Canadá y Cuba
Canadá es el principal inversor en Cuba. El comercio bilateral asciende a 670 millones de dólares y más de cien mil canadienses visitan la isla antillana en busca de sol, ron y experiencias con una sociedad y una cultura distinta a la propia. Con estos antecedentes, el Primer Ministro canadiense Jean Chretien, caracterizado por su independencia política, efectuó una visita oficial a la isla en la que, a la par que afianzó las relaciones diplomáticas y comerciales, sirvió para apreciar la voluntad del régimen cubano sobre posibles cambios políticos.
Las conversaciones de Chretien y Castro sobre la posible indemnización a una empresa canadiense expropiada quizás es el punto de análisis más detenido en Estados Unidos. Como sabemos, el foco crítico de las relaciones de Cuba con Estados Unidos y otros países es el rechazo a indemnizar a las empresas confiscadas a partir de 1960. Tal vez se está abriendo una puerta herméticamente cerrada a lo largo de más de treinta años.
Tal vez si Cuba se llega a comprometer al pago de indemnizaciones podría levantarse el bloqueo norteamericano y se posibilitaría su normalización de relaciones comerciales con el mundo entero. Se conoce que empresas norteamericanas tienen planes de inversión en Cuba que no pueden materializar por el bloqueo. Pero se debe admitir que Cuba se ha autobloqueado comercialmente, entre otras cosas, por su negativa a indemnizar las expropiaciones.
Por otro lado, no se han registrado cambios importantes en el aspecto político en las conversaciones oficiales entre Chretien y Castro. El canadiense solicitó la liberación de determinados presos políticos. El cubano respondió sibilinamente que, mientras perdure el bloqueo, no deben esperarse cambios políticos, como una señal dirigida más a Estados Unidos que a Canadá. Desbloqueo comercial para poder materializar el desbloqueo político es la oferta más específica propuesta por Castro, desde la visita del Papa. Probablemente se están delineando con más claridad las condiciones para que negociadores norteamericanos y cubanos se sienten en la mesa para explorar las posibilidades de un nuevo status que satisfaga a las partes.
El diálogo entre Canadá y Cuba se sincroniza con la reiteración del planteamiento de México, apoyado por otros países, para el retorno de Cuba a la OEA. Quizás ha llegado el momento de revisar objetivamente el fin del aislamiento cubano, a la luz del contexto político postguerra fría. Cierto es que todos los estados del hemisferio tienen igualdad de derechos para formar parte de la organización. Cierto es que el pueblo cubano sufre los rigores del bloqueo. Pero no es menos cierto que en Cuba no existen elecciones democráticas, que los derechos humanos brillan por su ausencia, y que, en conjunto, no reúne los requisitos de la democracia representativa moderna, condición sine qua non para regresar a la OEA.
La negociación sobre Cuba deberá plantearse en términos de flexibilidad en sentido opuesto a la rígida polarización de la guerra fría. Desbloqueo comercial y político, ingreso de Cuba a la modernidad en todos los sentidos, deberían constituirse en los pilares de una futura negociación entre la OEA y el régimen antillano, aislado por presiones externas, pero también por la intransigencia cubana. Resultaría un acto de incongruencia mayúsculo aceptar sin más ni más la reincorporación de un Estado que se resiste a aceptar las transformaciones que se operan en el mundo, específicamente en los países que fueron regidos por el marxismoleninismo, obsoleto y anacrónico en la ex Unión Soviética y sus exsatélites.
Las conversaciones de Chretien y Castro sobre la posible indemnización a una empresa canadiense expropiada quizás es el punto de análisis más detenido en Estados Unidos. Como sabemos, el foco crítico de las relaciones de Cuba con Estados Unidos y otros países es el rechazo a indemnizar a las empresas confiscadas a partir de 1960. Tal vez se está abriendo una puerta herméticamente cerrada a lo largo de más de treinta años.
Tal vez si Cuba se llega a comprometer al pago de indemnizaciones podría levantarse el bloqueo norteamericano y se posibilitaría su normalización de relaciones comerciales con el mundo entero. Se conoce que empresas norteamericanas tienen planes de inversión en Cuba que no pueden materializar por el bloqueo. Pero se debe admitir que Cuba se ha autobloqueado comercialmente, entre otras cosas, por su negativa a indemnizar las expropiaciones.
Por otro lado, no se han registrado cambios importantes en el aspecto político en las conversaciones oficiales entre Chretien y Castro. El canadiense solicitó la liberación de determinados presos políticos. El cubano respondió sibilinamente que, mientras perdure el bloqueo, no deben esperarse cambios políticos, como una señal dirigida más a Estados Unidos que a Canadá. Desbloqueo comercial para poder materializar el desbloqueo político es la oferta más específica propuesta por Castro, desde la visita del Papa. Probablemente se están delineando con más claridad las condiciones para que negociadores norteamericanos y cubanos se sienten en la mesa para explorar las posibilidades de un nuevo status que satisfaga a las partes.
El diálogo entre Canadá y Cuba se sincroniza con la reiteración del planteamiento de México, apoyado por otros países, para el retorno de Cuba a la OEA. Quizás ha llegado el momento de revisar objetivamente el fin del aislamiento cubano, a la luz del contexto político postguerra fría. Cierto es que todos los estados del hemisferio tienen igualdad de derechos para formar parte de la organización. Cierto es que el pueblo cubano sufre los rigores del bloqueo. Pero no es menos cierto que en Cuba no existen elecciones democráticas, que los derechos humanos brillan por su ausencia, y que, en conjunto, no reúne los requisitos de la democracia representativa moderna, condición sine qua non para regresar a la OEA.
La negociación sobre Cuba deberá plantearse en términos de flexibilidad en sentido opuesto a la rígida polarización de la guerra fría. Desbloqueo comercial y político, ingreso de Cuba a la modernidad en todos los sentidos, deberían constituirse en los pilares de una futura negociación entre la OEA y el régimen antillano, aislado por presiones externas, pero también por la intransigencia cubana. Resultaría un acto de incongruencia mayúsculo aceptar sin más ni más la reincorporación de un Estado que se resiste a aceptar las transformaciones que se operan en el mundo, específicamente en los países que fueron regidos por el marxismoleninismo, obsoleto y anacrónico en la ex Unión Soviética y sus exsatélites.