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Caos citadino


Los pueblos en general no aprecian a los gobernantes previsores sino hasta después de muertos. El ejemplo del Dr. Belisario Porras y el Hospital Santo Tomás -llamado en sorna "El Elefante Blanco"- es uno de los más conocidos; la construcción de alcantarillados por el presidente Ernesto De la Guardia fue otra obra ingrata, al punto que Ernestito -como se le conocía por amigos y adversarios- dijo medio en broma y medio en serio "He enterrado mi obra de gobierno".

Tal vez por lo anterior los gobernantes no se atreven a hacer obras cuyo resultado se verá en muchos años. Esa alergia a la previsión nos ha producido la congestión citadina que padecemos. Otra razón es la excesiva centralización que hace que decisiones, que en otros lares toman los alcaldes, aquí requieran de la intervención del Presidente de la República y su gabinete en pleno. Es incómodo tener que reconocer también que somos víctimas de nuestro éxito.

El crecimiento sostenido -pero aparentemente no sostenible- de la urbe, ha hecho colapsar los sistemas diseñados y construidos hace cincuenta años.

Por los últimos veinte o treinta años hemos padecido de cobardía política y miopía administrativa en los temas estructurales de la capital. Ahora la solución es más dolorosa y además se torna peligrosa cuando se quiere hacer todo a la vez. Es como si a un paciente gravemente enfermo se le quisiera hacer un transplante de corazón, un transplante de hígado y uno de pulmones ¡en la misma operación!

Hoy en día se quieren arreglar las calles, hacer nuevos sistemas de tránsito, implantar un nuevo sistema de transporte público de pasajeros, construir la nueva red de acueductos y alcantarillados, además de soterrar los cables telefónicos y eléctricos, mientras se construyen enormes edificios al costado de angostas calles diseñadas para barrios de chalets. Todo ello, mientras el creciente tráfico de autos nuevos embota las agotadas arterias vehiculares. Tal vez si hubieran empezado con todas estas obras en un orden lógico y cuando iniciaron su período, hoy, en vez de quejarnos, los estaríamos felicitando.

101 años de Panamá América

 
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