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Caminando


Seguiremos caminando  en la Cuaresma del 2008. Agradezco las observaciones sobre el artículo de la semana pasada. Debemos atribuírselo a los tropiezos del uso del ordenador y sus programas de correo. Otro era el artículo y presentamos el que salió que, por cierto, ha merecido comentarios favorables, para mi sorpresa.

La Cuaresma en serio comenzó, al menos a  nivel nacional, con las romerías al Señor Nazareno de Atalaya. Por más que muchos están intentando ridiculizar, minimizar las expresiones piadosas populares tradicionales, la devoción continúa y, para admiración de todos, quienes peregrinan, según pudimos observar, en su mayoría, eran grupos de jóvenes que venían cada uno a su ritmo; y me estoy refiriendo sólo al sábado de cenizas al caer la tarde.

Sin ningún respeto humano, jóvenes solteros de ambos sexos, y casados en parejas, incluso con sus bebés, peregrinaban devotos con paso firme al margen de la carretera mandándole un mensaje a los que hacen mofa de esto, de que al menos ellos creen en lo que les han sido enseñado por tradición.

Ya en la Basílica Menor aunque el sábado la asistencia es menor, con todo la multitud presente participaba en las distintas Eucaristías que por horario se fueron celebrando y en las que inspiradas homilías llenas de fervor alimentaban la fe sencilla de las multitudes.

Notable es el ejercicio de la reconciliación de personas que fluyen de todos los rincones del país a su confesión anual.

Me decía un colega bromeando que la Atalaya se había convertido en el confesonario de la República, porque allí fluían indígenas, campesinos, capitalinos, provincianos e, incluso, anglófonos.

Claro está que esto no es suficiente; aunque se hayan congregado multitudes, mucho nos queda por hacer y, sobre todo, en la vida práctica diaria en donde se debe proyectar y manifestar el cambio que necesita este país en todas nuestras actitudes, pues todo no es avaricia, ni vanidad, ni sexualidad, ni carnavales.

Hay muchas cosas por hacer y las tenemos que hacer nosotros mismos, sin esperar a que otros nos las vengan a hacer. Y para eso hay que cambiar a la luz de la fe.

Y si los posibles candidatos creyentes participaron, que ojalá les haya quedado algo de lo que el Espíritu derramó sobre todos los que asistieron a ese jubileo anual.

101 años de Panamá América

 
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