Caminando sobre la cuerda floja
En 1990, Alberto Fujimori logró, para sorpresa de los entendidos políticos, la hazaña de surgir de la nada para hacerse con el triunfo electoral y conquistar la presidencia del Perú. Cinco años después repitió su victoria al conseguir un segundo mandato, por mayoría absoluta.
Hace sólo unos meses, después de doblegar las resistencias a su tercera postulación, gracias a una acomodaticia interpretación constitucional, parecía encaminado a una segunda victoria electoral. Sin embargo, hoy, las cosas no están tan claras. Hay muy pocas posibilidades de que logre la mayoría necesaria para evitar la celebración de una segunda vuelta. Y si hay segunda vuelta, la posibilidad de ser derrotado es más real que teórica.
En Venezuela, hace exactamente un año, el coronel Chávez se montó sobre la desesperación de un pueblo acosado por la pobreza y el desencantado de las dirigencias políticas tradicionales, para obtener una aplastante victoria electoral que le permitió, prácticamente sin oposición y a su antojo, forzar la creación de una asamblea constituyente y la aprobación de una nueva Constitución que institucionaliza una "presidencia imperial", diseñada a la medida de sus aspiraciones de convertirse en un "dictador constitucional" y ejercer el poder por dos períodos de seis años, al volver a presentarse como candidato en los nuevos comicios que se realizarán el próximo mes de mayo.
Cuando el presidente Chávez tomó la decisión de volver a presentarse como candidato, lo hizo convencido de que no existía el menor riesgo de perder. Hoy no creo que esté tan seguro. Hay indicios de que un sector muy importante del pueblo venezolano pudiera estar sopesando los peligros que conlleva la continuación en el poder del coronel Chávez, cuyas muestras de intolerancia hacia sus opositores y proclividades dictatoriales se han puesto de manifiesto con demasiada visibilidad durante el año que ha ejercido el poder.
Muchos sectores de la vida venezolano preocupados por el futuro de su país bajo el mandato del presidente Chávez, han decidido apoyar la candidatura alterna de su principal rival, el coronel Arias, a partir de su antecedente de haber sido el socio del golpe armado que en 1992 encabezó el actual presidente y, hasta hace muy poco, su compañero de tolda política.
Hace apenas un par de meses el camino a la reelección del coronel Chavez parecía libre de obstáculos; hoy, el panorama se ve bastante confuso. Al igual que ocurre con su colega peruano, la posibilidad de la derrota en las urnas ya no es sólo un sueño de sus opositores.
En México, después de más de sesenta años de ejercicio ininterrumpido del poder, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) enfrenta la posibilidad real de la derrota electoral. Su candidato, producto como todos sus predecesores de los resortes que controlan el poder económico y político en la nación azteca, tiene condicionadas sus esperanzas de victoria a que el tercer candidato en la liza, el señor Cárdenas, el hijo de legendario ex-presidente Lázaro Cárdenas, consiga una votación significativa.
El PRI ya recibió un aviso contundente cuando perdió su control absoluto de la Cámara de Diputados en las últimas elecciones parlamentarias.
Desde que la supervisión de las elecciones mexicanas está bajo el control de un organismo independiente, no controlado por el PRI, han desaparecido las otroras sospechosas victorias electorales del partido gobernante que eran la rutina en la política de ese país.
La hegemonía indiscutida del PRI mexicano comenzó a resquebrajarse hace rato. Los escándalos protagonizados por muchas de sus figuras más conspicuas, parecen haberle abierto los ojos a un electorado que ahora está dispuesto a explorar nuevas posibilidades y a considerar la sustitución del engranaje político y económico que ha gobernado México por más de seis décadas.
En resumidas cuentas, en los tres procesos electorales que comenzarán por las elecciones peruanas, ya no hay favoritos indiscutidos, pues los que parecían serlos caminan sobre la cuerda floja.
En el caso mexicano, la posible derrota del PRI habría que entenderla como producto del cansancio de su electorado frente a un modelo de hacer política que perciben como agotado.
En el caso del Perú, también podría considerarse que el largo ejercicio del poder por el señor Fujimori ha saturado a sus ciudadanos y que éstos no sienten motivación para renovarle su mandato.
Pero en el caso venezolano, si el señor Chávez pierde, habría que entender que el temor que ha generado su particular estilo de gobernar alertó al electorado, motivándolo a recapacitar sobre los peligros de ratificar una presidencia imperial.
Hace sólo unos meses, después de doblegar las resistencias a su tercera postulación, gracias a una acomodaticia interpretación constitucional, parecía encaminado a una segunda victoria electoral. Sin embargo, hoy, las cosas no están tan claras. Hay muy pocas posibilidades de que logre la mayoría necesaria para evitar la celebración de una segunda vuelta. Y si hay segunda vuelta, la posibilidad de ser derrotado es más real que teórica.
En Venezuela, hace exactamente un año, el coronel Chávez se montó sobre la desesperación de un pueblo acosado por la pobreza y el desencantado de las dirigencias políticas tradicionales, para obtener una aplastante victoria electoral que le permitió, prácticamente sin oposición y a su antojo, forzar la creación de una asamblea constituyente y la aprobación de una nueva Constitución que institucionaliza una "presidencia imperial", diseñada a la medida de sus aspiraciones de convertirse en un "dictador constitucional" y ejercer el poder por dos períodos de seis años, al volver a presentarse como candidato en los nuevos comicios que se realizarán el próximo mes de mayo.
Cuando el presidente Chávez tomó la decisión de volver a presentarse como candidato, lo hizo convencido de que no existía el menor riesgo de perder. Hoy no creo que esté tan seguro. Hay indicios de que un sector muy importante del pueblo venezolano pudiera estar sopesando los peligros que conlleva la continuación en el poder del coronel Chávez, cuyas muestras de intolerancia hacia sus opositores y proclividades dictatoriales se han puesto de manifiesto con demasiada visibilidad durante el año que ha ejercido el poder.
Muchos sectores de la vida venezolano preocupados por el futuro de su país bajo el mandato del presidente Chávez, han decidido apoyar la candidatura alterna de su principal rival, el coronel Arias, a partir de su antecedente de haber sido el socio del golpe armado que en 1992 encabezó el actual presidente y, hasta hace muy poco, su compañero de tolda política.
Hace apenas un par de meses el camino a la reelección del coronel Chavez parecía libre de obstáculos; hoy, el panorama se ve bastante confuso. Al igual que ocurre con su colega peruano, la posibilidad de la derrota en las urnas ya no es sólo un sueño de sus opositores.
En México, después de más de sesenta años de ejercicio ininterrumpido del poder, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) enfrenta la posibilidad real de la derrota electoral. Su candidato, producto como todos sus predecesores de los resortes que controlan el poder económico y político en la nación azteca, tiene condicionadas sus esperanzas de victoria a que el tercer candidato en la liza, el señor Cárdenas, el hijo de legendario ex-presidente Lázaro Cárdenas, consiga una votación significativa.
El PRI ya recibió un aviso contundente cuando perdió su control absoluto de la Cámara de Diputados en las últimas elecciones parlamentarias.
Desde que la supervisión de las elecciones mexicanas está bajo el control de un organismo independiente, no controlado por el PRI, han desaparecido las otroras sospechosas victorias electorales del partido gobernante que eran la rutina en la política de ese país.
La hegemonía indiscutida del PRI mexicano comenzó a resquebrajarse hace rato. Los escándalos protagonizados por muchas de sus figuras más conspicuas, parecen haberle abierto los ojos a un electorado que ahora está dispuesto a explorar nuevas posibilidades y a considerar la sustitución del engranaje político y económico que ha gobernado México por más de seis décadas.
En resumidas cuentas, en los tres procesos electorales que comenzarán por las elecciones peruanas, ya no hay favoritos indiscutidos, pues los que parecían serlos caminan sobre la cuerda floja.
En el caso mexicano, la posible derrota del PRI habría que entenderla como producto del cansancio de su electorado frente a un modelo de hacer política que perciben como agotado.
En el caso del Perú, también podría considerarse que el largo ejercicio del poder por el señor Fujimori ha saturado a sus ciudadanos y que éstos no sienten motivación para renovarle su mandato.
Pero en el caso venezolano, si el señor Chávez pierde, habría que entender que el temor que ha generado su particular estilo de gobernar alertó al electorado, motivándolo a recapacitar sobre los peligros de ratificar una presidencia imperial.