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Cambio de rumbo


Las noticias publicadas la semana pasada en los órganos de la prensa nacional presentan el cuadro ominoso de un país en crisis, con graves problemas que reclaman la acción coherente del sector público y del sector privado en todos los ámbitos de nuestra geografía física, política y moral.
Bastaría mencionar algunas de estas noticias para medir la dimensión del escenario a que nos referimos. Un prominente hombre de empresa, que comparte las responsabilidades del gobierno, declaró crudamente que "una sola cosa puede dañar la administración Moscoso: El conocido grupito de maleantes -disfrazados de empresarios, banqueros, diplomáticos, etc., que tiene la gran habilidad de incrustarse en todo gobierno para servirse del Estado". (La Prensa, lunes 28 de mayo). Los "asesores se convierten en cómplices por omisión de una serie de actos delictivos". (La Prensa, miércoles 30 de mayo).
La intrusión en el escenario político de promotores de negocios privados no es un fenómeno nuevo en nuestro país ni exclusivo de éste. Pero su anormalidad es intrínseca. No creo que a nadie se le ocurriría explicar este tipo de situaciones como un reflejo de lo económico disputándole espacio a lo político. La utilización de poder político para fines de enriquecimiento personal es un síntoma alarmante, especialmente cuando se da en un cuerpo quebrantado como lo está la sociedad panameña a causa de una situación muy crítica que aún no encuentra su nombre apropiado.
La discrepancia de las cifras que dan el sector público y el sector privado sobre el nivel de crecimiento de la actividad económica del primer trimestre de este año son desconcertantes. En tanto que la Contraloría General apunta un crecimiento de 1.6% y el Ministerio de Economía y Finanzas pronostica una tasa de 3%, la firma INDESA y la Asociación Panameña de Ejecutivos de Empresa (APEDE) coinciden en registrar una caída de menos -1%. (El Panamá América, jueves 31 de mayo).
Esta crisis tiene exegetas, pero no tiene padrinos. Se apunta que ya no se trata de "desaceleración" y que el país se encuentra frente a una "contracción". Sin embargo, en opinión de un respetado economista, el problema de la "desaceleración" rebasó hace algún tiempo ese límite, para convertirse en una "seria recesión". (El Universal, lunes 28 de mayo). Por su parte, el pueblo panameño se pregunta todos los días si los problemas que lo afectan durarán por corto o por largo tiempo. También se impone, de suyo, la pregunta acerca de las causas de esta crisis: ¿Son coyunturales? ¿Son estructurales?
Es evidente que la responsabilidad, la obligación de responder a estas preguntas no recae solamente en los economistas. En nuestro país hay muchos dotados de sólida formación y de vigorosos sentimientos patrióticos que actúan de buena fe y las más de las veces lo hacen con brillo y con acierto. Pero aunque lo económico parece muchas veces suficientemente gravitante en la vida de los pueblos como para desplazar a lo político de su podio de jerarquía, la definición de los problemas panameños no se encuentra solamente en el vocabulario ni en los factores económicos.
El filósofo español Xavier Zubiri decía que la definición de una cosa es requisito para su comprensión, para su conocimiento. La definición de las cosas es requisito para que la acción sobre estas cosas tenga eficacia operativa. Cuando en Panamá queremos señalar una situación de enredo o desorden generalizado recurrimos a la palabra desbarajuste. En otros países utilizan el término "pelea de perros". Creo que adoptar éste sería más apropiado para definir la situación actual en nuestro país.
El pasado 15 de enero comenté en esta columna, las reflexiones que sobre el panorama socioeconómico del país hicieron los obispos panameños en la Carta Pastoral de la Conferencia Episcopal. Cabe recordar que, sin rodeos, los prelados señalaron que "Los índices anotan una desaceleración de la economía y, lamentablemente, se ven confirmados por realidades que reflejan un panorama de angustia en gran parte de la población: empresas intervenidas por las entidades acreedoras o en proceso de concordato, cierre de fuentes de trabajo, despidos masivos en el sector público y privado con el creciente aumento de la tasa de desempleo, restricciones impuestas por los organismos internacionales, aumento en las tarifas de los servicios públicos, fluctuación en los precios del combustible, aumento del valor de la canasta básica familiar". La Iglesia ha señalado recientemente la necesidad de cambiar el modelo de desarrollo en Panamá agregando que ese cambio supone un cambio en las actitudes, en las conductas de los panameños.
No puede negarse el impacto que ha tenido el hecho de que la presidenta Moscoso hiciera saber el viernes pasado su decisión de "cambiar su estrategia de gobierno". (El Panamá América, viernes 1° de junio). ¿ Alcanzaría tan importante resolución de la Primera Mandataria la ambiciosa aspiración de cambiar el modelo de desarrollo y emprender la realización de un gran proyecto nacional basado en la consulta, la concertación y la coordinación del gobierno, la empresa privada y la sociedad civil?.
Todos sabemos, y anticipamos, que semejantes cambios no se pueden dar de la noche a la mañana y que necesitan una base de consensos. En Panamá -al igual que en el resto del mundo- no hay cuestiones o disensiones que separan verticalmente a la sociedad. Pero no hay duda de que esa separación se produce transversalmente y que gobernar exige administrar y resolver los problemas nacidos de esas nuevas divisiones. Es decir, le corresponde al gobierno, a la clase política primeramente buscar y encontrar los métodos, los caminos para producir los consensos necesarios. No le falta razón a quienes sostienen que "la mayor desgracia de Panamá ha sido la ausencia de una visión integral del desarrollo nacional por parte de quienes han detentado el poder político y económico en el país". (El Universal, lunes 28 de mayo).
Esos consensos nunca pueden darse en el vacío. Es necesario el concurso de todos. Para obtenerlo hay que crear las confianzas básicas y las adhesiones imprescindibles. En vez de un tráfico incontrolable de influencias, el país entero está necesitando de un tráfico benéfico de ideas y de proyectos que conduzcan al reencuentro, a la convergencia, a los acuerdos.
La crisis de la que todo el mundo habla es real. Con razón o equivocadamente, la mayoría de los ciudadanos piensan que se trata de una crisis localizada, especialmente en el sector político y en el sector económico.
Los nuevos desarrollos de la economía y la sociología mundial indican que en todos los países, en todas las sociedades hay que hacer cambios, ajustes. En las Naciones Unidas, foro por excelencia, se discutió, en la década de los ochenta, intensa y extensamente acerca de los desafíos y peligros que planteaban esos cambios, esos ajustes denominados "ajustes estructurales".
Los países en desarrollo pelearon encarnizadamente para que esos "ajustes" tuvieran un rostro humano. Con el correr de los años se ha visto que esa batalla ni se ganó ni se perdió totalmente. Porque la lucha continúa. Es una lucha cuyo enemigo más temible es toda actitud, toda idea, todo proyecto que trate de sacar al ser humano del centro para poner allí al sistema. Miremos las cosas claramente. Tratemos de definirlas acertadamente. No permitamos que las cosas sigan deteriorándose hasta el punto de que el país entero se enferme de esquizofrenia, dando lugar a la aparición de una sociedad dividida entre los que gobiernan y los que son gobernados, entre los que hacen beneficios y los que no tienen recursos, entre los que sienten que vivir en Panamá es una bendición y los que resienten que la vida se está convirtiendo en un dolor y urgencia cuyo alivio y satisfacción no son posibles.
Los responsables de la cosa pública, la empresa privada y la sociedad civil no pueden eludir las responsabilidades que le caben para cooperar en la solución efectiva de la grave crisis nacional que amenaza la estabilidad del país.

101 años de Panamá América

 
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