Campañas perpetuas y perversas
L as elecciones presidenciales mostraron que, a partir de ahora, ninguna figura pública podrá escapar del acoso mediático y la exposición total del lado oscuro de su vida (pasado e intimidades) al apetito morboso de un espectador hambriento de revelaciones picantes. No habrá límites. Por eso los astutos políticos actuarán siempre como si estuviesen en un permanente “reality show” y contaminarán lo que hagan con sus campañas perpetuas y perversas.
Por el momento ya sabemos quiénes ganaron, cuántos votaron y quién perdió. Pero nada más. Otras preguntas no están tan claras: ¿por qué votaron?, ¿qué creen que va a cambiar? La dificultad en hallar las respuestas se debe a que los expertos de campaña convirtieron el ámbito de lo político en una nebulosa ficción, donde nada es totalmente verdad o completamente mentira. Sólo lo parece. Como se parecen también los electores, tal como lo dijo Lina Vega en uno de sus artículos.
Sociológicamente hablando, las elecciones se desarrollaron como si se tratase de un partido de fútbol, donde había muchos jugadores pero sólo un balón al que había que patear para alcanzar la meta. El campo de juego: Panamá entera. Por eso tuvieron que pelearse como locos. Hubo gritos, vítores, llantos y latazos; dieron y esquivaron golpes y saltaron (¡colchones!) para llegar a la Presidencia. Los espectadores pagaron por este espectáculo un millón 627 mil votos, el 60% fue para Martinelli. La obsesión por el triunfo condujo a los candidatos a extremos ridículos. Pero como el asunto se montó en plan divertimiento, los expertos lograron neutralizar el lado mortal de sus candidatos.
En resumen, la campaña de Balbina Herrera (PRD) resultó tardía, tradicional y, para los tiempos que corren, excesivamente ingenua. Por su parte, la del presidente electo Ricardo Martinelli (CD), fue persuasiva, ingeniosa, costosa y, sobre todo, perversa.
En Panamá las campañas estuvieron meticulosamente diseñadas para que la gente piense que los políticos creen en lo que dicen. En ese mundo virtual de engaños e ilusiones, la propaganda fue la principal fuente de información de los electores. Los políticos hablaron el lenguaje de los eslóganes. Ricardo Martinelli y Juan Carlos Navarro fueron los mejores exponentes de esta enfermiza escuela mediática. Cuando les preguntaban sobre la calidad educativa, miraban la cámara, ignoraban la pregunta y se adentraban a una dimensión desconocida. En esta babeliana nación nadie se enteró de lo que realmente pensaban. Sus defensores sólo atinaban a negar haber visto lo que vieron, asegurar que no oyeron lo que escucharon y argumentar que su candidato no dijo lo que dijo.
El mundo mágico de los políticos responde a la presión de los fundamentalistas mediáticos, que consideran que estamos ante una nueva especie de electores que hacen “zap” en cualquier momento. Por eso los entretienen. La presencia en los medios de Balbina y Martinelli se expresó con el dualismo propio de las caricaturas de Hanna/Barbera, Tom y Jerry; espasmos perversos de dibujos animados. Y los candidatos, al igual que éstos personajes de historietas, no necesitaron del lenguaje hablado para atraer al público. Sus gestos y mímicas bastaron. Así, animados con el único placer de atormentar a su contrario, iban dejando detrás de sus confusas y bizarras confrontaciones un terrible caos entre el público. Una lucha que no da indicios de extinguirse.
Balbina Herrera inició campaña para el 2014 el mismo día que perdió. Por favor, ¡pónganse a trabajar y a rendir cuentas! Los espectadores quedaron hartos. También nuestra democracia quedó agotada por las prácticas cínicas e imprudentes de quienes abusaron de la libertad de expresión. ¿Acaso estemos mejor informados y más interesados en la política? Por supuesto que no. El logro de las campañas políticas fue haber convertido las elecciones en un acto macondiano o, si se quiere, un cuento chino.