Campaña electoral deplorable
Deplorables las campañas que, en general, adelantan los candidatos en un sistema electoral que ha devenido en exigente de cuantiosos recursos económicos que no pueden costear sino quienes tienen mucho dinero o quienes tienen el respaldo de acaudalados mecenas que después habrán de pasar sus facturas, si es que desde ahora no se han hecho dar letras de cambio políticas.
Carentes de contenido y de mensajes, sin compromisos ni docencia, son un insulto a la inteligencia de los electores.
Yo estoy con fulano, dice un desconocido ciudadano, con toda la autoridad que le dio el conocimiento de las letras hasta un tercer grado, como si fuera un preparado consultor.
Yo apoyo de corazón, dice otra activista que habría hecho mejor en decir que lo hacía con la inteligencia, aunque el anuncio publicitario no proyectara tal cosa. No lo hace porque, se dice, hay más electores emotivos que racionales y los publicistas tienen en poco hacer contribuciones docentes, son pragmáticos.
Yo, decía la publicidad de otro precandidato, no digo, escucho, lo que en sí mismo no constituye una propuesta, aunque sea necesario escuchar y revele buenas maneras.
En los escasos debates habidos, debo ponderar la altura, pero las propuestas tienen olor a ligereza y acarameladas invitaciones al voto, antes que a sesudas soluciones.
Los cartoncillos engomados, gorras, volantes y chucherías de propaganda política, se reparten en las avenidas entorpeciendo el tráfico, el retorno a casa y las actividades productivas al son de bullangueras bocinas, y es que para los políticos de hoy, los electores somos un jurado calificador de piezas de regué, salsa o mambo, prestos a dar nuestro voto al más escandaloso rapeador de toldo.
Si contabilizáramos que a cada joven curvilínea con amplio escote, blusa con vista de ombligo y pantaloncito apretado, le deben reconocer así sea cinco balboas diarios por repartir propaganda, podemos concluir que habrá millones gastados para cuando se proclamen los ganadores de las elecciones, quienes no los habrán desembolsado por altruismo ni vocación de servicio, sino como inversión. Preparémonos, pues, para el más corrupto de todos los gobiernos desde los albores de la República. Está a la vuelta de la esquina. Incluirá presidente, diputados, alcaldes y representantes; sin duda habrá excepciones, pero la regla general será la de reclamar los dividendos por las "inversiones" efectuadas durante la campaña electoral, desde la administración pública.
El problema es muy serio, pues a la situación descrita hay que añadir el escaso conocimiento sobre el concepto del Estado y sus funciones, de la administración pública y sus diferencias con la empresa privada, de la discrecionalidad (que no lo es) de que disponen los funcionarios, de la búsqueda del bien común para beneficio de la gente, del ejercicio de la autoridad (lleno de limitaciones y condiciones), de que la elección no es para mandar sino para servir y tantas otras deficiencias en nuestra formación como ciudadanos que sin cursos acelerados e intensos sobre ciencia política y teoría del Estado, que no los habrá, nuestras autoridades electas harán con frecuencia mal lo que no saben cómo se hace bien.
Tan grave se perfila el futuro, que sin dudas afirmo que si no tomamos medidas inmediatas para conferir poder y autoridad a funcionarios probos y rectilíneos que tengan el carácter de prevenir excesos y negociados, además de las modificaciones que tenemos que introducir al sistema electoral en temas como la subvención a los partidos y candidatos y el tope al gasto de las campañas, nos convertiremos en la perla turbia del continente y en sede de bandas de delincuentes nacionales e internacionales, como en su tiempo lo fuera la Isla de Tortuga para los piratas del Caribe.