Carnavales: ¡Cero juntas y más pueblo!
AUNQUE en Panamá las farsas son moneda corriente, la del Carnaval se ha convertido en la farsa de la farsa. Una época hubo en que solíamos reconocerle su importancia y "manejar el relajo con orden". Tan así fue que, con aguda ironía, se llegó a decir que los carnavales era lo único que los panameños tomábamos en serio. La fiesta popular por excelencia cumplía su cometido esencial de hacernos olvidar, siquiera por unos días, los avatares de la vida cotidiana.
El carnaval, como fiesta nacional que es, se celebra, en casi toda nuestra geografía. Sin embargo, su éxito es dispar. Mientras en algunos lugares del interior han ganado notoriedad, por su organización y alegría, en otros, especialmente en la capital, que debían ser los mejores del país, hace bastante tiempo que entraron en barrena y cada año son peores. Los últimos, a pesar de haberse invertido en ellos mucho más de un millón de balboas, de fondos públicos, tampoco sirvieron. Y los del próximo año, salvo que ocurra algo dramático, seguirán por la misma ruta. Si no se cambian los criterios bajo los cuales, una y otra vez, se repite la misma pantomima, con su previsible saldo de frustraciones, acusaciones y recusaciones y cuentas no aclaradas, seguiremos viendo y sufriendo más de lo mismo.
Después de muchas semanas de espera y de tiras y jalas sobre la presentación de las cuentas, en las que se llegó hasta el absurdo de afirmar, para justificar la mora, que en otros años las Juntas del Carnaval no habían presentado informe alguno, finalmente logramos enterarnos de cuánto y en qué, pero sólo a medias y sin mayores detalles, que este año se fumigaron casi un millón y medio de balboas, de fondos públicos repito, para organizar y financiar una nueva caricatura de carnaval.
Casi medio millón de balboas se llevaron los artistas extranjeros y otros cientos de miles se gastaron en promoción y publicidad. Sin embargo, para financiar comparsas se destinó una suma que, si se utilizó para apoyar las comparsas populares, es ridícula; pero que, si en cambio, fue para cubrir el costo de la comparsa de la Junta del Carnaval, es escandalosa. En ese aspecto, y por tratarse de dineros públicos, se impone que haya más explicaciones y se aclare: ¿Qué criterios se utilizaron para contratar a los "escogidos extranjeros"? ¿Quiénes los recomendaron? ¿Qué otras prebendas recibieron, aparte de "sus honorarios"? ¿Cómo escogieron a las empresas que se llevaron los principales contratos de promoción y publicidad? Eso, para mencionar sólo unos cuantos rubros.
Esta no es la primera vez que escribo sobre los carnavales. Por varios años, he venido presentando las mismas recomendaciones; las volveré a repetir, con la esperanza de que esta vez, cuando todavía hay tiempo, encuentren oídos receptivos y contribuyan a abrirle las entendederas a quienes toman las decisiones en esos asuntos.
La primera y más importante de mis recomendaciones es eliminar la nefasta Junta del Carnaval, por costosa e inútil.
La segunda, es dejar de contratar, con fondos públicos, a tantos artistas extranjeros que, con una frecuencia que se presta para no pensar nada bueno, siempre son los mismos. Cada año que pasa se les paga más, mientras que a los artistas panameños, proporcionalmente, se les paga menos.
La tercera, es poner en manos del pueblo, a quien supuestamente están destinadas, la dinámica del Carnaval.
La fiesta debe ser del pueblo y para el pueblo. Y eso se consigue convirtiéndolo en el protagonista principal de la celebración. Para que el carnaval sea exitoso, el pueblo debe tomarse las calles, con sus comparsas, reinas y disfraces. Si, en lugar de gastar cuatro centavos para improvisar comparsas que no inspiran a nadie, como he propuesto muchas veces, se instituyen premios atractivos para motivar la participación de comparsas y conjuntos musicales, anunciándolos con suficiente anticipación (preferiblemente un año antes), para el próximo carnaval tendríamos, como mínimo una veintena de comparsas alegrando las calles y compitiendo por los premios en efectivo. Con mucho menos de lo que malgastó la Junta del Carnaval, alcanzaría para dotar los premios que se disputarían las comparsas.
La cuarta recomendación es que también se instituyan premios a los mejores carros alegóricos y disfraces, para estimular su participación en los desfiles. Con buenos premios se estimularía la creatividad de nuestros artistas y, en lugar del patético desfile de los cuatro carros que se improvisan todos los años, veríamos 15 ó 20 carros alegóricos, de verdad, capaces de captar la atención y la imaginación popular.
La quinta recomendación, pero no menos importante, es que la Reina del Carnaval se escoja democráticamente, invitando a todos los barrios del Distrito Capital a presentar sus reinas, para que desfilen con sus comparsas durante los dos primeros días del Carnaval. La elección de la soberana absoluta debe hacerse después del desfile del día domingo. La escogida debe ser la que demuestre más alegría y haga la mejor presentación, a juicio de un jurado serio y objetivo, especialmente designado para la ocasión, y le correspondería presidir la fiesta durante los días lunes y martes.
Los carnavales pueden ser un importante atractivo turístico y una fuente de importantes ingresos para el país, no únicamente para el Distrito de Panamá. Pero mientras se siga trillando por el mismo camino que hasta ahora se ha seguido no levantarán cabeza y nunca volverán a tener el esplendor que todavía, y con tristeza, recuerdan muchos panameños.
La cuarta recomendación es que también se instituyan premios a los mejores carros alegóricos y disfraces, para estimular su participación en los desfiles.
Según contó, los padres de familia con los niños de la escuela se divierten en el área, echándole comida y tomándole fotos.
Los que defienden a "Juancho" señalan que tiene unos dos años de estar allí y que ningún niño corre peligro, pues la escuela está cercada.
Quienes piden que se lo lleven, aseguran que el peligro es que "ningún animal avisa cuándo atacará"..
El carnaval, como fiesta nacional que es, se celebra, en casi toda nuestra geografía. Sin embargo, su éxito es dispar. Mientras en algunos lugares del interior han ganado notoriedad, por su organización y alegría, en otros, especialmente en la capital, que debían ser los mejores del país, hace bastante tiempo que entraron en barrena y cada año son peores. Los últimos, a pesar de haberse invertido en ellos mucho más de un millón de balboas, de fondos públicos, tampoco sirvieron. Y los del próximo año, salvo que ocurra algo dramático, seguirán por la misma ruta. Si no se cambian los criterios bajo los cuales, una y otra vez, se repite la misma pantomima, con su previsible saldo de frustraciones, acusaciones y recusaciones y cuentas no aclaradas, seguiremos viendo y sufriendo más de lo mismo.
Después de muchas semanas de espera y de tiras y jalas sobre la presentación de las cuentas, en las que se llegó hasta el absurdo de afirmar, para justificar la mora, que en otros años las Juntas del Carnaval no habían presentado informe alguno, finalmente logramos enterarnos de cuánto y en qué, pero sólo a medias y sin mayores detalles, que este año se fumigaron casi un millón y medio de balboas, de fondos públicos repito, para organizar y financiar una nueva caricatura de carnaval.
Casi medio millón de balboas se llevaron los artistas extranjeros y otros cientos de miles se gastaron en promoción y publicidad. Sin embargo, para financiar comparsas se destinó una suma que, si se utilizó para apoyar las comparsas populares, es ridícula; pero que, si en cambio, fue para cubrir el costo de la comparsa de la Junta del Carnaval, es escandalosa. En ese aspecto, y por tratarse de dineros públicos, se impone que haya más explicaciones y se aclare: ¿Qué criterios se utilizaron para contratar a los "escogidos extranjeros"? ¿Quiénes los recomendaron? ¿Qué otras prebendas recibieron, aparte de "sus honorarios"? ¿Cómo escogieron a las empresas que se llevaron los principales contratos de promoción y publicidad? Eso, para mencionar sólo unos cuantos rubros.
Esta no es la primera vez que escribo sobre los carnavales. Por varios años, he venido presentando las mismas recomendaciones; las volveré a repetir, con la esperanza de que esta vez, cuando todavía hay tiempo, encuentren oídos receptivos y contribuyan a abrirle las entendederas a quienes toman las decisiones en esos asuntos.
La primera y más importante de mis recomendaciones es eliminar la nefasta Junta del Carnaval, por costosa e inútil.
La segunda, es dejar de contratar, con fondos públicos, a tantos artistas extranjeros que, con una frecuencia que se presta para no pensar nada bueno, siempre son los mismos. Cada año que pasa se les paga más, mientras que a los artistas panameños, proporcionalmente, se les paga menos.
La tercera, es poner en manos del pueblo, a quien supuestamente están destinadas, la dinámica del Carnaval.
La fiesta debe ser del pueblo y para el pueblo. Y eso se consigue convirtiéndolo en el protagonista principal de la celebración. Para que el carnaval sea exitoso, el pueblo debe tomarse las calles, con sus comparsas, reinas y disfraces. Si, en lugar de gastar cuatro centavos para improvisar comparsas que no inspiran a nadie, como he propuesto muchas veces, se instituyen premios atractivos para motivar la participación de comparsas y conjuntos musicales, anunciándolos con suficiente anticipación (preferiblemente un año antes), para el próximo carnaval tendríamos, como mínimo una veintena de comparsas alegrando las calles y compitiendo por los premios en efectivo. Con mucho menos de lo que malgastó la Junta del Carnaval, alcanzaría para dotar los premios que se disputarían las comparsas.
La cuarta recomendación es que también se instituyan premios a los mejores carros alegóricos y disfraces, para estimular su participación en los desfiles. Con buenos premios se estimularía la creatividad de nuestros artistas y, en lugar del patético desfile de los cuatro carros que se improvisan todos los años, veríamos 15 ó 20 carros alegóricos, de verdad, capaces de captar la atención y la imaginación popular.
La quinta recomendación, pero no menos importante, es que la Reina del Carnaval se escoja democráticamente, invitando a todos los barrios del Distrito Capital a presentar sus reinas, para que desfilen con sus comparsas durante los dos primeros días del Carnaval. La elección de la soberana absoluta debe hacerse después del desfile del día domingo. La escogida debe ser la que demuestre más alegría y haga la mejor presentación, a juicio de un jurado serio y objetivo, especialmente designado para la ocasión, y le correspondería presidir la fiesta durante los días lunes y martes.
Los carnavales pueden ser un importante atractivo turístico y una fuente de importantes ingresos para el país, no únicamente para el Distrito de Panamá. Pero mientras se siga trillando por el mismo camino que hasta ahora se ha seguido no levantarán cabeza y nunca volverán a tener el esplendor que todavía, y con tristeza, recuerdan muchos panameños.
La cuarta recomendación es que también se instituyan premios a los mejores carros alegóricos y disfraces, para estimular su participación en los desfiles.
Según contó, los padres de familia con los niños de la escuela se divierten en el área, echándole comida y tomándole fotos.
Los que defienden a "Juancho" señalan que tiene unos dos años de estar allí y que ningún niño corre peligro, pues la escuela está cercada.
Quienes piden que se lo lleven, aseguran que el peligro es que "ningún animal avisa cuándo atacará"..