de animales, de una cría de puercos.
Miren nuestras calles. Todas llenas de desperdicios. No sólo son papeles, hay también comida, toallas sanitarias, pañales, botellas, latas, chupones de naranja, bolsas plásticas, cartuchos de basura repletos, piedras, bloques, arena, barras de hierro, piezas de carro, escombros de colisión, pedazos de vidrio filosos, pegotes de concreto duro que nadie recogió, charcos de lodo que ensucian los autos recién lavados, charcos de alquitrán "¿quién responde por el auto que tiene la mala fortuna de pasar sobre ellos?". - Pero también está el espectáculo grotesco que ofrecemos a los extranjeros que nos visitan o a los nacionales que, tras pasar una temporada más o menos larga en alguna nación civilizada, se encuentran a su retorno, con que su país está hecho un asco, no tanto por la pobreza tercermundista, como por la cochinada de los propios panameños. ¡Ah! Que no somos todos, de acuerdo. Pero los cochinos son la mayoría, y de todas las clases sociales.