Calumnia e injuria
LA COMISIÓN de reformas al Código Penal recomienda endurecer las penas sobre el delito de calumnia e injuria. Estos delitos tienen que ver con la honorabilidad de las personas.
El honor es un valor espiritual de fundamental trascendencia para el individuo, para la formación de la familia y para la sociedad. No tiene -al menos no lo era así en siglos recientes- valor monetario alguno, sin embargo se propone y así lo penan numerosos países, días multa, es decir se sustituye el tiempo de prisión por una multa de carácter monetario que termina en las arcas del Estado. Lo mismo ocurre si el demandante pide sanar su honor por medio de una suma determinada. En este caso, el ofendido deja de estarlo cuando se satisface el precio de su honra.
Leyendo las increíbles noticias aparecidas sobre el tema, me llama poderosamente la atención que numerosos fallos de la Justicia fallen no en el conocimiento de la ley, sino en la aplicación del sentido común al espíritu con que las leyes fueron concebidas. "Hecha la ley hecha la trampa" reza un viejo proverbio cuyo origen se pierde en la alborada de la Historia. La interpretación pícara de la ley, muchas veces escrita o redactada para tal efecto, es a menudo la madre del Leviatán.
El honor es cosa mucho más seria que el dinero. Diría que demasiado seria para ser tenida en cuenta en esta época de hombres y mujeres light, donde la honra se vende por retazos y se compra con monedas o se termina por liquidar en baratillo de opiniones. La honorabilidad es una cualidad de la autoestima que nos guía en la consecución de nuestros deberes para con el prójimo y para nosotros mismos. Es el mérito ganado ante la opinión pública por acciones virtuosas o heroicas que trascienden a la persona. Es una línea de conducta ceñida a la ética y las buenas costumbres. Es aquello sin lo cual un hombre o una mujer dejarían de ser dignos merecedores de buena parte de su condición. ¿A qué especie pertenecería un sujeto amoral pero con poder? Tal vez al superhombre cínico de un imperio vacío.
En tiempos no muy lejanos, el precio a pagar por el agravio al honor, era la vida. Cierto es que en esto no se legitima la justicia. En el siglo pasado un famoso espadachín de caballería retó a duelo a un periodista por haberlo difamado. Como las leyes del duelo sostienen que el retado es el que escoge las armas, el periodista decidió escoger el lugar y dejó las armas al retador, éste obviamente, se decidió por espada de filo, contrafilo y punta. Cuando llegaron al lugar propuesto, la finca de un amigo del periodista, el juez del lance luego del ritual de costumbre ordenó: ¡A ustedes! En menos de tres minutos el espadachín agonizaba junto a su fama. Los numerosos periodistas y fotógrafos escondidos en la espesura del jardín dieron fe pública del desenlace del entuerto. Tiempo después se supo que el muerto había sido injusta y cruelmente calumniado.
También hay que distinguir entre calumnia e injuria. La primera falta es más seria que la segunda, entiendo que la calumnia se refiere a aquel que atribuye un delito a sabiendas que tal acusación es falsa. Según un amigo penalista consultado, es esencial que tanto el delito como la persona deban estar claramente determinados. Lo más difícil de probar es la intencionalidad o el conocimiento previo de la falsedad atribuida al calumniador. El periodista debe tener claro que cuando imputa un delito en realidad está haciendo una denuncia pública y debe ser capaz de probarlo. La infamia no es patrimonio del periodismo, también la comete el Estado, baste recordar el caso Dreyfus y el reparador fallo final que hundió el prestigio del ejército y del gobierno, pero salvó el honor de Francia.
La injuria es una expresión vertida que lesiona la dignidad de una persona perjudicando su reputación o que atenta contra su propia estima u honor. La persona que confiesa un delito, p.ej: mostrar el dinero de una coima de la que dice ser copartícipe, aunque se encuentre transitoriamente inmune, no tiene derecho a defender un honor que públicamente ya no tiene. Como vemos, penar la injuria es un absurdo, porque la autoestima de las personas varía de individuo a individuo. Sólo vale la honorabilidad que el público tiene sobre el funcionario, lo demás no cuenta.
Este código que endurece penas por calumnias e injurias es un agravio a la libertad de expresión y hará que el periodismo deje de ser la herramienta social más formidable de la democracia y deje de denunciar todo mal que lesione el honor del país y de su gente. Bueno sería que el gobierno en lugar de aumentar las penas creara una corte especial para tratar los casos que infrinjan las normas de la ética periodística y que ambos, justicia y periodistas, diriman en conjunto la pena que corresponda.
drjcal@psi.net.pa
El honor es un valor espiritual de fundamental trascendencia para el individuo, para la formación de la familia y para la sociedad. No tiene -al menos no lo era así en siglos recientes- valor monetario alguno, sin embargo se propone y así lo penan numerosos países, días multa, es decir se sustituye el tiempo de prisión por una multa de carácter monetario que termina en las arcas del Estado. Lo mismo ocurre si el demandante pide sanar su honor por medio de una suma determinada. En este caso, el ofendido deja de estarlo cuando se satisface el precio de su honra.
Leyendo las increíbles noticias aparecidas sobre el tema, me llama poderosamente la atención que numerosos fallos de la Justicia fallen no en el conocimiento de la ley, sino en la aplicación del sentido común al espíritu con que las leyes fueron concebidas. "Hecha la ley hecha la trampa" reza un viejo proverbio cuyo origen se pierde en la alborada de la Historia. La interpretación pícara de la ley, muchas veces escrita o redactada para tal efecto, es a menudo la madre del Leviatán.
El honor es cosa mucho más seria que el dinero. Diría que demasiado seria para ser tenida en cuenta en esta época de hombres y mujeres light, donde la honra se vende por retazos y se compra con monedas o se termina por liquidar en baratillo de opiniones. La honorabilidad es una cualidad de la autoestima que nos guía en la consecución de nuestros deberes para con el prójimo y para nosotros mismos. Es el mérito ganado ante la opinión pública por acciones virtuosas o heroicas que trascienden a la persona. Es una línea de conducta ceñida a la ética y las buenas costumbres. Es aquello sin lo cual un hombre o una mujer dejarían de ser dignos merecedores de buena parte de su condición. ¿A qué especie pertenecería un sujeto amoral pero con poder? Tal vez al superhombre cínico de un imperio vacío.
En tiempos no muy lejanos, el precio a pagar por el agravio al honor, era la vida. Cierto es que en esto no se legitima la justicia. En el siglo pasado un famoso espadachín de caballería retó a duelo a un periodista por haberlo difamado. Como las leyes del duelo sostienen que el retado es el que escoge las armas, el periodista decidió escoger el lugar y dejó las armas al retador, éste obviamente, se decidió por espada de filo, contrafilo y punta. Cuando llegaron al lugar propuesto, la finca de un amigo del periodista, el juez del lance luego del ritual de costumbre ordenó: ¡A ustedes! En menos de tres minutos el espadachín agonizaba junto a su fama. Los numerosos periodistas y fotógrafos escondidos en la espesura del jardín dieron fe pública del desenlace del entuerto. Tiempo después se supo que el muerto había sido injusta y cruelmente calumniado.
También hay que distinguir entre calumnia e injuria. La primera falta es más seria que la segunda, entiendo que la calumnia se refiere a aquel que atribuye un delito a sabiendas que tal acusación es falsa. Según un amigo penalista consultado, es esencial que tanto el delito como la persona deban estar claramente determinados. Lo más difícil de probar es la intencionalidad o el conocimiento previo de la falsedad atribuida al calumniador. El periodista debe tener claro que cuando imputa un delito en realidad está haciendo una denuncia pública y debe ser capaz de probarlo. La infamia no es patrimonio del periodismo, también la comete el Estado, baste recordar el caso Dreyfus y el reparador fallo final que hundió el prestigio del ejército y del gobierno, pero salvó el honor de Francia.
La injuria es una expresión vertida que lesiona la dignidad de una persona perjudicando su reputación o que atenta contra su propia estima u honor. La persona que confiesa un delito, p.ej: mostrar el dinero de una coima de la que dice ser copartícipe, aunque se encuentre transitoriamente inmune, no tiene derecho a defender un honor que públicamente ya no tiene. Como vemos, penar la injuria es un absurdo, porque la autoestima de las personas varía de individuo a individuo. Sólo vale la honorabilidad que el público tiene sobre el funcionario, lo demás no cuenta.
Este código que endurece penas por calumnias e injurias es un agravio a la libertad de expresión y hará que el periodismo deje de ser la herramienta social más formidable de la democracia y deje de denunciar todo mal que lesione el honor del país y de su gente. Bueno sería que el gobierno en lugar de aumentar las penas creara una corte especial para tratar los casos que infrinjan las normas de la ética periodística y que ambos, justicia y periodistas, diriman en conjunto la pena que corresponda.
drjcal@psi.net.pa