Castigo y educación
No creemos en el castigo excesivo hasta la crueldad para que ello sirva de escarmiento a un delincuente y freno al resto de la comunidad. Tenemos el convencimiento de que el aumento de penas tampoco impedirá que se cometan delitos, pero hay circunstancias que lo ameritan.
No obstante, estimamos que debe establecerse un programa para obtener la transformación de un hombre peligroso en persona de bien. Para lograrlo o tratar de regenerarlo es preciso construir un edificio que sirva como reformatorio, ya calculada su capacidad de alojamiento, de qué debe ser dotado y el tipo de personal administrativo y especialistas en medicina, psiquiatría, psicólogos y educadores para su adecuado funcionamiento.
Llevamos varios años de estar viendo por televisión reuniones con ciudadanos y profesionales invitados, capaces y bienintencionados, que cruzan ideas y discuten sobre el aumento de la delincuencia y cómo evitarlo, y algunos de ellos se enfrascan en teorizar sobre la materia.
Hemos tenido ya bastante de eso. Ahora debemos empeñarnos en no seguir haciendo más reuniones y discursos sobre el particular que podrían calificarse como verborrea insubstancial, sino en luchar por la construcción de un centro visible y tangible en el que se eduque y reforme delincuentes. Por otra parte, tenemos que formar en nuestra niñez el hombre nuevo del mañana. La madre de un niño de 10 años de edad, aterrorizada nos dijo recientemente que él está ya imbuido de la repudiable filosofía del "juega vivo."
Tenemos que inculcar en los niños de la escuela primaria ya, sin dilaciones, el amor a la patria y sus emblemas; defender la libertad y el respeto a las leyes, a sus padres y maestros, a sus superiores y al derecho ajeno, lo cual hace mucha falta, y practicar las virtudes que enaltecen al ser humano. Es allí donde hay que sembrar para un futuro promisorio y de integridad ciudadana.
Nuestro actual ambiente social nos impone el deber de forjar un hombre nuevo que no caiga en la vorágine de la codicia y la ambición desmedida y sin escrúpulos ni se preste a ser el esbirro de un tirano.