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Cambio hombres por humanos


Cada día es igual, la encorvada viejecita recorre los callejones y basureros en busca de cualquier cosa que sea reciclable para vendérsela a un pequeño negocio, dedicado a esos menesteres. Lo que para algunos es inservible, para ella es su sustento diario.
A la ancianita no le importa lo que piensen los curiosos del barrio; ella no es una demente, sino "alguien que nunca tuvo hijos ni marido" y cuyos familiares la abandonaron en la calle. Habla sin amargura, mientras acomoda con dificultad su canosa cabellera enhiesta como alambre de espinos.
Viste un sucio traje desteñido y calza unas desgastadas chancletas, que uno de esos días buenos, encontró tiradas en un tanque de basura, próximo a un almacén ubicado en la peatonal. Duerme bajo las escaleras de un caserón condenado -habitado por malvivientes-, donde aguanta como pueda las frías madrugadas, y se asea en el baño de un billar, cercano al parque de Santa Ana.
Su único temor es a los piedreros, por lo demás le agradece a Dios, la aparente fortaleza física que posee, a pesar de sus 75 años, pero confiesa que durante el invierno le duelen un poco las piernas. No fantasea con la Navidad y el Año Nuevo, no espera una comida con pavo o jamón, ni regalos costosos, sólo desearía la compañía de algún pariente, aunque ya anuló esa posiblidad.
222El prójimo son los hijos, los enfermos y los ancianos menospreciados. O las minorías marginadas, como los indígenas, e incluso los discapacitados.
El novelista británico Graham Green dijo en una ocasión que "ser humano también es un deber". Sin duda, aludía a los sentimientos como la compasión o la solidaridad hacia el prójimo. Hacia aquel que culebrea con pericia entre los carros, para rogarte por una moneda que te agradece con una sonrisa sin dientes, hacia el desempleado convertido en vendedor ambulante cuya mercancía te ofrece a precios ridículos, que insistes en regatear.
El prójimo son los hijos, los enfermos y los ancianos menospreciados. O las minorías marginadas, como los indígenas, e incluso los discapacitados. Quizás todos los males sociales perduran por el incumplimiento del "deber de ser humanos", que al final, tiene consecuencias nefastas dirigidas al propio hombre.
Quien es capaz de ser un humano verdadero no consiente la injusticia, la crueldad, la discriminación y la insensibilidad. Se preocupa por la gente y la vida, en general. Y si, por ejemplo, los gobernantes se distinguieran por tales atributos, contribuirían al surgimiento de nuevas sociedades, exentas de ambiciones desmedidas. Ni siquiera existiría la mala distribución de la riqueza, la explotación de los trabajadores, la alta incidencia de desnutridos y el incesante aumento del costo de la vida, siempre en disparidad con los bajos salarios.
Este mes de diciembre es oportuno para restablecer los sentimientos sublimes, que por una u otra causa son reemplazados por acciones criticables. Nacemos como hombres, pero podríamos demorar toda una vida hasta llegar a ser humanos.

101 años de Panamá América

 
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