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Carros ruidosos


Todo en nuestra capital conspira contra quienes amamos la tranquilidad y odiamos el ruido. Al jolgorio musical de altavoces de los almacenes sin que la alcaldía ponga orden, unido a las cornetas y el "rap" violento de los diablos rojos y buses colegiales, se une ahora el aporte demencial de vehículos particulares armados de bocinas aptas para romper los oídos y enloquecer a cualquiera. La lista es interminable.
Nuestra ciudad se está volviendo invivible a punta de tanto ruido. Allí están los carros pitando por cualquier cosa o por simple fastidiar. Sólo al viajar nos damos cuenta que tenemos la capital más ruidosa del continente. Y lo peor es que nadie es capaz de imponer una sanción, dar una amonestación, ni de hacer nada.
El ruido en los vehículos es una agresión contra terceros. ¿Por qué tiene uno que soportar los bajos de las bocinas de un automóvil que pasa o se nos coloca al lado? Si sus conductores lo soportan es porque ya están sordos. Y la sordera puede ser incurable. ¿Por qué entonces contagiar a los demás que no queremos soportar el estruendo?
En el caso del ruido, vuelve a faltar la autoridad. No es menester aprobar más leyes. Hay decretos de sobra regulando los niveles de ruido, pero nadie los respeta.
Lo que hay que hacer es aplicar las primeras multas y hacer los primeros decomisos de equipos y bocinas, para que los agresores empiecen a aprender a respetar el derecho ajeno.

101 años de Panamá América

 
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