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Casinos y juego


Los cuatro más grandes y perniciosos enemigos capitales de la sociedad son el narcotráfico, el tráfico de armas, las casas de juego y la trata de blancas. Ellos consisten en enriquecerse a base de la miseria humana.
Mal pueden alegar los interesados en los casinos que controlar su entrada en ellos es ir contra la seguridad jurídica de quienes han invertido millones de dólares en Panamá para establecerlos. ¡No, y mil veces no! Invirtieron, sí, pero ¿para qué? Para succionarle al pueblo panameño, primordialmente, muchos millones más.
Si, según se ha informado, las entradas derivadas de apuestas del presente año hasta el mes de abril fueron de 59 millones de dólares, de los cuales correspondieron al Estado algo más de 6, eso quiere decir que alcanzó apenas casi 11% y nada más.
En una ocasión hace algunos años, uno de nuestros editorialistas concurrió a una reunión sobre turismo en el Hotel Monteserín, de esta ciudad, y antes de subir se asomó a un casino que operaba allí en la planta baja. Lo que vio le oprimió el corazón, le revolvió el estómago y lo movió a una indignada compasión. Aquello era una abominable y vergonzosa explicación de mujeres pegadas a máquinas tragamonedas, algunas de ellas en chancletas y cuyas andrajosas vestimentas acusaban un estado de lastimosa pobreza.
En el principado francés de Mónaco cuyo casino Monte Carlo es mundialmente famoso y visitado por millares de turistas, la entrada le es restringida a los nativos.
En los casinos se incuban muchos delitos y los desórdenes sociales que tanto nos aquejan. De allí nacen las llegadas de madrugada al hogar y las rupturas de matrimonios y el abandono de la familia.
De allí nace la desesperación de los que lo perdieron todo y encima de ello se endeudaron sin la posibilidad de poder pagar, lo cual los puede conducir al tráfico y consumo de drogas y del alcohol, y sucumbir al fraude y al peculado. En síntesis, a la pérdida de la autoestima y hasta el pudor.

101 años de Panamá América

 
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