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Carnavales en los tiempos del cólera


RETO A cualquier fanático del carnaval que lea esto y me responda. El carnaval de hoy es la fiesta de la carne, no de la belleza; es más el ruido y el desenfreno de la erotomanía, que la expresión cultivada del erotismo. Podría ser la ocasión de un hundimiento en la miseria moral y física, antes que ese momento brillante de la sensualidad que da placer y se atesora como algo bueno para la existencia.
Las fiestas del carnaval son perseguidas por los anuncios cívicos que tratan de prevenirnos de la enfermedad, la muerte y el delito. Algo tiene que haberse perdido en este mundo civilizado para que la exaltación de la alegría se troque en una forma más de violencia.
Con frecuencia se llama la atención sobre la pérdida de los valores morales, pero estoy convencido de que esa no es la mejor manera de abordar el problema porque todo el mundo se sabe de memoria cuáles son los valores morales y esto no sirve para nada. La prédica moralista dejó de tener impacto en nuestro mundo hace mucho, mucho tiempo. Peor que eso: levantó un muro entre razón y sensualidad, que nos dejó divididos y deshumanizados, pues desde entonces una falsa conciencia insiste en tapiar la puerta por la que entra el deseo y éste, que no se rinde, golpea con fuerza desde afuera hasta agrietar todas las paredes sin lograr comunicarse.
Lo que se perdió no fueron los valores.
Nuestra modernidad es el resultado de una llegada prematura de comercio y tecnología a sociedades que no habían desarrollado las formas culturales necesarias para sustentar las instituciones que lógicamente tenían que acompañar a ese binomio de actividades económicas y desarrollo productivo. Esta mala mezcla hace que se disipen, no los valores, sino el conjunto de capacidades humanas para valorar, que no es más que la vinculación efectiva entre los valores y el comportamiento. Un aspecto de esas capacidades tiene que ver con los afectos.
Unos confunden la gracia con el mal gusto, la broma con el insulto. Otros critican la música, el baile y la fiesta, que son productos genuinos del espíritu humano, como si ese fuera el problema, en vez de concretarse mejor a denunciar las prácticas nocivas para la salud que tienen que ver con los dañinos decibeles, las dosis pantagruélicas de alcohol, y el pésimo manejo de los desechos. No es el relajamiento de las costumbres; es la negación de un mínimo de civismo.
¿Por qué hemos llegado a creer que "comportarnos como verdaderamente somos", "hacer lo que realmente queremos", es sinónimo de la conducta indigna o grosera, de intercambiar irrespeto con violencia, de entregarnos a prácticas irresponsables, autodestructivas y heterodestructivas? Hay jóvenes que no han tenido la oportunidad, ni han recibido la orientación eficaz, sobre cómo educar su deseo, sobre cómo manejar los riesgos de la intimidad, pero piensan equivocadamente que el uso del condón basta para sobrevivir, como si no hubiera una vida plena que llevar después del sexo, como si no hubiera una cara que mantener en alto después que el exceso lo sumergió en la vergüenza ante amigos y extraños. El sexo seguro es como cepillarse los dientes: el uso del dentífrico no asegura que lo que te comiste no te va intoxicar.
¿No será que estamos perdiendo la capacidad de amar, de amarse uno mismo y amar al otro? ¿No será que estamos negándonos la oportunidad de descubrir el deseo de sentirse amado, y por consecuencia, la necesidad de comportarse como un sujeto amable? ¿Qué fuerzas históricas bloquean y menoscaban la educación del deseo hasta expulsarlo de los jardines del amor? ¿Qué sinrazón ha desconectado al amor del deseo?
Cuando eros toma el control de la empresa, el corredor de seguros pierde a un cliente. Necesitamos educar nuestra subjetividad para enfrentar los avatares de la sensualidad, los estallidos del deseo, los negocios del erotismo calculado, sin dejar de ser nunca quienes somos y sin dejarnos vencer por una cruda realidad en la que no hay garantías.
Es cierto que el carnaval significa distintas cosas en distintos lugares. No me cabe duda de que hay gente que disfruta su carnaval con los cinco sentidos y sin perder la cabeza.
Prefiero no comentar las razones por las que los gobiernos consienten las peores prácticas carnestolendas. Lo que me preocupa es la ausencia de mensajes orientadores para los que están en una situación vulnerable. La vulnerablilidad no es sinónimo de juventud; sin embargo, muc os son los jóvenes que pueden caer en una desgracia, voluntaria o culposa, como resultado del perverso coctel en el que elementos subjetivos (ansiedades, hormonas) se añaden a condiciones objetivas (promoción del alcohol y la promiscuidad).
Probablemente, las autoridades han tomado todas las medidas que legítimamente pueden para proteger la vida y seguridad de las personas. Pero el problema está en otra parte. La pregunta es qué hace la sociedad para promover la genuina apreciación de la belleza, la cultivación de las expresiones artísticas en las que se mezclan las tradiciones con las pasiones, y el festejo cívico y la distensión salubre. La dicotomía castidad o lubricidad no es una respuesta realista. Es otra manera más de no enfrentar las realidades de la sociedad que realmente tenemos y que permanecerá con nosotros por todo el tiempo previsible.
Decía Allan Bloom, en su hermosa obra póstuma (Love and Friendship, 1993), que en este mundo de solitarios sociales el lenguaje del amor se ha convertido en la plática sobre la necesidad de un individuo que busca una satisfacción privada.
Quizás la única vía que nos quede es hablar de estas cosas y así, con palabras, construir un puente que nos enlace, nos reconecte al otro, nos alcance a los demás, y nos ponga al alcance de los demás. Si los carnavales fuesen una verdadera erotización del mundo, quizás tendríamos un mundo mejor.

101 años de Panamá América

 
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