Carta abierta a Bill Clinton
Miami (AIPE)- Sr. Presidente: Con natural gratitud, he guardado el recuerdo de las dos ocasiones, en Washington y en Miami, en que usted tuvo a bien llamarme aparte para, primero, evocar las clases en la Universidad de Georgetown y, segundo, para platicar más ampliamente sobre Cuba. Acababa el régimen cubano de derribar tres indefensas avionetas y parecía que la política de Washington hacia Castro se endurecía. Grabada tengo en la mente su primera pregunta: "Profesor, ¿le parece que estoy haciendo lo correcto para derribar a ese hijo de p...?". Mi respuesta, "Sr. Presidente, usted está haciendo lo correcto, pero con lo correcto no se derriba a ese hijo de p...". Al final, usted me alentó a que, usando el código postal privado de la Casa Blanca, le escribiera cuando encontrara algo que aplaudir o criticar en su política.
Nunca utilicé ese privilegio. Si hoy me dirijo a usted en forma pública, lo hago porque se trata de un asunto en ascuas, en el cual, lamentablemente, usted parece haber dado su apoyo a una de las decisiones más erróneas de esta época: enviar al niño Elián González a Cuba. Estas líneas son una apelación a su sentido de justicia para que le dé una revisión a la complejidad de la situación en donde se está jugando el futuro de un niño.
La voluntad burocrática de reducir la situación del niño cubano a un simple conflicto legal entre un padre en Cuba y los familiares en Miami es bien errónea. Si eso fuera todo, la solución sería fácil. Pero ocurre que la burocracia suele poner las reglas por encima de las leyes y así, en este caso, se soslaya el sacrificio de una madre y el tipo de vida que le espera al niño en Cuba. Porque, bueno o no como persona, el padre de Elián vive en un país totalitario donde, desde hace 41 años un solo hombre controla todas las decisiones; el color de los uniformes infantiles, las escuálidas raciones que pueden dárseles a los niños; y quienes deben ser fusilados o sepultados en las prisiones.
Según su hermano, el comandante Raúl Castro, ese hombre es "el padre de todos los cubanos a quien todos le debemos todo". Ese es el duro "patriarca", creador de pobreza, a quien todos temen en Cuba, y quien, siguiendo su tradición, está usando la ingenuidad de los que viven en una democracia y no saben lo que es la tiranía, para convencerlos de que la ley y no el despotismo está de su lado y que sólo los "criminales del capitalismo" están en contra. Observemos como hace poco el patriarca mostró su desdén por los niños y por la ley. Hizo un gesto y todos los colegios cerraron de inmediato y miles de niños fueron obligados a desfilar por tres días clamando por un infante desconocido.
En esa sociedad totalitaria vive el padre del niño. Voceros del régimen ya han proclamado a Elián, quien tiene seis años, como un "héroe" socialista. Si el niño vuelve a Cuba, ese título aplastará su vida y lo convertirá en otro zombi sin alma. Más que los otros niños, Elián será educado y vigilado para que no se le escape una palabra de crítica al sistema socialista, ni pueda ser entrevistado libremente por la prensa extranjera, ni se le permita invocar a su madre, una "traidora" a la revolución.
Ignorar, señor Presidente, esa brutal realidad y enviar a Elián a Cuba como si Castro no existiera y sólo los vínculos que unen a los padres con los hijos existieran, es barrer con los principios de justicia y humanidad que le dan sentido a las leyes, quebrar la tradición democrática de Estados Unidos de proteger a los más débiles, y ofrecer la apariencia de rendirse ante las amenazas de la tiranía más larga del mundo.
¿Hubiera alguien justificado retornar a un niño musulmán a la Yugoslavia de Milosevic porque su madre murió mientras lo conducía a la libertad y el padre sobrevive en Belgrado?
Sería terrible, señor Presidente, que las madres cubanas tuvieran que repetirle a usted aquel desgarrador grito que exhaló una madre, cuando vio cómo arrastraban a su hija para que sirviera de esclava al cruel jefe enemigo. El lamento estremece más aún porque sus pliegues parecen ajustarse asombrosamente al cuerpo de la tragedia actual. "¡Ay, de mí! El destino me obliga a obedecer a un hombre abominable y pérfido, enemigo de la justicia, asesino que desprecia las leyes y todo lo trastoca y tuerce con su engañosa lengua, para hacernos odiar a todo lo que aprendimos a amar. ¡Llorad por mí, pues ya yo me doy por muerta!".
Así, arañando las murallas de su destruida Troya, su ciudad natal, gemía hace más de dos mil años, la desvalida Hécuba. Su grito nos muestra lo que le ocurre a los que tienen la fatalidad o la debilidad de caer bajo el poder de un "hombre abominable" que "desprecia las leyes" y "todo lo tuerce con su engañosa lengua". El deber consiste en liberar a los que caen bajo su poder, no en devolverle los niños que se hayan escapado de él.
Nunca utilicé ese privilegio. Si hoy me dirijo a usted en forma pública, lo hago porque se trata de un asunto en ascuas, en el cual, lamentablemente, usted parece haber dado su apoyo a una de las decisiones más erróneas de esta época: enviar al niño Elián González a Cuba. Estas líneas son una apelación a su sentido de justicia para que le dé una revisión a la complejidad de la situación en donde se está jugando el futuro de un niño.
La voluntad burocrática de reducir la situación del niño cubano a un simple conflicto legal entre un padre en Cuba y los familiares en Miami es bien errónea. Si eso fuera todo, la solución sería fácil. Pero ocurre que la burocracia suele poner las reglas por encima de las leyes y así, en este caso, se soslaya el sacrificio de una madre y el tipo de vida que le espera al niño en Cuba. Porque, bueno o no como persona, el padre de Elián vive en un país totalitario donde, desde hace 41 años un solo hombre controla todas las decisiones; el color de los uniformes infantiles, las escuálidas raciones que pueden dárseles a los niños; y quienes deben ser fusilados o sepultados en las prisiones.
Según su hermano, el comandante Raúl Castro, ese hombre es "el padre de todos los cubanos a quien todos le debemos todo". Ese es el duro "patriarca", creador de pobreza, a quien todos temen en Cuba, y quien, siguiendo su tradición, está usando la ingenuidad de los que viven en una democracia y no saben lo que es la tiranía, para convencerlos de que la ley y no el despotismo está de su lado y que sólo los "criminales del capitalismo" están en contra. Observemos como hace poco el patriarca mostró su desdén por los niños y por la ley. Hizo un gesto y todos los colegios cerraron de inmediato y miles de niños fueron obligados a desfilar por tres días clamando por un infante desconocido.
En esa sociedad totalitaria vive el padre del niño. Voceros del régimen ya han proclamado a Elián, quien tiene seis años, como un "héroe" socialista. Si el niño vuelve a Cuba, ese título aplastará su vida y lo convertirá en otro zombi sin alma. Más que los otros niños, Elián será educado y vigilado para que no se le escape una palabra de crítica al sistema socialista, ni pueda ser entrevistado libremente por la prensa extranjera, ni se le permita invocar a su madre, una "traidora" a la revolución.
Ignorar, señor Presidente, esa brutal realidad y enviar a Elián a Cuba como si Castro no existiera y sólo los vínculos que unen a los padres con los hijos existieran, es barrer con los principios de justicia y humanidad que le dan sentido a las leyes, quebrar la tradición democrática de Estados Unidos de proteger a los más débiles, y ofrecer la apariencia de rendirse ante las amenazas de la tiranía más larga del mundo.
¿Hubiera alguien justificado retornar a un niño musulmán a la Yugoslavia de Milosevic porque su madre murió mientras lo conducía a la libertad y el padre sobrevive en Belgrado?
Sería terrible, señor Presidente, que las madres cubanas tuvieran que repetirle a usted aquel desgarrador grito que exhaló una madre, cuando vio cómo arrastraban a su hija para que sirviera de esclava al cruel jefe enemigo. El lamento estremece más aún porque sus pliegues parecen ajustarse asombrosamente al cuerpo de la tragedia actual. "¡Ay, de mí! El destino me obliga a obedecer a un hombre abominable y pérfido, enemigo de la justicia, asesino que desprecia las leyes y todo lo trastoca y tuerce con su engañosa lengua, para hacernos odiar a todo lo que aprendimos a amar. ¡Llorad por mí, pues ya yo me doy por muerta!".
Así, arañando las murallas de su destruida Troya, su ciudad natal, gemía hace más de dos mil años, la desvalida Hécuba. Su grito nos muestra lo que le ocurre a los que tienen la fatalidad o la debilidad de caer bajo el poder de un "hombre abominable" que "desprecia las leyes" y "todo lo tuerce con su engañosa lengua". El deber consiste en liberar a los que caen bajo su poder, no en devolverle los niños que se hayan escapado de él.