Cartelera de la semana
El Ejecutivo intenta conocer la opinión del pueblo a través de consultas cuyo resultado puede modificar la Constitución.
La idea de saber qué piensa el ciudadano de a pie en temas trascendentales, le crea expectativa y lo involucra en la agenda nacional. Pero si su derivado no se toma en cuenta, se aparta a ese sector activo de la población, y la acción puede convertirse en una burla denigrante a su intelecto.
La idea pareciera emanar directamente desde Atenas, la incomodidad sin embargo, radica en la falta de claridad que acompaña la iniciativa. No sabemos qué consultas son vinculantes y cuales no, tampoco se indica cómo se valorarán los resultados si hay un considerable porcentaje de abstención, cómo se harán las preguntas, cuáles serán los temas. En fin, para poder aplaudir falta ver bien la obra.
Aunado a esto, la falta de credibilidad y confianza que manifiesta la ciudadanía en las instituciones estatales no ayuda para nada al proceso. Para rematar sale a escena un tribunal electoral, que sin motivo justificado, se dispone a renovar todo el elenco de cédulas. ¿Con qué objeto, para qué, o porqué? Nadie sabe. Nadie justifica, y lo que es peor, solo por el anuncio parece ser un hecho.
Temas muy sensitivos pueden ocupar los renglones de este teatro; la pena de muerte por ejemplo. Tan solo la idea es ridícula. Más bien se identifica una frase populista que busca atraer a las víctimas impotentes, en vez de implementar una verdadera estrategia contra el crimen organizado. No existe la madurez judicial en esta obra.
En la trama encontramos pugnas entre el ejecutivo y legislativo por temor del segundo a desparecer, o tal vez la idea sea montarse en la cresta de la encuesta para saber si el gobierno puede continuar sus labores por mas tiempo.
Quién sabe. Habrá que preguntarle a ellos.