Carrera diplomática
Su larga trayectoria profesional ha estado vinculada a Iberoamérica. Se sentía tan identificado con el continente americano que su jubilación en 1992 no supuso el final de su vida profesional, sino el comienzo de una nueva etapa como vicepresidente del Fondo Indígena; en este cargo, que desempeñó con carácter puramente honorario y voluntario, se volcó con más entusiasmo si cabe en misiones y actividades que promovían el desarrollo con identidad de los pueblos, comunidades y organizaciones indígenas de América Latina y el Caribe. El lema que marcaba sus trabajos era establecer puentes de entendimiento entre Europa e Iberoamérica. En dos ocasiones don Tomás se asomó a las páginas de la prensa internacional.
El 27 de septiembre de 1975, la residencia del embajador de España en Lisboa, el hermoso palacio de Palhavá, fue incendiada y saqueada por una multitud en protesta por los cinco últimos fusilamientos perpetrados por el franquismo, dos de ETA y tres del FRAP. Aquel día también fue atacada la embajada de España en Lisboa, y los consulados en Oporto y Evora. Tomás Lozano, que en aquel entonces era ministro consejero de nuestra legación diplomática en Portugal, presenció con impotencia los incendios y pillaje. De firmes convicciones católicas, se refugió con su mujer y cuatro hijos en Fátima. Consideró que el santuario mariano era el lugar más seguro para su familia.
El 21 de diciembre de 1989, al día siguiente de la invasión de Panamá por Estados Unidos para derrocar al general Manuel Antonio Noriega, Tomás Lozano tuvo que proteger a Maruja Torres. La periodista barcelonesa acababa de sufrir el trauma de estar presente en la muerte del fotógrafo Juantxu Rodríguez, con quien recorría América para realizar un reportaje sobre los jesuitas. Disparos de soldados estadounidenses acabaron con su vida. El mismo día de la invasión, Maruja y Juantxu ya buscaron refugio en la embajada. Don Tomás los acogió con afecto, como hizo con todos los españoles cuya vida estaba en riesgo. La embajada de España fue alcanzada por balas de francotiradores. Su cercanía con la embajada de Cuba y con el ministerio de Exteriores de Panamá la hacía muy vulnerable. El papel desempeñado durante la invasión por el embajador Lozano ilustró su vocación de servicio, así como su templanza y sentido del deber. Al estar la cancillería y la residencia en el mismo edificio, su casa se convirtió en hogar de acogida.
Tomás Lozano mantenía una estrecha amistad con el nuncio del Vaticano, el vasco Sebastián Laboa, quien tuvo una destacada intervención en la vorágine de acontecimientos que se sucedieron en Panamá en 1989. Los dos diplomáticos colaboraron de cerca para encontrar una salida democrática al país.
El embajador destacó en su defensa de los periodistas españoles que fueron acosados durante los días azarosos de la dictadura de Noriega. Este cronista tuvo que refugiarse en dos ocasiones en la embajada de España, que siempre era refugio seguro. Cuando Noriega ordenó la última de mis tres expulsiones de Panamá, don Tomás me acompañó hasta el aeropuerto de Tocumen. Lo mismo haría meses después con Antonio Caño, de "El País".
Secretario de embajada en Roma, ministro consejero en Lisboa, jefe de misión en Honduras, consejero cultural en Uruguay, embajador en Bolivia siete años y embajador en Panamá seis años, la carrera de Tomás Lozano es un ejemplo de cómo un diplomático ha servido a los intereses de su Gobierno y de todos los españoles.