Campañas políticas
DESVENTURADAMENTE, los hombres pierden el sentido de la caballerosidad y hasta del honor en medio del fragor de las campañas políticas. Lejanas están aún las próximas elecciones, y a diario afloran las acres censuras y discusiones entre los rivales. Campea la diatriba. Pareciera que nos sumimos en una densa defensa de la ofensa.
Los que no habían alcanzado aún la edad de la razón pueden sentirse satisfechos de no haber tenido que presenciar la campaña política del año 1967. El panorama fue tan triste como nauseabundo. Se ofendió a las familias; se puso en duda la reputación varonil de varias personas y hasta la legitimidad de un nacimiento por el posible origen de una relación pecaminosa en el turbión de la infidelidad. Compadres hubo que se aborrecieron y cuñados que se distanciaron. A uno que insultaba a otro negándole los atributos de la caballerosidad y la decencia, el ofendido le publicaba una carta que en el pasado le habían enviado el ofensor colmándolo de loas. Aquello fue un espectáculo, al unísono, de circo en infierno. Disparos contra el auto de un ministro de Gobierno y Justicia causaron la muerte de su conductor. Escasamente hubo improperio que escapara de ser proferido. Hubo ladrones vociferando contra ladrones, pero eso era tan solo para eliminar la competencia.
De allá para acá no se ha repetido campaña igual, venturosamente. Pero es de temer que los ánimos, al paso que estamos yendo, se caldén. Preocupa pensar que, aunque en menor grado, el triste espectáculo de 1967 se repita. El hombre debe aprender a morigerar su conducta y cuidar su imagen.
Hay políticos que a la hora del escrutinio, las pagarán. Sus actuaciones en el pasado fueron tan ingratas, que la memoria de ellas constituirá en la colectividad el mayor escollo para el logro de sus pretensiones. Lo que hicieron o no en el ayer los mantendrá prisioneros, irremisiblemente, a perpetuidad, porque nadie puede escapar de su propia sombra.
(*) Analista político argentino.
www.aipenet.com
Los que no habían alcanzado aún la edad de la razón pueden sentirse satisfechos de no haber tenido que presenciar la campaña política del año 1967. El panorama fue tan triste como nauseabundo. Se ofendió a las familias; se puso en duda la reputación varonil de varias personas y hasta la legitimidad de un nacimiento por el posible origen de una relación pecaminosa en el turbión de la infidelidad. Compadres hubo que se aborrecieron y cuñados que se distanciaron. A uno que insultaba a otro negándole los atributos de la caballerosidad y la decencia, el ofendido le publicaba una carta que en el pasado le habían enviado el ofensor colmándolo de loas. Aquello fue un espectáculo, al unísono, de circo en infierno. Disparos contra el auto de un ministro de Gobierno y Justicia causaron la muerte de su conductor. Escasamente hubo improperio que escapara de ser proferido. Hubo ladrones vociferando contra ladrones, pero eso era tan solo para eliminar la competencia.
De allá para acá no se ha repetido campaña igual, venturosamente. Pero es de temer que los ánimos, al paso que estamos yendo, se caldén. Preocupa pensar que, aunque en menor grado, el triste espectáculo de 1967 se repita. El hombre debe aprender a morigerar su conducta y cuidar su imagen.
Hay políticos que a la hora del escrutinio, las pagarán. Sus actuaciones en el pasado fueron tan ingratas, que la memoria de ellas constituirá en la colectividad el mayor escollo para el logro de sus pretensiones. Lo que hicieron o no en el ayer los mantendrá prisioneros, irremisiblemente, a perpetuidad, porque nadie puede escapar de su propia sombra.
(*) Analista político argentino.
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